El lenguaje de los argentinos

Siguiendo con el tema de cómo hablamos, les dejo aquí un fragmento y su link original para aquellos que les interese el tema:

“Las palabras, puente con la realidad. Ivonne Bordelois.

Considerada una de las mayores lingüistas de la Argentina, Bordelois publicó hace pocos meses El país que nos habla (Sudamericana) donde la autora, al igual que en textos anteriores*, examina de manera original el lenguaje de los argentinos. …

El ataque del inglés

Antes de enfocar el problema representado por la primera de estas amenazas sería conveniente despejar algunos términos. Es indudable que el predominio científico y técnico de los países anglosajones apareja la inclusión de un vasto vocabulario de términos de ese tipo en el español, situación que suele afligir a nuestros puristas. Sin embargo, una mera ojeada nos puede convencer de que en todas las grandes transformaciones históricas ocurrieron hechos similares en la esfera de lo cultural y lo político, sin afectar la identidad de las lenguas comprometidas. El inglés mismo hubo de tomar una gran parte de su vocabulario jurídico del latín, así como del griego se desprenden gran parte de las palabras que designan nociones filosóficas básicas en el inglés y otras lenguas modernas. Este tipo de fenómenos, antes que corromper su carácter, enriquece el perfil de una lengua. Si fuéramos puristas absolutos, seguiríamos diciendo almadias en vez de canoas, primer y hermoso americanismo transportado por Colón, con el que América latina ingresa al léxico español. La ley argentina del español neutro, de 1986, que sostiene “el hablar puro conocido y aceptado por todo el público hispanohablante, libre de modismos y expresiones idiomáticas de sectores”, desconoce la porosidad inherente a toda lengua viva.

Es molesto, por cierto, que Buenos Aires sea una de las capitales latinoamericanas donde más se han importado, innecesariamente, términos ingleses: no se ve por qué hay que decir sales o outlets o parking cuando los equivalentes castellanos están allí. Se afecta una falsa familiaridad con el inglés del consumo y de los medios, como si éste fuera un pasaporte de elegancia, un gaje de exotismo superior, una herramienta de exclusión para los desposeídos que no cuentan con el fetiche necesario. Donde el inglés dice very cool escuchamos un sorprendente culísimo; no sólo chateamos sino que e-maileamos; en España, por lo menos, con cierta gracia, no se habla de e-mails, sino de emilios. Y allí los baby-sitters han sido rebautizados como canguros.

Pero algunos latinoamericanos intentan vacunar la carpeta –penosa trasliteración de to vacuum the carpet, pasar la aspiradora a la alfombra–, barbarismo que todavía no he escuchado entre nosotros. De más está decir que quienes conocen profundamente el inglés u otros idiomas son en general los menos inclinados a incurrir en estas lamentables trivialidades, testigos del abandono y del descuido en que tenemos a nuestra propia lengua.

Un estudio reciente señala –según observaciones cruzadas entre la Academia y el ámbito universitario– que un hombre culto en la Argentina maneja entre tres mil y tres mil quinientas palabras frente a cien anglicismos, y un universitario de veinticinco años, entre mil doscientas y mil quinientas frente a setenta. Pero un adolescente de quince años, en cambio, usa alrededor de seiscientos vocablos, y posiblemente sesenta anglicismos. Es decir, mientras la extensión del vocabulario decrece generacionalmente, el porcentaje de anglicismos va subiendo hasta llegar, aproximadamente, a un diez por ciento del léxico total.

Como dice un texto atribuido al humorista Fontanarrosa:
“En esta época de globalización, aggiornate o quedás afuera. (…) Argentina no es la misma. Ahora es mucho más moderna; durante muchos años, los argentinos estuvimos hablando en prosa sin enterarnos. Y lo que todavía es peor, sin darnos cuenta siquiera de lo atrasados que estábamos. Los chicos leían revistas en vez de ‘comics’, los jóvenes hacían asaltos en vez de ‘parties’, los estudiantes pegaban ‘posters’ creyendo que eran carteles, los empresarios hacían negocios en vez de ‘business’ y los obreros, tan ordinarios ellos, a mediodía sacaban la fiambrera en lugar del ‘tupper’. Yo, en la primaria, hice ‘aerobics’ muchas veces, pero en mi ignorancia, creía que hacía gimnasia. Afortunadamente, todo esto hoy cambió; Argentina es un país moderno y a los argentinos se nos nota el cambio exclusivamente cuando hablamos, lo cual es muy importante… Las cosas, en otro idioma, mejoran mucho y tienen mayor presencia”.

Países limítrofes de la Argentina, como Chile, Paraguay o Uruguay, están lejos de adoptar tal cantidad de términos superfluos, lo cual refleja que este asimilacionismo, bien descripto por Fontanarrosa, proviene de una moda sociocultural muy propia y característica de los argentinos y de su consabido esnobismo antes que de una catástrofe inevitable. (Al parecer, si se excluye a Puerto Rico, España y la Argentina, junto con México, son los países hispanohablantes más permeables a los anglicismos.) Como se sabe, la etimología de snob significa sine nobilitate: la falta de nobleza expresa aquí también una falta aún más profunda de seguridad, que incita a los dominados a vestirse obsecuentemente con las galas del triunfador.

La combinación de lo eufemístico con el fervor anglicista produce resultados notables: así, el fracaso en la dirección de la empresa se denomina downsizing. El profesor de gimnasia se llama ahora personal trainer, y la moda informal, “ser fashion“. Si se trata de trasladar la propia ineficiencia, estamos ante un caso de outsourcing, si no se consigue pareja, la excusa es “no encuentro mi target“.

Se tiene la impresión de que recurrir al léxico “anglo” exime en cierto modo del sentimiento de fracaso total: seremos desdichados, pero nos redime en cierta medida la inmersión en la lengua del imperio. Fracasar en inglés es menos penoso que hacerlo en nuestro simple castellano: las costas de la verdadera vida están a la vista, a nuestra disposición acaso.

“Se afecta una falsa familiaridad con el inglés del consumo y de los medios, como si éste fuera un pasaporte de elegancia, un gaje de exotismo superior, una herramienta de exclusión para los desposeídos que no cuentan con el fetiche necesario.”

Sin embargo, no es el asimilacionismo anglicizante, a mi entender, el problema más acuciante…

El texto completo en: El Arca Nº 60 – Ivonne Bordelois

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4 Comments »

  1. 1

    Sucede en Argentina, Chile, Uruguay y ya esta empezando aqui en Perú, es inevitable.

  2. 2
    acuarela Says:

    En “El país de los boludos” podemos leer otro texto -de José Pablo Feinmann- sobre nuestro modo de hablar y sobre “por qué hemos dejado de decir “che” para señalarnos y ahora decimos “boludo””. ¿Será que hemos asumido que lo somos? Saludos.

  3. 3
    PUXO Says:

    7 AMERICANISMO

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