Archive for the ‘Amor’ Category

Feliz Día del Amigo!

julio 20, 2014

Julio 20 (en Argentina)

T-dia-amigo

Algunos textos  -poemas, canciones, cuentos, reflexiones-  y tarjetas con proverbios que hemos compartido a través del tiempo en: Sobre la amistad

Educación emocional. Claudio Naranjo

junio 26, 2014

Lecturas…

Claudio-naranjo“En un mundo en el que el ansia de lucro ha eclipsado los valores, la alternativa pasa por ofrecer una formación transformadora, pues de la transformación dependen todos los valores.

Si me preguntan qué habría que agregarle a la escuela para que formara en valores, un primer ingrediente es lo que algunos psicoterapeutas y pedagogos ya han empezado a definir como “educación emocional”, con especial hincapié en la más importante de las emociones: el amor.

Y esto pese a la resistencia que pueda sugerir esta palabra, que todavía es tabú en el mundo burocrático o académico.

Siguiendo la senda del Dalai Lama, que viaja por todo el mundo insistiendo en la importancia de la bondad y de la compasón, podríamos decir que necesitamos una educación del corazón o, usando un lenguaje más empresarial, una educación de las relaciones humanas, pues lo que determina que una relación sea nutricia es que haya afecto y que no sea obstruida por emociones como el odio, la envidia o la competitividad.”

De: Educación emocional para los maestros, por Claudio Naranjo, en Uno Mismo Nº 368. Sitio oficial: Claudio Naranjo

Todo hijo es padre de la muerte de su padre

junio 12, 2014

Un texto que te emocionará… 

 

“Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre. 

Cuidar2personas

Es cuando el padre se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Lento, lento, impreciso.

Es cuando uno de los padres que te tomó con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo. Es cuando el padre, una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar.

Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy solo suspira, solo gime, y busca dónde está la puerta y la ventana – todo corredor ahora está lejos.

Es cuando uno de los padres antes dispuesto y trabajador fracasa en ponerse su propia ropa y no recuerda sus medicamentos.

Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida. Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz.

Todo hijo es el padre de la muerte de su padre.

Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo. Nuestra última enseñanza. Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas.

Y así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres.

La primera transformación ocurre en el cuarto de baño.

Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la regadera.

La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”.

Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores. No podemos dejarlos ningún momento.

La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes. Y nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas.

Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones.

Seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación. Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados. ¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros?

Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol. Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra.

Feliz el hijo que es el padre de su padre antes de su muerte, y pobre del hijo que aparece sólo en el funeral y no se despide un poco cada día.

Mi amigo Joseph Klein acompañó a su padre hasta sus últimos minutos.

En el hospital, la enfermera hacía la maniobra para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando Joe gritó desde su asiento:

- Deja que te ayude.

Reunió fuerzas y tomó por primera a su padre en su regazo.

Colocó la cara de su padre contra su pecho.

Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil, tembloroso.

Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable.

Meciendo a su padre de un lado al otro.

Acariciando a su padre.

Calmando a  su padre. 

Y decía en voz baja: - Estoy aquí, estoy aquí, papá!

Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí“.

 

(Fabrício Carpinejar “Todo filho é pai da morte de seu pai”, versión al español Zorelly Pedroza).

Leído en: vivirlafe
Relacionado: El duelo por la muerte del padre

PD: Quería decir algunas palabras acerca de esto pero, la verdad, no es un tema fácil de expresar. Sólo contar que he cuidado algunas personas ancianas, y viví muy de cerca todo el proceso de volverse anciano.  Y noté todos éstos y muchos más detalles de lo que nos puede ir sucediendo si vivimos lo suficiente. 

El invento del teléfono: historia de un hombre enamorado

marzo 10, 2014

Marzo 10 Telefononegro

“…Bell conoció a una muchachita de 17 años, sorda desde hacía trece, llamada Mabel Hubbart… La enfermedad de Mabel, a quien haría su esposa dos años más tarde, se convirtió entonces en una obsesión para el catedrático. … Bell empezó a practicar investigaciones en busca de lograr construir un aparato que pudiera, en alguna medida, aliviar la enfermedad de su esposa. Trabajando con la desesperación del enamorado y la profundidad del sabio, Bell se sumió en un mundo de diapasones, manipuladores y electroimanes. El 10 de marzo de 1876, un año después de contraer matrimonio con la hermosa y desvalida Mabel, Graham Bell inventaba el teléfono...”

Leído en: Libros Maravillosos-Historia de los Inventos-Cap.9   (Allí mismo encontrarán otras historias:  La Lucha por la Sobrevivencia  La Asombrosa Historia del Genio Humano  La Revolución Industrial  La Imprenta  La Electricidad  El Vapor  El Motor a Explosión  El Telégrafo y el Teléfono El Genio Creador  Instrumentos de la Ciencia  La Radiotelefonía  La Epopeya del Confort  La Aeronáutica  La Electrónica  El Atomo).

La historia de mi aborto. Florence Thomas

marzo 9, 2014

En el mes de las mujeres: Lecturas… 

“Quizás evito desde hace años encontrarme de frente con este evento de mi vida, mi propio aborto, a pesar de mi feminismo ya casi endémico, a pesar de pertenecer a La Mesa por la Vida y la Salud de las Mujeres, a pesar de haber escrito más de una docena de columnas periodísticas sobre el tema y a pesar de haber mencionado mi propio aborto hace doce años en un libro muy mío, llamado Conversación con un hombre ausente. No obstante, he evitado hablar del tema como lo hubiera debido hacer desde hace años. Y cuando digo “como lo hubiera debido hacer” quiero decir desde adentro, desde lo más profundo de mi piel, de mis entrañas, de las palabras y de los silencios sellados en mi cuerpo desde ese final de verano francés de 1965. Diez años antes de la legalización total del aborto en Francia con la Ley Veil de 1975.

Aún no sabía mucho de anticoncepción. Del amor, sí. Nadie me había contado que el sexo era capaz de proporcionar goces intensos y estragos infernales. Iba a ser psicóloga y sin embargo puedo afirmar que no hubo una sola clase de Psicología que me hubiera preparado para lo que iba a vivir. Veintidós años, enamorada, con ciclos menstruales irregulares y sin calendario bajo el sol de España. De una España aún franquista que me miraba de manera inquisitoria por compartir la misma carpa con el hombre que amaba sin estar casados… Me acuerdo de las noches cálidas y del amor. El amor cada noche, el amor a mediodía y la euforia de tener el mundo en nuestras manos. Y sí, tomamos riesgos. El amor lo ameritaba. El amor siempre lo amerita. Tomamos riesgos y creo recordar que éramos conscientes de esto. El método Ogino no pudo con nosotros en España.

Llegamos a París al final de agosto después de tres semanas de sol en la árida Castilla y de embriaguez amorosa, yo dispuesta a buscar trabajo y él a preparar su retorno a Colombia, donde le esperaba un puesto de psicólogo organizacional. Nuestra separación de un año estaba prevista y significaba una prueba para los dos antes de cualquier decisión de viaje mío a esa lejana tierra de Colombia. Y es entonces cuando me alisto a vivir uno de los periodos más oscuros de mi vida. No; debo ser precisa. No uno de los periodos, sino el periodo más oscuro de mi vida. Yo ya intuía que el retraso de mi menstruación no era debido a mis ciclos irregulares.

Con los hombres, no quería hablar. Su género —término no socializado aún en Francia para nombrar a este sexo social— me inspiraba rabia. ¿Con qué derecho los hombres nos sometían a esto? ¿Cómo podían seguir caminando tan tranquilamente mientras yo sentía un peso inusual en los senos y me la pasaba buscando los baños de los cafés para descubrir una vez más que no encontraba ninguna mancha roja en mi ropa interior? Y sin embargo seguía sin querer saber más. Pensando que tal vez, un milagro… yo que nunca había creído en milagros. ¿Y él? Ya sabía que yo tenía un retraso pero evitaba hablar de esto y de alguna manera huía y me evadía. Me acuerdo de que, antes de que fuese tarde, decidí irme un fin de semana a Rouen donde mis padres, como lo hacía a menudo. Un fin de semana normal para ellos, un infierno para mí. Fingir que todo andaba como siempre. Responder a preguntas de trabajo, explicarles que parecía que me iba a salir un empleo en el Conservatorio de las Artes y Oficios de París. Un fin de semana de dos días que me parecieron siete.

Regresé a París. Ya eran casi tres semanas de retraso. Tenía que confirmar lo que ya sabía. Dolorcitos en los senos, inapetencia total y un mal genio que se manifestaba ante la menor provocación. Le pedí una cita al ginecólogo del barrio donde vivía. Todavía no existían las pruebas de embarazo que hoy en día se consiguen en todas las droguerías. Varias mujeres estaban en la sala de espera, algunas acompañadas de un hombre, otras solas. Algunas con un vientre prominente… quería insultarlas y preguntarles por qué tenían esta cara de madre feliz cuando yo no quería ni siquiera pronunciar la palabra embarazo. Finalmente me llamaron. Me auscultó este ginecólogo y por fin me miró y me dijo: “No hay duda, tiene un embarazo de aproximadamente dos meses”. Me vestí, pagué la consulta y salí casi corriendo.

Entré en el primer café que encontré y pedí un café serré, es decir, un café oscuro y fuerte. Rompí la fórmula médica que me acababa de dar el ginecólogo. Fue en este café donde, por primera vez, empecé a pensar en el aborto. Del aborto, nunca habíamos hablado. Y sin embargo, uno de mis hermanos, el mayor, ya había terminado derecho y el otro estaba terminando medicina. Yo, psicología. Pedí otro café. A él no sabía si llamarlo. No sabía si quería su compañía. Lo amaba. Y al mismo tiempo le tenía rabia. Lo amaba y al mismo tiempo hubiera querido no haberlo encontrado nunca.

Ninguno de los dos estaba preparado para semejante cambio de vida. Ninguno de los dos estaba preparado para volverse padre o madre sin deseo de serlo. Era demasiado delicado. Demasiado grave para un hijo, para una hija. Padre y madre a la fuerza. Dar a luz a hijos huérfanos de padres simbólicos. Sí, por esto, ante mi segundo café oscuro, ya había tomado una decisión. Abortaría. Abortaría porque yo era una mujer responsable. Abortaría, y a pesar de que iba a recurrir a un acto de voluntad y de autonomía, no podía interrumpir voluntariamente mi embarazo; no había nacido aún esta expresión. La construiríamos algunos años más adelante. Hoy cuando estoy escribiendo esto, la estamos construyendo en Colombia y, sobre todo, le estamos dando su profundo significado ético. Después del tercer café lo llamé. Le dije que lo esperaba. A la media hora llegó y, claro, ya sabía lo que le iba a decir. El silencio se instaló entre los dos. Sin embargo, tenía que decirle que yo ya estaba decidida. Le dije. No respondió nada. No dijo nada.

No obstante, sus tres años de posgrado en París y su inmenso amor por lo que había vivido en esta ciudad de la cual se había enamorado profundamente le permitieron asimilar mi decisión y solidarizarse por medio del silencio. No podía pedirle más. Quiero recordar que todavía no era feminista. Le dije entonces que no había cambiado nada. Que nuestros proyectos seguían iguales. Que no se preocupara, que me las arreglaría.

La palabra anticoncepción y los debates relacionados con la libre opción a la maternidad eran muy recientes y las píldoras anticonceptivas no se encontraban aún en las farmacias. No existía tampoco la píldora de emergencia. Sólo dos años después se socializaría la anticoncepción y especialmente las píldoras anticonceptivas. Habría que esperar mucho más para la píldora de anticoncepción de emergencia.

Con mi madre no existía la más mínima posibilidad de poder tocar el tema.

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