Archive for the ‘Erich Fromm’ Category

Se busca especialista que piense por nosotros.

junio 5, 2014

Leyendo a Fromm…

“…confundir lo que en el individuo medio queda de la capacidad de pensamiento original.

Con respecto a todos los problemas básicos de la vida individual y social, a las cuestiones psicológicas, económicas, políticas y morales, un amplio sector de nuestra cultura ejerce una sola función: la de confundir las cosas.

Un tipo de cortina de humo consiste en afirmar que los problemas son demasiado complejos para la comprensión del hombre común. Por el contrario, nos parecería que muchos de los problemas básicos de la vida individual y social son muy simples, tan simples que deberíamos suponer que todos se hallan en condiciones de comprenderlos.

Hacerlos aparecer tan monstruosamente complicados que sólo un “especialista” puede entenderlos, y eso únicamente en su propia y limitada esfera, produce —a veces de manera intencional— desconfianza en los individuos con respecto a su propia capacidad para pensar sobre aquellos problemas que realmente les interesan.

Los hombres se debaten impotentes frente a una masa caótica de datos y esperan con paciencia patética que el especialista halle lo que debe hacer y a dónde debe dirigirse.

Este tipo de influencia produce un doble resultado: por un lado, escepticismo y cinismo frente a todo lo que se diga o escriba, y, por el otro, aceptación infantil de lo que se afirme con autoridad.

Esta combinación de cinismo y de ingenuidad es muy típica del individuo moderno. Su consecuencia esencial es la de desalentar su propio pensamiento y decisión…”

De: El miedo a la libertad, Fromm.

Hambruna de emociones. Erich Fromm

junio 1, 2014

Leyendo a Fromm…

“…En nuestra sociedad se desaprueban, en general, las emociones.

Si bien pueden caber muy pocas dudas de que todo pensamiento creador, así como cualquier otra actividad espontánea, se hallan inseparablemente ligados a las emociones, el vivir y el pensar sin ellas ha sido erigido en ideal.

Ser “emotivo” se ha vuelto sinónimo de ser enfermizo o desequilibrado.

Al aceptar esta norma, el individuo se ha debilitado grandemente; su pensamiento ha resultado empobrecido y achatado.

Por otra parte, como las emociones no pueden ser por entero eliminadas, ellas han de mantener una existencia completamente separada del aspecto intelectual de la personalidad; el sentimiento barato e insincero que el cine y la música popular ofrecen a millones de sus clientes, hambrientos de emociones, resultan ser la consecuencia de todo esto…”

De: El miedo a la libertad, Fromm.

Anatomía de la destructividad humana. Erich Fromm

abril 27, 2013

Los fragmentos de este libro que, hasta ahora, compartí…

(ordenados desde el último)

Narcisismo grupal

Narcisismo, celebridades y público

Narcisismo y agresividad

Los niños y la lucha por la libertad

Agresión y libertad

Cuando las ideas de los otros nos son amenazantes

Ver peligros que en realidad no existen

El psicoanálisis: dinamita social

Importancia histórica de Freud

Las pasiones humanas

Usos equivocados de la palabra “agresión”

(continuará…)

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De la esperanza, los optimistas y los pesimistas (en un texto de Fromm)

diciembre 17, 2012

Compartiendo lecturas. Durante este año, estuve leyendo textos de Fromm, un autor con el que siento afinidad de pensamiento…

“DE LA AMBIGÜEDAD DE LA ESPERANZA.

En este estudio he tratado de demostrar que el hombre prehistórico, que vivía en bandas cazando y recolectando, se distinguía por un mínimo de destructividad y un máximo de cooperación y compartición, y que sólo al aumentar la productividad y la división del trabajo, formarse un gran excedente y grandes estados con jerarquías y élites, aparecen la destructividad y crueldad en gran escala y crecen en la medida en que crecen la civilización y el papel del poder.

¿Ha aportado este estudio argumentos válidos en favor de la tesis de que la agresión y la destructividad pueden volver a asumir un papel mínimo en el tejido de las motivaciones humanas? Así lo creo, y espero que lo crean también muchos lectores.

En tanto la agresión biológicamente dada en los genes humanos, no es espontánea, sino una defensa contra los peligros que amenazan a los intereses vitales del hombre, los de su crecimiento y la supervivencia de la especie.  Esta agresión defensiva era relativamente menor en ciertas condiciones primitivas… cuando ningún hombre representaba un gran peligro para ningún otro. Después, el hombre ha evolucionado extraordinariamente.

Es legítimo imaginar que el hombre completará el ciclo y construirá una sociedad en que nadie esté amenazado; ni el niño por el padre, ni el padre por su superior, ni una clase social por otra, ni ninguna nación por una superpotencia. Lograr esto es enormemente difícil por razones económicas, políticas, culturales y psicológicas, más la dificultad adicional de que las naciones del mundo adoran ídolos -diferentes ídolos- y por eso no se entienden entre sí, aunque entiendan sus lenguas.

Es locura olvidar esas dificultades, pero el estudio empírico de los datos demuestra que hay una posibilidad real de edificar ese mundo en un futuro previsible si se suprimen esos caballos de Frisa políticos y psicológicos.

Las formas malignas de agresión, por otra parte -sadismo y necrofilia- no son innatas; de ahí que puedan reducirse sustancialmente si se remplazan las condiciones socioeconómicas por otras favorables al cabal desenvolvimiento de las verdaderas necesidades y facultades del hombre, al desarrollo de la actividad original humana y de la facultad creadora, objetivo propio del hombre. La explotación y la manipulación producen aburrimiento y trivialidad, mutilan al hombre, y todos los factores que hacen del hombre un lisiado psíquico lo vuelven también sádico o destructor.

Esta posición será calificada por algunos de “superoptimista”, “utópica” o “nada realista”. Con el fin de apreciar los méritos de estas críticas parece necesario estudiar la idea de que la esperanza es ambigua y la índole del optimismo y el pesimismo.

Supongamos que estoy planeando una salida al campo para el fin de semana y que es dudoso que el tiempo sea bueno. Puedo decir que “soy optimista” en lo tocante al tiempo. Pero si mi hijo está gravemente enfermo y su vida pende de un hilo, decir “soy optimista” parecería extraño a la gente sensible, porque en este contexto la expresión suena desapegada y distante.

Sin embargo, no podría decir “estoy convencido de que mi hijo vivirá”, porque en esas circunstancias no hay base realista para estar convencido.

¿Qué puedo decir entonces?

Las palabras más adecuadas serían tal vez “tengo fe en que se salvará el niño”. Pero “fe”, a causa de sus implicaciones teológicas, no es una palabra para nuestros días. No obstante, es la mejor que tenemos, porque la fe entraña un elemento muy importante: mi ardiente deseo de que el hijo viva, y por ende que yo hago cuanto me es posible porque sane. No soy nada más un observador, separado del niño, como en el caso del ser “optimista”.

Soy parte de la situación que observo; estoy comprometido; mi hijo, acerca del cual yo, “sujeto”, hago un pronóstico, no es un “objeto”; mi fe radica en mi relación con el hijo; es una mezcla de conocimiento y participación. Naturalmente, esto sólo es cierto si por fe entiendo “fe racional” (E. Fromm, 1947), basada en la clara conciencia de todos los datos relevantes y no, como la “fe irracional”, ilusión basada en nuestros deseos.

El optimismo es una forma de fe enajenada, el pesimismo una forma de desesperanza enajenada.

Si uno reacciona de verdad en forma favorable al hombre y su futuro, o sea con interés y “responsabilidad”, sólo puede hacerlo con la fe o la desesperanza. La fe racional, como la desesperanza racional, se basa en el conocimiento crítico y profundísimo de todos los factores relevantes para la supervivencia del nombre. La base de la fe racional en el hombre es la presencia de una posibilidad real de que se salve; la base de la desesperanza racional sería el conocimiento de que no podía advertirse tal posibilidad.

En este contexto es necesario poner de relieve un punto. La mayoría de las personas están perfectamente dispuestas a denunciar por nada realista la fe en el mejoramiento del hombre; pero no reconocen que la desesperanza no es más realista.

Es fácil decir que el hombre siempre ha sido un asesino, pero no es exacto, porque al decir eso no se toma en cuenta el intrincamiento de la historia de la destructividad.

Es igualmente fácil decir que el deseo de explotar a los demás es parte de la naturaleza humana, pero al decirlo también se desdeñan (o deforman) los hechos. Para resumir, decir que “la naturaleza humana es mala” no es ni un ápice más realista que decir que “la naturaleza humana es buena”.

Decir lo primero es sin embargo mucho más fácil; quien desea demostrar la maldad del hombre halla partidarios mucho más pronto, porque ofrece a cada quien una coartada para sus propios pecados … y al parecer no arriesga nada. Pero la difusión de la desesperanza irracional es en sí destructiva, como toda falsedad, porque desanima y confunde. La predicación de una fe irracional o el anuncio de un falso Mesías apenas son menos destructivos, porque seducen y después paralizan.

La actitud de la mayoría no es de fe ni de desesperanza sino, por desgracia, de total indiferencia al futuro del hombre. Con quienes no son totalmente indiferentes, la actitud es de “optimismo” o “pesimismo”.

Los optimistas son los que creen en el dogma de la continua marcha del “progreso”. Están acostumbrados a identificar los logros humanos con las conquistas de la técnica, la libertad humana con la libertad respecto de la coerción directa y la libertad del consumidor de escoger entre los muchos artículos que se hace pasar por diferentes. La dignidad, la cooperación, la generosidad del primitivo no les impresionan, sólo las hazañas de la técnica, la riqueza, la dureza.

Siglos de dominio sobre gentes técnicamente atrasadas de color diferente han dejado su sello en la mente de los optimistas. ¿Cómo podría un “salvaje” ser humano e igual, no digamos superior, a los hombres que pueden ir a la luna… o matar a millones de seres vivos pulsando un botón?

Los optimistas viven bastante bien, al menos por ahora, y pueden permitirse el “optimismo”. O así lo creen, porque están tan enajenados que ni siquiera los afecta verdaderamente la amenaza al futuro de sus nietos.

Los “pesimistas” no son en verdad muy diferentes de los optimistas. Viven no menos cómodamente y no se comprometen más que ellos.

El destino de la humanidad les preocupa tan poco como a los optimistas. No se desesperan, porque si se desesperaran no vivirían, ni podrían vivir, tan contentos como viven. Y mientras su pesimismo funciona en gran parte para proteger a los pesimistas respecto de toda exigencia interior de que hagan algo proyectando la idea de que no puede hacerse nada, los optimistas se defienden de la misma exigencia interna persuadiéndose de que todo funciona debidamente de todos modos y que por lo tanto, no es necesario hacer nada.

La posición que defendemos en esta obra* es la de fe racional en la capacidad del hombre para salvarse de lo que parece red fatal de circunstancias, que él creó.

Es la posición de quienes no son “optimistas” ni “pesimistas”, sino radicales, extremistas que tienen una fe racional en la capacidad del hombre para evitar la catástrofe final.

Este radicalismo humanista se dirige a las raíces y por lo tanto a las causas; quiere liberar al hombre de las cadenas de las ilusiones; postula que son necesarios cambios fundamentales no sólo en nuestra estructura económica y política sino también en nuestros valores, en nuestro concepto de las metas del hombre y en nuestra conducta personal.

Tener fe significa osar, pensar lo impensable, pero obrar dentro de los límites de las posibilidades reales; es la esperanza paradójica de esperar al Mesías todos los días pero no descorazonarse porque no llegue cuando creíamos.

Esta esperanza no es pasiva ni paciente; al contrario, es impaciente y activa, y busca toda posibilidad de acción dentro del campo de las posibilidades reales. Y donde es menos pasiva es en lo relativo al desenvolvimiento y la liberación de nuestra propia persona.

Claro está que se oponen graves cortapisas, determinadas por la estructura social, al desenvolvimiento personal. Pero esos supuestos radicales que aconsejan que no es posible ni siquiera deseable ningún cambio personal en la sociedad actual emplean su ideología revolucionaria para excusar su personal resistencia al cambio interno.

La situación del género humano es demasiado seria actualmente para permitirnos escuchar a los demagogos -y menos a los demagogos que atrae la destrucción-, ni siquiera a los dirigentes que sólo trabajan con el cerebro y que necesitan fortalecer su corazón.

El pensamiento radical y crítico sólo dará frutos si se mezcla con la cualidad más preciosa que tiene el hombre: el amor a la vida.”

De: Anatomía de la destructividad humana; Epílogo: De la ambigüedad de la esperanza; por Erich Fromm; 1974. 

Relacionados:  Citas optimistas de F.M. Esfandiary   La importancia del optimismo   Pesimismo, optimismo, realismo  

Una filosofía del trabajo (Chuang Tzé)

noviembre 21, 2012

En un libro de Suzuki-Fromm…

“… La historia de un agricultor, tal como la cuenta Chuang-Tzé, es muy significativa y sugestiva en muchos sentidos, aunque se supone que el incidente debió tener lugar hace más de dos mil años en China.

Chuang-Tzé fue uno de los grandes filósofos en la antigua China. Debería ser estudiado más de lo que lo es en la actualidad. Los chinos no son tan especulativos como los hindúes y tienden a olvidar a sus propios pensadores. Mientras que Chuang-Tzé es muy conocido como el más grande estilista entre los literatos chinos, sus pensamientos no son apreciados como merecen. Fue un gran recolector o compilador de relatos que quizá se habían generalizado en su época. Es probable, sin embargo, que también inventara muchos cuentos para ilustrar sus ideas sobre la vida.

He aquí un relato, que ilustra espléndidamente la filosofía del trabajo de Chuang-Tzé, sobre un campesino que se negaba a usar la palanca para sacar agua del pozo.

“Un campesino cavó un pozo y utilizaba el agua para irrigar su finca. Empleaba una cubeta ordinaria para sacar agua del pozo, como lo hace casi toda la gente primitiva. Un paseante, al verlo, le preguntó al campesino por qué no utilizaba una palanca para ese fin; es un instrumento que ahorra esfuerzo y puede realizar mayor trabajo que el método primitivo. El agricultor dijo: ‘Sé que ahorra trabajo y es precisamente por esta razón por la que no utilizo ese instrumento. Lo que temo es que el uso de ese instrumento me haga pensar sólo en la máquina. La preocupación por las máquinas crea en uno el hábito de la indolencia y la pereza.”  …”

De: Budismo Zen y Psicoanálisis, D.T. Suzuki-E. Fromm

Chuang-Tzé es el del sueño de la mariposa 

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