Archivos de la categoría ‘Erich Fromm’

Anatomía de la destructividad humana. Erich Fromm

abril 27, 2013

Los fragmentos de este libro que, hasta ahora, compartí…

(ordenados desde el último)

Narcisismo grupal

Narcisismo, celebridades y público

Narcisismo y agresividad

Los niños y la lucha por la libertad

Agresión y libertad

Cuando las ideas de los otros nos son amenazantes

Ver peligros que en realidad no existen

El psicoanálisis: dinamita social

Importancia histórica de Freud

Las pasiones humanas

Usos equivocados de la palabra “agresión”

(continuará…)

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De la esperanza, los optimistas y los pesimistas (en un texto de Fromm)

diciembre 17, 2012

Compartiendo lecturas. Durante este año, estuve leyendo textos de Fromm, un autor con el que siento afinidad de pensamiento…

“DE LA AMBIGÜEDAD DE LA ESPERANZA.

En este estudio he tratado de demostrar que el hombre prehistórico, que vivía en bandas cazando y recolectando, se distinguía por un mínimo de destructividad y un máximo de cooperación y compartición, y que sólo al aumentar la productividad y la división del trabajo, formarse un gran excedente y grandes estados con jerarquías y élites, aparecen la destructividad y crueldad en gran escala y crecen en la medida en que crecen la civilización y el papel del poder.

¿Ha aportado este estudio argumentos válidos en favor de la tesis de que la agresión y la destructividad pueden volver a asumir un papel mínimo en el tejido de las motivaciones humanas? Así lo creo, y espero que lo crean también muchos lectores.

En tanto la agresión biológicamente dada en los genes humanos, no es espontánea, sino una defensa contra los peligros que amenazan a los intereses vitales del hombre, los de su crecimiento y la supervivencia de la especie.  Esta agresión defensiva era relativamente menor en ciertas condiciones primitivas… cuando ningún hombre representaba un gran peligro para ningún otro. Después, el hombre ha evolucionado extraordinariamente.

Es legítimo imaginar que el hombre completará el ciclo y construirá una sociedad en que nadie esté amenazado; ni el niño por el padre, ni el padre por su superior, ni una clase social por otra, ni ninguna nación por una superpotencia. Lograr esto es enormemente difícil por razones económicas, políticas, culturales y psicológicas, más la dificultad adicional de que las naciones del mundo adoran ídolos -diferentes ídolos- y por eso no se entienden entre sí, aunque entiendan sus lenguas.

Es locura olvidar esas dificultades, pero el estudio empírico de los datos demuestra que hay una posibilidad real de edificar ese mundo en un futuro previsible si se suprimen esos caballos de Frisa políticos y psicológicos.

Las formas malignas de agresión, por otra parte -sadismo y necrofilia- no son innatas; de ahí que puedan reducirse sustancialmente si se remplazan las condiciones socioeconómicas por otras favorables al cabal desenvolvimiento de las verdaderas necesidades y facultades del hombre, al desarrollo de la actividad original humana y de la facultad creadora, objetivo propio del hombre. La explotación y la manipulación producen aburrimiento y trivialidad, mutilan al hombre, y todos los factores que hacen del hombre un lisiado psíquico lo vuelven también sádico o destructor.

Esta posición será calificada por algunos de “superoptimista”, “utópica” o “nada realista”. Con el fin de apreciar los méritos de estas críticas parece necesario estudiar la idea de que la esperanza es ambigua y la índole del optimismo y el pesimismo.

Supongamos que estoy planeando una salida al campo para el fin de semana y que es dudoso que el tiempo sea bueno. Puedo decir que “soy optimista” en lo tocante al tiempo. Pero si mi hijo está gravemente enfermo y su vida pende de un hilo, decir “soy optimista” parecería extraño a la gente sensible, porque en este contexto la expresión suena desapegada y distante.

Sin embargo, no podría decir “estoy convencido de que mi hijo vivirá”, porque en esas circunstancias no hay base realista para estar convencido.

¿Qué puedo decir entonces?

Las palabras más adecuadas serían tal vez “tengo fe en que se salvará el niño”. Pero “fe”, a causa de sus implicaciones teológicas, no es una palabra para nuestros días. No obstante, es la mejor que tenemos, porque la fe entraña un elemento muy importante: mi ardiente deseo de que el hijo viva, y por ende que yo hago cuanto me es posible porque sane. No soy nada más un observador, separado del niño, como en el caso del ser “optimista”.

Soy parte de la situación que observo; estoy comprometido; mi hijo, acerca del cual yo, “sujeto”, hago un pronóstico, no es un “objeto”; mi fe radica en mi relación con el hijo; es una mezcla de conocimiento y participación. Naturalmente, esto sólo es cierto si por fe entiendo “fe racional” (E. Fromm, 1947), basada en la clara conciencia de todos los datos relevantes y no, como la “fe irracional”, ilusión basada en nuestros deseos.

El optimismo es una forma de fe enajenada, el pesimismo una forma de desesperanza enajenada.

Si uno reacciona de verdad en forma favorable al hombre y su futuro, o sea con interés y “responsabilidad”, sólo puede hacerlo con la fe o la desesperanza. La fe racional, como la desesperanza racional, se basa en el conocimiento crítico y profundísimo de todos los factores relevantes para la supervivencia del nombre. La base de la fe racional en el hombre es la presencia de una posibilidad real de que se salve; la base de la desesperanza racional sería el conocimiento de que no podía advertirse tal posibilidad.

En este contexto es necesario poner de relieve un punto. La mayoría de las personas están perfectamente dispuestas a denunciar por nada realista la fe en el mejoramiento del hombre; pero no reconocen que la desesperanza no es más realista.

Es fácil decir que el hombre siempre ha sido un asesino, pero no es exacto, porque al decir eso no se toma en cuenta el intrincamiento de la historia de la destructividad.

Es igualmente fácil decir que el deseo de explotar a los demás es parte de la naturaleza humana, pero al decirlo también se desdeñan (o deforman) los hechos. Para resumir, decir que “la naturaleza humana es mala” no es ni un ápice más realista que decir que “la naturaleza humana es buena”.

Decir lo primero es sin embargo mucho más fácil; quien desea demostrar la maldad del hombre halla partidarios mucho más pronto, porque ofrece a cada quien una coartada para sus propios pecados … y al parecer no arriesga nada. Pero la difusión de la desesperanza irracional es en sí destructiva, como toda falsedad, porque desanima y confunde. La predicación de una fe irracional o el anuncio de un falso Mesías apenas son menos destructivos, porque seducen y después paralizan.

La actitud de la mayoría no es de fe ni de desesperanza sino, por desgracia, de total indiferencia al futuro del hombre. Con quienes no son totalmente indiferentes, la actitud es de “optimismo” o “pesimismo”.

Los optimistas son los que creen en el dogma de la continua marcha del “progreso”. Están acostumbrados a identificar los logros humanos con las conquistas de la técnica, la libertad humana con la libertad respecto de la coerción directa y la libertad del consumidor de escoger entre los muchos artículos que se hace pasar por diferentes. La dignidad, la cooperación, la generosidad del primitivo no les impresionan, sólo las hazañas de la técnica, la riqueza, la dureza.

Siglos de dominio sobre gentes técnicamente atrasadas de color diferente han dejado su sello en la mente de los optimistas. ¿Cómo podría un “salvaje” ser humano e igual, no digamos superior, a los hombres que pueden ir a la luna… o matar a millones de seres vivos pulsando un botón?

Los optimistas viven bastante bien, al menos por ahora, y pueden permitirse el “optimismo”. O así lo creen, porque están tan enajenados que ni siquiera los afecta verdaderamente la amenaza al futuro de sus nietos.

Los “pesimistas” no son en verdad muy diferentes de los optimistas. Viven no menos cómodamente y no se comprometen más que ellos.

El destino de la humanidad les preocupa tan poco como a los optimistas. No se desesperan, porque si se desesperaran no vivirían, ni podrían vivir, tan contentos como viven. Y mientras su pesimismo funciona en gran parte para proteger a los pesimistas respecto de toda exigencia interior de que hagan algo proyectando la idea de que no puede hacerse nada, los optimistas se defienden de la misma exigencia interna persuadiéndose de que todo funciona debidamente de todos modos y que por lo tanto, no es necesario hacer nada.

La posición que defendemos en esta obra* es la de fe racional en la capacidad del hombre para salvarse de lo que parece red fatal de circunstancias, que él creó.

Es la posición de quienes no son “optimistas” ni “pesimistas”, sino radicales, extremistas que tienen una fe racional en la capacidad del hombre para evitar la catástrofe final.

Este radicalismo humanista se dirige a las raíces y por lo tanto a las causas; quiere liberar al hombre de las cadenas de las ilusiones; postula que son necesarios cambios fundamentales no sólo en nuestra estructura económica y política sino también en nuestros valores, en nuestro concepto de las metas del hombre y en nuestra conducta personal.

Tener fe significa osar, pensar lo impensable, pero obrar dentro de los límites de las posibilidades reales; es la esperanza paradójica de esperar al Mesías todos los días pero no descorazonarse porque no llegue cuando creíamos.

Esta esperanza no es pasiva ni paciente; al contrario, es impaciente y activa, y busca toda posibilidad de acción dentro del campo de las posibilidades reales. Y donde es menos pasiva es en lo relativo al desenvolvimiento y la liberación de nuestra propia persona.

Claro está que se oponen graves cortapisas, determinadas por la estructura social, al desenvolvimiento personal. Pero esos supuestos radicales que aconsejan que no es posible ni siquiera deseable ningún cambio personal en la sociedad actual emplean su ideología revolucionaria para excusar su personal resistencia al cambio interno.

La situación del género humano es demasiado seria actualmente para permitirnos escuchar a los demagogos -y menos a los demagogos que atrae la destrucción-, ni siquiera a los dirigentes que sólo trabajan con el cerebro y que necesitan fortalecer su corazón.

El pensamiento radical y crítico sólo dará frutos si se mezcla con la cualidad más preciosa que tiene el hombre: el amor a la vida.”

De: Anatomía de la destructividad humana; Epílogo: De la ambigüedad de la esperanza; por Erich Fromm; 1974. 

Relacionados:  Citas optimistas de F.M. Esfandiary   La importancia del optimismo   Pesimismo, optimismo, realismo  

Una filosofía del trabajo (Chuang Tzé)

noviembre 21, 2012

En un libro de Suzuki-Fromm…

“… La historia de un agricultor, tal como la cuenta Chuang-Tzé, es muy significativa y sugestiva en muchos sentidos, aunque se supone que el incidente debió tener lugar hace más de dos mil años en China.

Chuang-Tzé fue uno de los grandes filósofos en la antigua China. Debería ser estudiado más de lo que lo es en la actualidad. Los chinos no son tan especulativos como los hindúes y tienden a olvidar a sus propios pensadores. Mientras que Chuang-Tzé es muy conocido como el más grande estilista entre los literatos chinos, sus pensamientos no son apreciados como merecen. Fue un gran recolector o compilador de relatos que quizá se habían generalizado en su época. Es probable, sin embargo, que también inventara muchos cuentos para ilustrar sus ideas sobre la vida.

He aquí un relato, que ilustra espléndidamente la filosofía del trabajo de Chuang-Tzé, sobre un campesino que se negaba a usar la palanca para sacar agua del pozo.

“Un campesino cavó un pozo y utilizaba el agua para irrigar su finca. Empleaba una cubeta ordinaria para sacar agua del pozo, como lo hace casi toda la gente primitiva. Un paseante, al verlo, le preguntó al campesino por qué no utilizaba una palanca para ese fin; es un instrumento que ahorra esfuerzo y puede realizar mayor trabajo que el método primitivo. El agricultor dijo: ‘Sé que ahorra trabajo y es precisamente por esta razón por la que no utilizo ese instrumento. Lo que temo es que el uso de ese instrumento me haga pensar sólo en la máquina. La preocupación por las máquinas crea en uno el hábito de la indolencia y la pereza.”  …”

De: Budismo Zen y Psicoanálisis, D.T. Suzuki-E. Fromm

Chuang-Tzé es el del sueño de la mariposa 

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Sobre la intuición (en un libro de Suzuki-Fromm)

noviembre 8, 2012

Un concepto que me ha costado entender…

“… El siguiente incidente, relatado por Yagyu Tajima-no-kami Munenori, un discípulo de Takuan, el maestro Zen, quizá no esté relacionado directamente con el inconsciente… Pero quizá no sea indiferente para el psicólogo el descubrir que una facultad que puede ser llamada casi parapsíquica pueda desarrollarse mediante cierta forma de disciplina.

… hay varios de estos casos registrados en los anales del arte japonés de la esgrima y aun en nuestras experiencias modernas hay razón para creer en la probabilidad de esa intuición “telepática

Yagyu Tajima-no-kami estaba en un día de primavera en su jardín admirando los cerezos en flor. Estaba, en apariencia, profundamente absorto en la contemplación. De repente sintió que un sakki lo amenazaba por la espalda. Yagyu se dio vuelta, pero no vio cerca otro ser humano que el paje que generalmente sigue a su señor llevándole la espada. Yagyu no pudo determinar de qué fuente emanaba el sakki.

Este hecho lo dejó considerablemente sorprendido. Porque había adquirido, después de un largo adiestramiento en el arte de la espada, una especie de sexto sentido por el que era capaz de advertir de inmediato la presencia del sakki.

Pronto se retiró a su habitación y trató de resolver el problema, que le preocupaba mucho. Pues con anterioridad nunca había cometido un error al advertir y localizar claramente el origen del sakki al sentir su presencia. Parecía tan molesto consigo mismo que todos los miembros del séquito temían acercársele para preguntarle qué le pasaba.

Por fin, uno de los servidores más viejos se le acercó para preguntarle si no se sentía enfermo y si no necesitaba alguna ayuda. Dijo el señor: “No, no estoy enfermo. Pero he experimentado algo extraño cuando estaba en el jardín, algo que escapa a mi entendimiento. Estoy examinando la cuestión.” Y le relató todo el incidente.

Cuando los servidores se enteraron de ello, el paje que seguía al señor se acercó temblando e hizo su confesión: “Cuando vi a su señoría tan absorto admirando los cerezos en flor, me asaltó la idea: Por diestro que sea nuestro señor en el uso de la espada, no podría probablemente defenderse si en este momento yo lo atacara de repente por la espalda. Es probable que este pensamiento secreto mío fuera sentido por el señor.”

Al confesar, el joven estaba dispuesto a ser castigado por el señor por su pensamiento indecoroso. Esto aclaró todo el misterio que había preocupado tanto a Yagyu; éste no estaba en ánimo de castigar al ingenuo y joven culpable. Le satisfizo advertir que su sensación no había errado. …”

De: Budismo Zen y Psicoanálisis, Suzuki-Fromm

Antes: Intuición: su desarrollo

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Percepciones deformadas

noviembre 5, 2012

Sobre la manera de percibir…

“… El hecho de que la percepción no deformada y no cerebral de la realidad es un elemento esencial de la experiencia zen, se expresa claramente en dos relatos.

Uno es la historia de la conversación de un maestro con un monje:

“—¿Haces alguna vez un esfuerzo por disciplinarte en la verdad?”
“—Si.”
“—¿Cómo te ejercitas?”
“—Cuando tengo hambre como, cuando estoy cansado duermo.”
“—Es lo que todo el mundo hace; ¿puede decirse que ellos se ejercitan de la misma manera que tú?”
“—No.”
“—¿Por qué?”
“—Porque cuando comen no comen, sino que piensan en otras muchas cosas, distrayéndose; cuando duermen no duermen, sino que sueñan mil cosas. Por eso no se parecen a mi.”
 

El relato apenas necesita explicación. La persona media, impulsada por la inseguridad, la codicia, el temor, está constantemente inmersa en un mundo de fantasías (sin tener necesariamente conciencia de ello) en el que viste al mundo con cualidades que proyecta dentro de el, pero que no están ahí.

Esto era cierto en la etapa en que se produjo esta conversación; cuánto más cierto resulta ahora, cuando casi todo el mundo ve, siente y gusta con sus ideas, más que con aquellas facultades dentro de sí misma que pueden ver, oír, sentir y gustar…”

De: Budismo Zen y Psicoanálisis, Suzuki-Fromm

Antes:
Fallas de la percepción. Deepak Chopra 
Percepción dificultosa… Maronna. Argumedo. 

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