Archive for the ‘Ateísmo’ Category

Lo complejo y novedoso de ser ateo. Anibal Sicardi

julio 6, 2012

Lecturas: ateísmo, ateología, culto a la Razón, laicismo, ortodoxia religiosa, teocracia… 

El ateismo de Michel Onfray bajo una lupa cristiana

“A propósito del libro del filósofo Michel Onfray, Tratado de ateología, el autor de esta nota, pastor metodista y pensador cristiano Sicardi –que ha estudiado la amplia obra de Onfray–, plantea una novedosa polémica al instalar esta sensible temática en lo que puede llamarse “el esencial mundo de los valores”, superando los esquematismos confesionales y el simplismo negador divino. El debate sobre la religión y el ateísmo sigue siendo un espacio abierto.

En estos tiempos de revisión del lenguaje, el título requiere un acto de defensa por el uso del término “ateo” que levanta el tema de género. Se presenta la dificultad auditiva/visual de que si se agrega “atea” pierde fuerza el título y si se coloca sólo “atea” la costumbre instalada sugeriría que se trata sólo del ateísmo femenino.

Se puede apelar a la presunta solución del uso de la arroba, sobre la cual el autor tiene reacciones histéricas porque lo considera una aberración lingüística. La arroba pretende solucionar un problema del castellano (¿o español?) artificialmente y oculta el problema intrínseco al lenguaje y, por lo tanto, entorpece la búsqueda de alguna otra solución aún no visible.

Esta última observación, legítima, se ensambla con la propuesta de indagar sobre la complejidad de ser ateo o atea, como lo plantea Michel Onfray, 47, francés, Doctor en Filosofía, brillante anarquista, defensor del buen hedonismo.

En su último libro, Tratado de Ateología, subtitulado Física de la metafísica, Onfray plantea que el término “a-teo” “como prefijo privativo” que “supone una negación, una falta, un agujero y una forma de oposición” porque “No existe ningún término para calificar de modo positivo al que no rinde pleitesía a las quimeras, fuera de esa construcción lingüística que exacerba la amputación” (págs 41/42).

Sentencia que el “ateísmo” es una creación verbal de los “deícolas”, creada desde el ejercicio del poder. “No se desprende de una decisión voluntaria y soberana de una persona” que rechaza al “dios local cuando todo el mundo o la mayoría cree en él”.

A la par, hay muchos términos para calificar positivamente al creyente, al religioso, al piadoso, pero no al que “no rinde pleitesía” al dios local.

Esta “escasez de palabras positivas para calificar el ateísmo”, que “contrasta con la abundancia de vocabulario para caracterizar a los creyentes”, hace que Onfray acepte el término “ateísmo” para su ensayo sobre la “Ateología”.

Fiel a la búsqueda certera, veraz, propone una reflexión positiva de la temática de tal forma que salga del negativismo – “la tentación de negar algo, a dios, los dioses”– y desde esa plataforma formula una nueva forma de ver el asunto que pueda “lograr la autonomía de la filosofía dentro de la teología”, específicamente, de la religión judeocristiana. (págs. 43ss).

Lúcido, el fundador de la Universidad Popular de la Filosofía, en Caen, establece que el laicismo, al igual que los movimientos ateos, están impregnados por la influencia de lo establecido, por la religión, concretamente por el cristianismo.

Onfray trae a colación “uno de los pocos momentos en la historia occidental en que el cristianismo cayó en desgracia –1793 por ejemplo–”, la Revolución Francesa, “durante el cual los ciudadanos convirtieron las iglesias en hospitales, en escuelas, en hogares para los jóvenes, cuando los revolucionarios reemplazaron las cruces de los techos con banderas tricolores y los crucifijos de madera muerta con árboles vivos”, pero al igual que los ensayos de Montaigne y las Cartas (CXXXVII) de Monluc y la ateística de Voltaire “desaparecieron rápidamente”. Agrega, “El ateísta de la Revolución Francesa también…”

Los primeros vientos de descristianización

Georges Lefebvre, en su ensayo sobre La religión en tiempos de la Revolución Francesa, coincide con Onfray al afirmar que “Cronológicamente este período de radicalización para con la religión estaría ubicado en la segunda mitad del año 1793” con una pequeña/grande acotación. El historiador le asigna el lugar de anticipo a la “marea descristianizadora”, aquello que Jean Paul Bertaud llamó las “matanzas de setiembre”, 1792, en la que “entran en acción –en el campo religioso– los sans-culottes”.

Para George Lefebvre ésa es “la primera gran manifestación violenta del pueblo con respecto a la religión”. Expresivamente, “Los primeros vientos de descristianización que venían desde abajo, sin intervención ni permiso de la Convención”. Es decir, esa “gran manifestación” surge de lo que hoy se denomina “las bases”, no de la intelectualidad o la burguesía.

Por supuesto que el citado autor no ignora las causas económicas y políticas que están presentes en ese movimiento, pero no las considera como las principales de “esos primeros vientos de descristianización”. A lo que le asigna trascendencia es al hastío de la ciudadanía por el comportamiento corrupto del clero al que, al mismo tiempo, identifica como contrarrevolucionario.

El dato es fundamental. Las autoridades, los dirigentes, se ven obligados responder al clamor popular. Entre otras decisiones se encuentra la del 23 de noviembre de 1793 cuando se decreta que todas las iglesias y templos serán cerrados, se destituye a todos los curas y se introduce el culto a la Razón.

El trasfondo religioso de la humanidad, agregado a que “el anclaje de la Iglesia pesaba sobre la vida cotidiana”, tanto en su interioridad como en el mecanismo funcional para aplacar a la población, fueron factores que ayudaron a retornar lo religioso en la vida política francesa.

El culto a la Razón tuvo su primer impacto con mártires y festividades que sustituyeran a las “cristianas”, pero la estructura básica no se modificó.

El inconsciente colectivo religioso sobrevivió al igual que su función como elemento “pacificador” –“sometimiento” diría Onfray– a la que apelaron las autoridades revolucionarias francesas para frenar represivamente los díscolos enfrentamientos de la ciudadanía, ya que la religión judeocristiana era utilizada en esa razón de Estado.

A ese hecho, de no poca monta, se agregó que el culto a la Razón no cuajó como sustituto del cristianismo, especialmente en la importante área rural. Como señala Lefebvre, era “incomprensible”, “no garantizaba la vida eterna, el perdón”, aparecía como una idea más acorde a otros sectores, con su “divinidad demasiado abstracta” surge con el “ropaje de un culto cívico o patriótico”, pero no netamente religioso. Además, el culto a La Razón resultaba entorpecedor y demasiado limitado para los asuntos del Estado, que necesitaba alianzas europeas de etiqueta cristiana, incluido el Vaticano.

Por otra parte, es muy válido el interrogante de Lefebvre al preguntarse, “¿Hasta qué punto el poder en su totalidad deseaba que el pueblo se hiciera ateo? Negar la religión, no sólo es una negación de Dios o de la fe, significa la negación de una cantidad de valores, costumbres, que eran convenientes al poder y que tampoco el pueblo estaba preparado o dispuesto a dejar”.

Hay que tener en cuenta que el movimiento “descristianizador” ataca a los elementos externos. Curas, iglesias, cruces, festividades.Otra cosa bien distinta es separarse de los fundamentos de la fe y la creencia en Dios”. No es lo mismo esos ataques a lo externo que conquistar las convicciones más internas de las personas. Esto no se hizo. Las bases ideológicas no se modificaron. La vuelta de la religión “cristiana” estaba cantada. 

Onfray apunta certeramente al hacerse cargo de que en la Revolución Francesa cuesta hablar de ateísmo. Se trata más bien del intento de “descristianizar”. El “ateísmo”, a-teo, no creer en Dios, se desarrollaría posteriormente y aun así, infectado por la religiosidad y por el cristianismo.

Así lo reconoce el honesto anarquista francés al citar una serie de personajes cuestionados/condenados por ateos, pero que no lo eran. Como señala Onfray, lo que ocurrió con esos personajes es que se colocaron fuera de la ortodoxia judía o cristiana, pero no era posible condenarlos por ello, sí como ateos.

Spinoza, panteísta también él –y poseedor de una inteligencia sin par– fue condenado igualmente por ateísmo…” (pág. 49). Sin embargo, pregunta y contesta Onfray “¿Dónde está el ateísmo de Spinoza? En ninguna parte. Es inútil buscar en su obra completa una sola frase que afirme la inexistencia de Dios”. Niega aspectos doctrinales, como la inmortalidad del alma, pero eso no lo hace ateo.

Sorprende para legos la referencia a Ludwig Feuerbach, a quien considera “un pilar formidable” para la construcción de una ateología, pero que de Dios “No niega su existencia; hace la disección de la quimera. No se trata de decir Dios no existe, sino ¿qué es ese Dios en el que cree la mayoría? Y de responder a una ficción, una creación de los hombres… los hombres crean a Dios a su imagen inversa” (pág. 57).

 

No rendir pleitesía a los dioses locales

Leer el resto de esta entrada »

Una experiencia religiosa

diciembre 5, 2010

Leyendo a Freud…

“En el otoño de 1927 un periodista germanoamericano, G. S. Viereck, al que hubiera recibido con mucho gusto si alguna vez se le hubiera ocurrido venir a verme, publicó una entrevista conmigo en la que se hablaba de mi falta de creencias religiosas y de mi indiferencia ante la posibilidad de una vida de ultratumba. Esta supuesta entrevista fue muy leída y me procuró, entre otras, la siguiente carta de un médico americano:

Experienciareligiosa

«…Lo que más me ha impresionado ha sido su respuesta a la pregunta de si creía en una subsistencia de la personalidad después de la muerte. Según el informador, había contestado usted secamente: “Eso me tiene sin cuidado.” «Le escribo hoy para comunicarle un suceso vivido por mí el año mismo en que terminaba mis estudios universitarios.

Una tarde que me encontraba en el quirófano entraron el cadáver de una anciana y lo colocaron sobre una de las mesas de disección. Hondamente impresionado por la expresión de serena dulzura de aquel rostro muerto, pensé en el acto: No; no hay Dios; si hubiera un Dios, no habría permitido que una mujer tan bondadosamente amable viniera a la sala de disección.

«Al regresar luego a casa abrigaba la firme decisión de no volver a entrar en una iglesia. Las doctrinas del cristianismo me habían inspirado ya antes graves dudas. «Pero cuando me hallaba reflexionando sobre todo esto, surgió en mi alma una voz que me aconsejó meditar mi resolución. Mi razón respondió a esta voz: Si alguna vez adquiero la certeza de que los dogmas cristianos son verdaderos y de que la Biblia es la palabra de Dios, los aceptaré
sumisamente.

«En los días siguientes, Dios hizo sentir claramente a mi alma que la Biblia es la palabra de Dios, que todo lo que se nos enseña sobre Jesucristo es verdad y que Jesús es nuestra única esperanza. Desde entonces, Dios se me ha revelado con otros muchos signos
inequívocos.

«Como ‘hermano médico’ (brother physician) le ruego que medite sobre cuestión tan esencial, y le aseguro que si lo hace sinceramente, Dios revelará a su alma la verdad, como a mí y a otras muchas personas…»

 

A esta carta contesté cortésmente que le felicitaba de que
una tal experiencia le hubiese permitido conservar su fe. Dios no había hecho tanto por mí. No me había hecho oír jamás una tal voz, y si no se daba ya mucha prisa -teniendo en cuenta mi avanzada edad-, no sería culpa mía si continuaba siendo hasta el fin lo que ahora era: an infidel jew.

El amable colega americano aseguraba en su carta que el judaísmo no constituía un obstáculo para llegar a la verdadera fe, y aducía para demostrarlo diversos ejemplos. Por último, me comunicaba que se rezaba por mí, implorando a Dios que me otorgase la fe verdadera.

Tales plegarias no han surtido hasta ahora el menor efecto. Pero la experiencia religiosa de mi amable corresponsal me ha hecho pensar, pareciéndome interesante intentar su explicación por motivos afectivos, ya que, además de su singularidad, presenta fundamentos lógicos harto débiles.

Dios permite cosas más fuertes que la de que una mujer de rostro simpático acabe en una sala de disección. Tales cosas han sucedido siempre y sucedían todos los días en la época en que el médico americano terminaba sus estudios. Por otro lado, su carrera hace
suponer que no podía ignorar éstas y otras miserias. Y entonces, por qué su rebelión contra Dios hubo de estar precisamente al experimentar aquella impresión ante el cadáver de la
anciana?

La explicación es harto fácil para toda persona acostumbrada a considerar analíticamente los sucesos interiores y los actos de los hombres; tan fácil, que se mezcló espontáneamente en mi memoria con el hecho mismo al que se refería. Al citar en una discusión la carta del piadoso colega expuse que, según escribía en ella, el rostro de la anciana le había recordado el de su propia madre. En realidad, la carta no contenía nada semejante, y yo mismo me di en seguida cuenta de ello; pero precisamente este error de memoria constituye la explicación que se nos impone al leer las palabras con las que el sujeto describe a la anciana (sweetfaced dear old woman).

El efecto despertado por el recuerdo de la madre es el
responsable de la debilidad de juicio demostrada en aquella ocasión
por el médico.

Dejándonos llevar por el vicio psicoanalítico de aducir como material probatorio cosas que desde el punto de vista general parecen verdaderas nimiedades, susceptibles de otra distinta explicación menos profunda, nos fijaremos también en las palabras «hermano médico» empleadas a mi intención de la carta.

Podemos, pues, representarnos el proceso en la siguiente forma:

Leer el resto de esta entrada »

Creencias que dispensan de seguir pensando

abril 30, 2007

Leido en Página 12, Edición del 21-Abr-2007
FERNANDO SAVATER Y LA RELIGION A TRAVES DEL TIEMPO

Una señora amable, pero tímida, le dijo al filósofo si podía hacerle una pregunta “personal”. Inclinándose sobre el mostrador que los separaba, le susurró: “¿Es usted creyente?”. Según la táctica que la sabiduría popular atribuye a los gallegos, Fernando Savater respondió con otra pregunta: “¿Creyente en qué…?”. La mujer consultó con la vista rápidamente a su marido –que la miraba con cierta reprobación condescendiente– y dijo: “Bueno… no sé… en lo corriente”. Con los ojos traviesos que luchan por hacerse ver detrás de sus anteojos gruesos, él le contestó: “Desde luego, señora, claro que creo en lo corriente. En lo que no creo es en lo sobrenatural”. La interlocutora sonrió, satisfecha, mientras le daba un codazo disimulado a su cónyuge. Savater cuenta esta anécdota, que le viene como anillo al dedo, en La vida eterna (Ariel).

El libro –que se presentará hoy a las 20 en la Feria del Libro– es una exhaustiva crítica de las creencias religiosas desde un punto de vista político y antropológico, una lúcida apología del ateísmo, de la incredulidad, justo cuando las creencias religiosas se abren paso a los codazos en el escenario mundial, cuando despiertan pasiones, antiguos y nuevos miedos, se incrementa el número de embaucadores, de oradores y de fanáticos sin fronteras, exalta a los que dicen “paparruchadas”, a los profetas del odio y de la intolerancia, a los cruzados del radicalismo religioso.

Siempre del lado de los “réprobos”, de los que apuestan por la duda y el tanteo –y no por las creencias que dispensan de seguir pensando–, no es casual que Savater cite una frase del libro de Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano: “No son los argumentos racionales sino las emociones las que hacen creer en la vida futura”. Russell le permitió al filósofo vasco articular teóricamente los planteamientos escépticos de su temprana incredulidad juvenil. ¿Cómo puede ser que alguien crea de veras en Dios, en el más allá, en todo el circo de lo sobrenatural? “Aunque me he criado en un país católico, en una familia también católica, siempre me he preguntado en qué consiste creer”, dice el filósofo en la entrevista con Página/12.

“La filosofía trata de plantearse muchas de las inquietudes que se plantea la religión, pero sin salirse de los límites de la razón, sin ir más allá de lo que la razón pueda alcanzar, sin la necesidad de salirse del palco de la razón y caer en dogmas.” Savater no niega la relevancia cultural, antropológica o incluso política de las diversas doctrinas religiosas. Apunta sus dardos al meollo de la cuestión: el problema es que millones de personas creen en dogmas religiosos de un modo no meramente cultural, antropológico o político. Creen, vigorosamente, en lo invisible y lo improbable.
–¿Por qué considera que el mejor argumento para creer en lo sobrenatural es que “si no fuese porque somos mortales no existirían creencias religiosas”?

–No veo ningún otro argumento para creer en lo sobrenatural más que el miedo a la muerte. Si los seres humanos fuéramos eternos, invulnerables, lo más parecido a los dioses que habría seríamos nosotros. Pero la constatación de nuestras limitaciones, de nuestra muerte, de nuestro final, nos lleva a que soñemos un tipo de seres que tienen todas esas ventajas que no tenemos, es decir que sean eternos, que sean potentes, que puedan hacer todo aquello que nos está negado. La cuestión es proyectar en el cielo el tipo de vida que consideraríamos un ideal inalcanzable.

–Usted plantea que el miedo y el deseo serían los principios básicos de las creencias religiosas. ¿Cuál es el más fuerte o el que se impone? Leer el resto de esta entrada »

Este mundo, otro mundo

abril 7, 2007

Leído en La Nación…

El filósofo francés opina que se niega la realidad para adorar lo que no existe

PARIS.- El filósofo francés Clément Rosset es uno de los escépticos más brillantes de su generación. En 30 años de reflexión y 15 libros publicados, este pensador fuera de serie, insólito e insolente, no ha dejado de repetir que “rechazar la realidad constituye el peor de los peligros”.

En esos casos, el hombre construye mundos imaginarios y crea fantasmas y quimeras con el fin de esquivar la tragedia universal de la existencia y de la historia.

“Rechazar la realidad da origen a espejismos de todo tipo: futuros luminosos y apocalipsis redentores”, afirmó a LA NACION en su casa de París, ubicada a pocos metros de La Closerie des Lilas, uno de los bares preferidos de Ernest Hemingway.

Como lo hicieron antes otros célebres escépticos -Montaigne, Spinoza y Schopenhauer-, Rosset recuerda que la realidad no tiene “afueras”; que nadie puede ser salvado por el más allá; que la realidad es lo que es -ni doble, ni bella, ni fea- y no es otra cosa.

Nacido en el nordeste de Francia en 1939, ex alumno de la prestigiosa Ecole Normale Supérieure de París, doctor en filosofía, profesor en la Universidad de Niza, Rosset se jubiló con enticipación para dedicarse a la escritura. Con un lenguaje claro y conciso, con humor e imaginación, cada uno de sus libros es una defensa, una ilustración de la tautología, ese enunciado que afirma únicamente que “A es A” y que muchos consideran un pensamiento sin sentido. Clément Rosset considera, por el contrario, que esa constatación repetitiva es el núcleo de la filosofía. Discípulo admirativo del griego Heráclito (572-448 a.C.), Rosset trata de seguir al pie de la letra la máxima del gran presocrático: “Hay que decir y pensar lo que es, pues lo que existe, existe. Y lo que no, no existe”.

-¿Se podría decir que usted es el filósofo de una sola idea?

-¡Sería incluso un elogio! Pero, atención: esa “idea única” no es sinónimo de “pensamiento único”. Se trata más bien de una idea que las contiene a todas, una idea hospitalaria, que describe un vicio inherente a la condición humana: para escapar al sentimiento de la muerte, los hombres miran hacia otro lado y prefieren escapar de lo que es para adorar lo que no es.

-¿Es eso lo que usted llama “doble”?

-El “doble”, como la moral, es una forma de negar la realidad o de negar lo trágico. Son dos aspectos de un mismo problema. El “doble” es la ilusión. Cada vez que la realidad es incómoda o insoportable, el hombre pone en marcha su imaginación, extraordinariamente fértil, que le permite crear un “doble”. Esa suerte de espejismo esconde lo que la realidad tiene de intolerable, de crudo. La moral fue siempre una forma de decir lo que debe ser y, sobre todo, de burlarse de lo que es. Ese “doble” adquiere todas las formas imaginables: desde la del amante engañado que se persuade de que su pareja es casta, pasando por el metafísico que demuestra que la verdad está siempre “más allá”, hasta el altermundialista para quien “otro mundo es posible”.

-En otras palabras, Platón y los altermundialistas vienen a ser lo mismo.

-La misma locura. Platón pasaba el tiempo preguntándose cómo salir de su tiempo para entrar en la eternidad. Pasó su vida dudando de que había una vida antes de la muerte. Es evidente que la metafísica platónica, dictada por la aversión al único mundo del que disponemos, ese mundo en constante movimiento, que nos expone tanto a la muerte, a la incertidumbre, a la pérdida como al deseo, coincide con el altermundialismo que, mezclando la exigencia y la radicalización, intenta cambiar “de” mundo, más que cambiar “el” mundo. Sin embargo, no es arrancando plantas de maíz transgénico que se construye otro mundo. No es invocando mañanas luminosos que se hace menos difícil lo cotidiano. El genio del pensamiento de Occidente comparte con ellos la misma negación de la realidad en beneficio de un ideal fatalmente imaginario.

-¿Por qué fatalmente?

-Cioran decía “denme otro mundo porque me ahogo”. El altermundialista también se asfixiaría en ese otro mundo que no cesa de invocar. Si ese ideal (el otro mundo) llegara a existir, los idealistas le reprocharían de inmediato haberse desnaturalizado, haberse transformado en su propia caricatura. El fracaso del comunismo no se debe tanto a una mala interpretación de los textos de Marx como a la inevitable corrupción de toda utopía a partir del momento en que pretende materializarse. Se puede tratar, pero nunca funcionará. El ideal debe, por definición, permanecer fuera de alcance, a riesgo de no ser más que realidad. Es lo que explica por qué toda doctrina que persigue la salvación incluye, como condición paradójica de su eficacia, la idea de que esa salvación debe no llegar nunca. Así lo muestra, en particular, la llegada del Mesías en la religión judía.

-En otras palabras, el ideal no existe ni aquí ni en el más allá.

-Si el ideal no existe en esta vida, no tiene por qué existir en el más allá. Si las apariencias nos engañan, no quiere decir que disimulan la verdad. El problema es que no todos somos capaces de admitir que el mundo es sólo lo que es.

-¿Usted quiere decir que el deseo de ese “otro mundo” no proviene del deseo de otra cosa, sino del rechazo de la realidad?


Leer el resto de esta entrada »

El factor “Dios”. Saramago

marzo 16, 2005

“…comprenda con el sentimiento, si no puede ser con la razón…”

(Fragmento)

“Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana.

Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir.

Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel.

Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente… …

Al lector creyente (de cualquier creencia…) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito.

Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´.

No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.”

José Saramago, portugués, PNL.

Leído en el blog “Soy donde no pienso”. Gracias!
Pueden leer el texto completo en:
Soy donde no pienso

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 846 seguidores

%d personas les gusta esto: