Lecturas: ateísmo, ateología, culto a la Razón, laicismo, ortodoxia religiosa, teocracia…
El ateismo de Michel Onfray bajo una lupa cristiana
“A propósito del libro del filósofo Michel Onfray, Tratado de ateología, el autor de esta nota, pastor metodista y pensador cristiano Sicardi –que ha estudiado la amplia obra de Onfray–, plantea una novedosa polémica al instalar esta sensible temática en lo que puede llamarse “el esencial mundo de los valores”, superando los esquematismos confesionales y el simplismo negador divino. El debate sobre la religión y el ateísmo sigue siendo un espacio abierto.
En estos tiempos de revisión del lenguaje, el título requiere un acto de defensa por el uso del término “ateo” que levanta el tema de género. Se presenta la dificultad auditiva/visual de que si se agrega “atea” pierde fuerza el título y si se coloca sólo “atea” la costumbre instalada sugeriría que se trata sólo del ateísmo femenino.
Se puede apelar a la presunta solución del uso de la arroba, sobre la cual el autor tiene reacciones histéricas porque lo considera una aberración lingüística. La arroba pretende solucionar un problema del castellano (¿o español?) artificialmente y oculta el problema intrínseco al lenguaje y, por lo tanto, entorpece la búsqueda de alguna otra solución aún no visible.
Esta última observación, legítima, se ensambla con la propuesta de indagar sobre la complejidad de ser ateo o atea, como lo plantea Michel Onfray, 47, francés, Doctor en Filosofía, brillante anarquista, defensor del buen hedonismo.
En su último libro, Tratado de Ateología, subtitulado Física de la metafísica, Onfray plantea que el término “a-teo” “como prefijo privativo” que “supone una negación, una falta, un agujero y una forma de oposición” porque “No existe ningún término para calificar de modo positivo al que no rinde pleitesía a las quimeras, fuera de esa construcción lingüística que exacerba la amputación” (págs 41/42).
Sentencia que el “ateísmo” es una creación verbal de los “deícolas”, creada desde el ejercicio del poder. “No se desprende de una decisión voluntaria y soberana de una persona” que rechaza al “dios local cuando todo el mundo o la mayoría cree en él”.
A la par, hay muchos términos para calificar positivamente al creyente, al religioso, al piadoso, pero no al que “no rinde pleitesía” al dios local.
Esta “escasez de palabras positivas para calificar el ateísmo”, que “contrasta con la abundancia de vocabulario para caracterizar a los creyentes”, hace que Onfray acepte el término “ateísmo” para su ensayo sobre la “Ateología”.
Fiel a la búsqueda certera, veraz, propone una reflexión positiva de la temática de tal forma que salga del negativismo – “la tentación de negar algo, a dios, los dioses”– y desde esa plataforma formula una nueva forma de ver el asunto que pueda “lograr la autonomía de la filosofía dentro de la teología”, específicamente, de la religión judeocristiana. (págs. 43ss).
Lúcido, el fundador de la Universidad Popular de la Filosofía, en Caen, establece que el laicismo, al igual que los movimientos ateos, están impregnados por la influencia de lo establecido, por la religión, concretamente por el cristianismo.
Onfray trae a colación “uno de los pocos momentos en la historia occidental en que el cristianismo cayó en desgracia –1793 por ejemplo–”, la Revolución Francesa, “durante el cual los ciudadanos convirtieron las iglesias en hospitales, en escuelas, en hogares para los jóvenes, cuando los revolucionarios reemplazaron las cruces de los techos con banderas tricolores y los crucifijos de madera muerta con árboles vivos”, pero al igual que los ensayos de Montaigne y las Cartas (CXXXVII) de Monluc y la ateística de Voltaire “desaparecieron rápidamente”. Agrega, “El ateísta de la Revolución Francesa también…”
Los primeros vientos de descristianización
Georges Lefebvre, en su ensayo sobre La religión en tiempos de la Revolución Francesa, coincide con Onfray al afirmar que “Cronológicamente este período de radicalización para con la religión estaría ubicado en la segunda mitad del año 1793” con una pequeña/grande acotación. El historiador le asigna el lugar de anticipo a la “marea descristianizadora”, aquello que Jean Paul Bertaud llamó las “matanzas de setiembre”, 1792, en la que “entran en acción –en el campo religioso– los sans-culottes”.
Para George Lefebvre ésa es “la primera gran manifestación violenta del pueblo con respecto a la religión”. Expresivamente, “Los primeros vientos de descristianización que venían desde abajo, sin intervención ni permiso de la Convención”. Es decir, esa “gran manifestación” surge de lo que hoy se denomina “las bases”, no de la intelectualidad o la burguesía.
Por supuesto que el citado autor no ignora las causas económicas y políticas que están presentes en ese movimiento, pero no las considera como las principales de “esos primeros vientos de descristianización”. A lo que le asigna trascendencia es al hastío de la ciudadanía por el comportamiento corrupto del clero al que, al mismo tiempo, identifica como contrarrevolucionario.
El dato es fundamental. Las autoridades, los dirigentes, se ven obligados responder al clamor popular. Entre otras decisiones se encuentra la del 23 de noviembre de 1793 cuando se decreta que todas las iglesias y templos serán cerrados, se destituye a todos los curas y se introduce el culto a la Razón.
El trasfondo religioso de la humanidad, agregado a que “el anclaje de la Iglesia pesaba sobre la vida cotidiana”, tanto en su interioridad como en el mecanismo funcional para aplacar a la población, fueron factores que ayudaron a retornar lo religioso en la vida política francesa.
El culto a la Razón tuvo su primer impacto con mártires y festividades que sustituyeran a las “cristianas”, pero la estructura básica no se modificó.
El inconsciente colectivo religioso sobrevivió al igual que su función como elemento “pacificador” –“sometimiento” diría Onfray– a la que apelaron las autoridades revolucionarias francesas para frenar represivamente los díscolos enfrentamientos de la ciudadanía, ya que la religión judeocristiana era utilizada en esa razón de Estado.
A ese hecho, de no poca monta, se agregó que el culto a la Razón no cuajó como sustituto del cristianismo, especialmente en la importante área rural. Como señala Lefebvre, era “incomprensible”, “no garantizaba la vida eterna, el perdón”, aparecía como una idea más acorde a otros sectores, con su “divinidad demasiado abstracta” surge con el “ropaje de un culto cívico o patriótico”, pero no netamente religioso. Además, el culto a La Razón resultaba entorpecedor y demasiado limitado para los asuntos del Estado, que necesitaba alianzas europeas de etiqueta cristiana, incluido el Vaticano.
Por otra parte, es muy válido el interrogante de Lefebvre al preguntarse, “¿Hasta qué punto el poder en su totalidad deseaba que el pueblo se hiciera ateo? Negar la religión, no sólo es una negación de Dios o de la fe, significa la negación de una cantidad de valores, costumbres, que eran convenientes al poder y que tampoco el pueblo estaba preparado o dispuesto a dejar”.
Hay que tener en cuenta que el movimiento “descristianizador” ataca a los elementos externos. Curas, iglesias, cruces, festividades. “Otra cosa bien distinta es separarse de los fundamentos de la fe y la creencia en Dios”. No es lo mismo esos ataques a lo externo que conquistar las convicciones más internas de las personas. Esto no se hizo. Las bases ideológicas no se modificaron. La vuelta de la religión “cristiana” estaba cantada.
Onfray apunta certeramente al hacerse cargo de que en la Revolución Francesa cuesta hablar de ateísmo. Se trata más bien del intento de “descristianizar”. El “ateísmo”, a-teo, no creer en Dios, se desarrollaría posteriormente y aun así, infectado por la religiosidad y por el cristianismo.
Así lo reconoce el honesto anarquista francés al citar una serie de personajes cuestionados/condenados por ateos, pero que no lo eran. Como señala Onfray, lo que ocurrió con esos personajes es que se colocaron fuera de la ortodoxia judía o cristiana, pero no era posible condenarlos por ello, sí como ateos.
“Spinoza, panteísta también él –y poseedor de una inteligencia sin par– fue condenado igualmente por ateísmo…” (pág. 49). Sin embargo, pregunta y contesta Onfray “¿Dónde está el ateísmo de Spinoza? En ninguna parte. Es inútil buscar en su obra completa una sola frase que afirme la inexistencia de Dios”. Niega aspectos doctrinales, como la inmortalidad del alma, pero eso no lo hace ateo.
Sorprende para legos la referencia a Ludwig Feuerbach, a quien considera “un pilar formidable” para la construcción de una ateología, pero que de Dios “No niega su existencia; hace la disección de la quimera. No se trata de decir Dios no existe, sino ¿qué es ese Dios en el que cree la mayoría? Y de responder a una ficción, una creación de los hombres… los hombres crean a Dios a su imagen inversa” (pág. 57).
No rendir pleitesía a los dioses locales













