De Platón y de altermundialistas…

Fragmento de una entrevista a Clément Rosset, filósofo francés:

«…“Rechazar la realidad da origen a espejismos de todo tipo: futuros luminosos y apocalipsis redentores”…

Como lo hicieron antes otros célebres escépticos -Montaigne, Spinoza y Schopenhauer-, Rosset recuerda que la realidad no tiene “afueras”; que nadie puede ser salvado por el más allá; que la realidad es lo que es -ni doble, ni bella, ni fea- y no es otra cosa…

-¿Se podría decir que usted es el filósofo de una sola idea?

-¡Sería incluso un elogio! Pero, atención: esa «idea única» no es sinónimo de «pensamiento único». Se trata más bien de una idea que las contiene a todas, una idea hospitalaria, que describe un vicio inherente a la condición humana: para escapar al sentimiento de la muerte, los hombres miran hacia otro lado y prefieren escapar de lo que es para adorar lo que no es.

-¿Es eso lo que usted llama «doble»?

-El «doble», como la moral, es una forma de negar la realidad o de negar lo trágico. Son dos aspectos de un mismo problema. El «doble» es la ilusión. Cada vez que la realidad es incómoda o insoportable, el hombre pone en marcha su imaginación, extraordinariamente fértil, que le permite crear un «doble». Esa suerte de espejismo esconde lo que la realidad tiene de intolerable, de crudo. La moral fue siempre una forma de decir lo que debe ser y, sobre todo, de burlarse de lo que es. Ese «doble» adquiere todas las formas imaginables: desde la del amante engañado que se persuade de que su pareja es casta, pasando por el metafísico que demuestra que la verdad está siempre «más allá», hasta el altermundialista para quien «otro mundo es posible».

-En otras palabras, Platón y los altermundialistas vienen a ser lo mismo.

-La misma locura. Platón pasaba el tiempo preguntándose cómo salir de su tiempo para entrar en la eternidad. Pasó su vida dudando de que había una vida antes de la muerte. Es evidente que la metafísica platónica, dictada por la aversión al único mundo del que disponemos, ese mundo en constante movimiento, que nos expone tanto a la muerte, a la incertidumbre, a la pérdida como al deseo, coincide con el altermundialismo que, mezclando la exigencia y la radicalización, intenta cambiar «de» mundo, más que cambiar «el» mundo. Sin embargo, no es arrancando plantas de maíz transgénico que se construye otro mundo. No es invocando mañanas luminosos que se hace menos difícil lo cotidiano. El genio del pensamiento de Occidente comparte con ellos la misma negación de la realidad en beneficio de un ideal fatalmente imaginario.

-¿Por qué fatalmente?

Cioran decía «denme otro mundo porque me ahogo». El altermundialista también se asfixiaría en ese otro mundo que no cesa de invocar. Si ese ideal (el otro mundo) llegara a existir, los idealistas le reprocharían de inmediato haberse desnaturalizado, haberse transformado en su propia caricatura. El fracaso del comunismo no se debe tanto a una mala interpretación de los textos de Marx como a la inevitable corrupción de toda utopía a partir del momento en que pretende materializarse. Se puede tratar, pero nunca funcionará. El ideal debe, por definición, permanecer fuera de alcance, a riesgo de no ser más que realidad. Es lo que explica por qué toda doctrina que persigue la salvación incluye, como condición paradójica de su eficacia, la idea de que esa salvación debe no llegar nunca. Así lo muestra, en particular, la llegada del Mesías en la religión judía.

-En otras palabras, el ideal no existe ni aquí ni en el más allá.

Si el ideal no existe en esta vida, no tiene por qué existir en el más allá. Si las apariencias nos engañan, no quiere decir que disimulan la verdad. El problema es que no todos somos capaces de admitir que el mundo es sólo lo que es.

-¿Usted quiere decir que el deseo de ese «otro mundo» no proviene del deseo de otra cosa, sino del rechazo de la realidad?

-Exacto. ¿Querer otro mundo? Pero ¿cuál? Ese tipo de idea fija es siempre algo vago. En los militantes, el objetivo perseguido desaparece detrás de la voluntad de tener un objetivo.

-Moraleja.

-La realidad es tolerable sólo en la medida en que consigue hacerse olvidar. Es inútil llorar la pérdida del tiempo pasado o esperar el retorno de una sociedad sin clases. La realidad nunca volverá, porque siempre estuvo aquí.

-Pero, entonces, ¿para qué oponerse y tratar de cambiar las cosas?

-Todo depende. Tomemos dos ejemplos recientes: el «no» a la Constitución europea y el «no» al contrato de primer empleo (CPE) francés. En ambos casos, se trató de un combate desigual entre la razón y la demagogia, sin ninguna propuesta seria de cambio. En esos casos, la demagogia siempre gana: es fácil obtener la adhesión de la mayoría cuando uno se limita a oponerse. Sin embargo, vale más -y requiere más coraje- mejorar el mundo que tirarlo, completo, a la basura. Si el «no», en esos dos casos, hubiese sido algo más que la expresión del rechazo radical e inconsecuente de la realidad, los que votaron o se manifestaron por el «no» se sorprenderían al comprobar que su victoria no mejoró en nada la situación de la gente que sufre ni aumentó la soberanía de Francia en Europa ni resolvió el problema de la precariedad de los jóvenes marginados. El objetivo no era cambiar algo en la sociedad, sino cambiar todo de golpe o no cambiar absolutamente nada, que es exactamente lo mismo. La realidad es una trampa que siempre se anuncia, nunca toma a nadie por sorpresa, pero desconcierta a la humanidad por su intolerable simplicidad. Toda realidad es necesariamente banal.

-Esa visión trágica de la existencia ¿es capaz de atizar el amor por la existencia?

-Así es. Porque esa visión trágica es lucidez. De ese modo, es capaz de constatar -y es en esto que consiste la alegría- que la vida de los hombres resiste, a pesar de todo, a las infinitas razones de hallarla ridícula, miserable o absurda.Yo diría que vivir es ya en sí una alegría; que la alegría de vivir es la suma de las alegrías de la vida; que querer escapar a la realidad es arriesgarse a toparse con lo peor; que el deseo nunca cumple sus promesas; que la ignorancia de lo que pueden los hombres es la causa de sus miserias; que el deseo es penoso y su realización aún más penosa; que la desilusión engendra serenidad; que, esencialmente, la realidad no se modifica en profundidad. Cuando se sabe todo esto, es posible alcanzar una sabiduría que puede ser formulada de esa manera: alegrémonos, porque lo peor es inevitable.

-Decir que las religiones son producto de ese «doble», es decir, que Dios no existe.

-Como diría David Hume, sería presuntuoso decir que no existe y también lo sería decir que existe, ¿cómo saberlo?

-¿Usted qué cree? …

– Je m´en fous ! (Me importa un bledo)

Entrevistado por Luisa Corradini
Para LA NACION
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Autor: AcuarelaDePalabras

Lecturas entre amigos...

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