5 Comments »

  1. 1
    Acuarela Says:

    Otras “Reglas para aprender a discutir” que encontré -Google de por mediio- en un blog llamado http://ideasvida.wordpress.com/ y de un libro de alguien llamado Tomás Melendo que por lo que vi en la web escribe libros de autoayuda:

    “1. Estudiar los problemas mas que discutir sobre ellos. De la discusión no puede salir la luz porque la apaga el apasionamiento.
    2. Pedir sinceramente al otro que nos explique su pensamiento. Nos sitúa en una condición óptima para contrastar objetivamente su deseo de fondo y provoca en el otro la actitud de apertura.
    3. Cambiar uno mismo como invitación para que el otro modifique su conducta. El principio es el siguiente: si quieres cambiar al otro, cambia tu primero en algo. Siempre existe algo en el tono de la voz, en el modo de recriminar, en el de presentar el problema, en el que uno puede mejorar. Basta que lo hagamos para que la otra persona también adopte esa actitud de inmediato y cambie. Ahora bien, sería exagerado pretender que desde ese momento no caiga más en el defecto admitido, basta que luche. Lo importante es que cada uno reconozca las propias deficiencias.
    4. De nuevo el olvido de si mismo y la aceptación del otro. Si la discusión es con nuestro cónyuge, lo mas importante es el cariño, la comprensión honda y esforzada, la aceptación radical del modo de ser de nuestra pareja, y la falta de apego a nuestro yo.
    5. No eludas la discusión por encima de todo, ni la cortes saliendo ostentosamente de la escena, cuando temes estar equivocado. Y si hubieses obrado así ten la honradez de volver, pasado el momento del enfado, y replantear el asunto hasta alcanzar el acuerdo deseable.
    6. Ten la disposición habitual de reconocer tus defectos y errores y amar e incluso llegar a “sentir ternura” por los de la otra persona.
    7. Si adviertes que has dicho algo no objetivo o injusto, retíralo de inmediato lealmente, pidiendo perdón si es necesario (es decir: casi siempre).
    8. Evita agresivas y descalificadoras ofensas personales y actitudes irónicas o despreciativas.
    9. Presta atención para no proyectar inconscientemente en el otro la razón de tu mal humor. Mas vale desaparecer de la escena por un tiempo que descargar sobre el otro una tensión de la que no tiene responsabilidad.
    10. No levantes actas de las culpas de tu cónyuge o de con quien estés discutiendo, ni te empeñes en seguir echándole en cara otras cosas ya pasadas: menos cuanto mas graves o dolorosas hayan podido ser. Intenta vivir en el presente y mirar hacia adelante.
    11. Esfuérzate por comprender, si es el caso, que la rabieta del otro está surgiendo de una momentánea necesidad de desahogo.
    12. Permite al otro llegar hasta el final en la exposición de su malestar, intentando por todos los medios comprender su punto de vista, a menudo le bastará esa posibilidad amable de desfogue para calmarse en un 50%.
    13. Procura exponer tus razones de forma clara y breve, con la máxima calma posible y, si eres capaz, con un tanto de humor (que equivale a saber reírte de ti mismo, a no tomarte demasiado en serio) pero jamás con ironía.
    14. Consigue, como ya se ha sugerido, que incluso las discusiones mas violentas acaben con un gesto de reconciliación.
    15. Recuerden que quien responde al desprecio o al odio con el amor, siempre vence.” Tomás Melendo

  2. 2
    acuarela Says:

    Otro artículo sobre el discutir:

    Una discusión nunca debe ser una guerra, de la Revista Consumer

    “Discutir bien no es tan difícil

    El respeto hacia los demás es imprescindible, pero lo es también el respeto hacia nosotros mismos: quien al hablar obvia sistemáticamente lo que siente y no atiende a sus sentimientos o emociones, deja de respetarse.

    Nuestra posición de “no quiero que me cambies” nos obliga a aceptar la de “no quiero cambiarte”. Desde aquí estableceremos una relación enriquecedora y basada en la realidad.

    Los peores hábitos para unas relaciones enriquecedoras y satisfactorias son: la intransigencia, el llevar las cosas a los extremos, el maniqueismo, la visceralidad, el dramatismo, primar los aspectos negativos, y, sobre todo, querer ganar siempre, tener siempre la razón.

    Discutir sin irritarnos nos evita malos ratos (la discusión no me desquicia ni me hace sufrir, vivo las emociones de forma controlada y serena) y favorece la relación social.

    Al final, hay que convivir. Necesitamos de la convivencia, también en un espacio de diferencias de opinión, de sentimientos y de posicionamientos ante la vida. Es más lo que nos une que lo que nos separa.

    No hay fatalismo que valga. Podemos cambiar, y mejorar mucho como personas. Somos inteligentes y capaces de evolucionar, de aprender nuevas formas de estar y de ser. No sirven posturas como “cada uno es como es”, o “eso va con el carácter”.

    Utilicemos nuestra capacidad de pensar, disciplinándonos en nuestra forma de interpretar la realidad. Una discusión es una confrontación de pareceres, no una guerra. Si el otro me ataca, estará emocionalmente mal para necesitar hacerme daño.

    Todos nos comportamos en función de las circunstancias, intentemos comprender las que rodean al otro. Y también las que nos condicionan a nosotros.

    Usemos nuestros recursos corporales: en las discusiones, no aparquemos el cuerpo, nos puede ayudar a procesar las emociones. Respiremos profundamente antes, durante y después de la confrontación. Relajémonos muscular y mentalmente. Todo esto ayuda a que el cuerpo sea un aliado y el inductor de reacciones emocionales proporcionadas.” Revista Consumer

  3. 3
    acuarela Says:

    Y me gustó este artículo de Pagina12, de septiembre de 2003:

    “Discutir. Por Daniel Link

    De los placeres del discurso ninguno es más intenso, seguramente, que el de discutir. Discurrir, exponer, en fin, puede salir bien o mal, pero es poco lo que uno arriesga en ese envite. En cambio, al discutir, la vida entera (la que hemos vivido, la que desearíamos haber vivido) se nos presenta como la masilla lábil a partir de la cual puede formarse la carta de triunfo que decida la batalla. Ganar una discusión es tener la última palabra, no importa cuán falaces sean los argumentos que uno quiera o pueda esgrimir. El placer de ganar una discusión es un placer de un orden terminante: la palabra postrera, y después el silencio. Una aniquilación de sí y del otro. Quien ha ganado muchas discusiones conoce el sabor amargo de esos triunfos de segunda mano, arrancados a fuerza de hastío o incapacidad.

    Nada de eso es lo que implica el placer de discutir, que es como una linterna mágica, una calesita argumentativa, puro fuegos de artificio: la dicha de ponerse en juego, de encontrar siempre un pliegue más para torcer los argumentos del otro, pero también los propios. Mientras haya discusión habrá escena (el “teatro de la vida”). Ganar una discusión es condenarse al resentimiento o el odio del humillado.

    Mejor sería perder siempre las discusiones, pero perderlas épicamente, después de haber hecho una ascesis total, una metamorfosis, una transformación que nos ponga del otro lado de una puerta que no sabíamos siquiera que existía. Discutir, sí, pero no para ser uno mismo, sino para transformarse en otro o en cualquiera.

    Al discutir lo que importa no es la verdad, sino la fuerza. Y no la fuerza para cancelar la voz del otro, sino la fuerza para convocar los espectros de aquellos que, sin que lo sepamos, nos habitan. Discutimos para que los otros nos prueben la endeblez de aquello que pensamos. Se discute para aprender, para ponerse a prueba.”Daniel Link

  4. 4
    tahacho quiroz Says:

    me gusto leer este articulo, me gustaria saber mas sobre esto

  5. 5
    Anónimo Says:

    Daniel dijo. Esta bien debemos tratar de cada día ser felices con lo que dios pone en nuestras manos. Pero la única formas de ser felices es conociendo a Jesucristo, el dará sentido a nuestras vidas.


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