Hermanos mayores, hermanos menores

Sobre primogénitos, benjamines, héroes y herederos…

Por Luis Kancyper*, para P12–Psicología, 09.01.2011

“¿Ya salió el hermanito?”

2hermanitos“El complejo fraterno es un conjunto organizado de deseos hostiles y amorosos que el niño experimenta respecto de sus hermanos. Este complejo no puede reducirse a una situación real, a la influencia ejercida por la presencia de los hermanos en la realidad externa, porque trasciende lo vivido individual. También el hijo único requiere, como todo ser humano, asumir y tramitar los efectos generados por la forma singular en que este complejo se construye en cada sujeto.

La función sustitutiva del complejo fraterno se presenta como una alternativa para reemplazar y compensar funciones parentales fallidas. Freud la describe en Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916): “El chico puede tomar a la hermana como objeto de amor en sustitución de la madre, infiel”; “Una niñita encuentra en el hermano mayor un sustituto del padre, quien ya no se ocupa de ella con la ternura de los primeros años, o toma a un hermanito menor como sustituto del bebé que en vano deseó del padre”; “Entre varios hermanos que compiten por una hermanita más pequeña ya se presentan las situaciones de rivalidad hostil que cobrarán significación más tarde en la vida”. La sustitución puede también operar como función elaborativa del complejo de Edipo y del narcisismo y, por otro lado, como función defensiva de angustias y sentimientos hostiles relacionados con los progenitores pero desplazados sobre los hermanos.

La función defensiva del complejo fraterno se manifiesta cuando éste encubre situaciones conflictivas no resueltas. En muchos casos sirve para eludir y desmentir la confrontación generacional, así como para obturar las angustias. Con mucha frecuencia, los mismos padres provocan falsos enlaces entre los complejos paterno, materno y parental y el complejo fraterno y promueven competencias hostiles entre los hijos: dividen para reinar. De ese modo, interceptan entre la posibilidad de construir lazos solidarios de confraternidad entre los hermanos, para fundar entre ellos un poder horizontal que contraste y confronte precisamente el abuso del poder vertical detentado por los padres en la dinámica familiar. Los falsos enlaces originan múltiples malentendidos, que se presentifican también en la mitología y en la literatura; por ejemplo, en la obra teatral El malentendido, de Albert Camus.

El complejo fraterno ejerce una función elaborativa fundamental en la vida psíquica. Así como el complejo de Edipo pone límite a la ilusión de omnipotencia del narcisismo, el complejo fraterno participa en el desasimiento del poder vertical detentado por las figuras edípicas y establece otro límite a las creencias narcisistas relacionadas con las fantasías del “unicato”. El sujeto fijado a traumas fraternos permanece en una atormentada rivalidad con sus semejantes, que puede llegar a cristalizarse en la repetición tanática de “los que fracasan al triunfar”. En esta conducta no sólo actúan las culpas edípicas no elaboradas, sino también las culpas fraternas y narcisistas, con su necesidad de castigo consciente e inconsciente.

3hermanitosEl complejo fraterno posee un papel estructurante y fundador en la vida anímica del individuo, de los pueblos y de la cultura, a través de la génesis y mantenimiento de los procesos identificatorios en el yo y en los grupos, en la constitución del superyó e ideal del yo y en la elección del objeto de amor.

En el historial clínico “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”, Freud revela la importancia que ejerce la rivalidad fraterna en la determinación de la elección de objeto sexual y en el ámbito de la elección vocacional. Describe el “hacerse a un lado” como la manifestación de una rivalidad eludida, que se relaciona con la dinámica paradójica del doble, maravilloso y ominoso, resignificado a través del hermano.

Dice allí Freud: “Como hasta ahora ese ‘hacerse a un lado’ no se había señalado entre las causas de la homosexualidad, ni tampoco con relación al mecanismo de la fijación libidinal, quiero traer a colación aquí una observación analítica similar, interesante por una circunstancia particular. Conocí cierta vez a dos hermanos mellizos, dotados ambos de fuertes impulsos libidinosos. Uno de ellos tenía mucha suerte con las mujeres y mantenía innumerables relaciones con señoras y señoritas. El otro siguió al comienzo el mismo camino, pero después se le hizo desagradable cazar en el coto ajeno y ser confundido con aquél en ocasiones íntimas en razón de su parecido; resolvió la dificultad convirtiéndose en homosexual. Abandonó las mujeres a su hermano, y así ‘se hizo a un lado’ con respecto a él.   Otra vez traté a un hombre joven, artista y de disposición inequívocamente bisexual, en quien la homosexualidad se presentó contemporánea a una perturbación en su trabajo. Huyó al mismo tiempo de las mujeres y de su obra. El análisis, que pudo devolverle ambas, reveló que el motivo más poderoso de las dos perturbaciones –renuncia en verdad– era el horror al padre. Esta clase de motivación de la elección homosexual de objeto tiene que ser frecuente; en las épocas primordiales del ser humano fue realmente así: todas las mujeres pertenecían al padre y al jefe de la horda primordial”.

Continúa Freud: “En hermanos mellizos, ese ‘hacerse a un lado’ desempeña un importante papel también en otros ámbitos, no sólo en la elección amorosa. Por ejemplo, si el hermano mayor cultiva la música y goza de reconocimiento, el menor, musicalmente más dotado, pronto interrumpe sus estudios musicales, a pesar de que desea dedicarse a ello, y es imposible moverlo a tocar un instrumento. No es más que un ejemplo de un hecho común y la indagación de los motivos que llevan a hacerse a un lado, en lugar de aceptar la competencia, descubre condiciones psíquicas muy complejas”.

En el “hacerse a un lado”, se reavivan entre los hermanos fantasías fratricidas, de excomulgación y de gemelidad. Fantasía esta última en la cual existe un solo tiempo, un solo espacio y una sola posibilidad para dos. Se instala así una relación donde un hermano ejerce un excesivo control y un poder de sumisión obsesivo y perverso sobre el otro. Al satisfacer sobre éste sus mociones agresivas se genera entre ambos un campo perverso en el que se reactivan las rivalidades edípicas pero también las fraternas, que no se trasponen entre sí. En cada una intervienen diferentes angustias, sentimientos de culpabilidad y fantasías, que suelen desplegarse, en ambos hermanos, bajo formas de protesta fraterna manifiestas y latentes.

En la protesta fraterna, uno de los hermanos manifiesta una agresión franca y un rechazo indignado hacia otro que, según él, ostenta un lugar favorecido e injusto. No oculta su hostilidad porque, desde la lógica de su narcisismo, la presencia del otro es vivida como la de un rival e intruso que atenta contra la legitimidad de sus derechos y a la vez resignifica el homo homini lupus (“hombre, lobo para el hombre”) que subyace en la vida anímica.

En las protestas fraternas circula una amplia gama de afectos, fantasías y poderes hostiles, no sólo desde el hermano mayor hacia el menor, ya que también éste acumula, en el tesoro mnémico de sus afectos, una intensa rivalidad hacia el primogénito, originada por la relación de dominio durante el período infantil entre ellos y por los sentimientos de culpa suscitados a partir de los pactos secretos que cada hijo establece con una o con ambas figuras parentales. Cada hermano, desde su diferente lugar en el orden de nacimiento, porta diversas protestas fraternas.

Recuerdo el reclamo de un analizante que ocupaba el lugar “hilvanado” del hermano menor en la constelación familiar: “Mi madre decía: ‘Al primero se lo borda, al segundo se lo cose y al tercero se lo hilvana’”.

En la observación de niños en la vida cotidiana se comprueba que el anuncio del nacimiento de un hermano provoca una súbita, revulsiva herida narcisista, acompañada de encarnizadas protestas y rivalidades. Una niña de cinco años le advertía a su hermanita de dos, inmediatamente después de que la madre les había anunciado la llegada de una nueva hermanita: “Yo voy a ser siempre la más grande, pero vos ya no vas a ser la más chiquita”.

Una madre les anunció, a su hijo de ocho años y su hijita de dos y medio, que estaba embarazada de un nuevo hermanito. El hijo mayor exclamó con alegría: “¡Qué suerte! Voy a tener un hermano para jugar a la pelota”, mientras que la pequeña bajó su mirada y enmudeció. La madre dudó si la nena había comprendido: “¿Escuchaste bien lo que les dije? A ver, ¿qué tiene mamá en la panza?”. La niña, con voz grave, respondió: “Un tonto”. Después, cuando fueron a la clínica a ver al hermano recién nacido, la niña se acercó a su madre y le murmuró al oído: “¿Ya salió el hermanito? ¿Después lo ponemos adentro de vuelta?”.

Partido único

“La protesta fraterna se origina en el sujeto porque la presencia del otro quiebra una creencia narcisista, inconsciente, escenificada en la que denomino(?) fantasía del unicato. El historiador José Luis Romero (Las ideas políticas en la Argentina, Fondo de Cultura Económica) define así el unicato: “Es una denominación acuñada a fines del siglo XIX, aplicada al gobierno de un solo partido reaccionario y corrupto. El eje de ese sistema político era una concepción absolutista de un poder ejecutivo unipersonal que inutilizaba y avasallaba a los demás, impidiendo el establecimiento de una oposición organizada”.

Con insólita frecuencia hallamos que el deseo de permanecer en el lugar del unicato se ha conservado en lo inconsciente y, desde la represión, despliega sus efectos. Esta fantasía se edifica, como el yo ideal mismo –que es un cultivo puro de narcisismo–, sobre la base de desmentidas.

Frente a la muerte eleva su pretensión de inmortalidad; frente a las angustias del mundo y sus contingencias, se aferra a su invulnerabilidad: él, en sí y por sí, es digno del amor, del reconocimiento y de un poder ilimitado e inquebrantable.”

Posiciones en la serie de hijos. El heredero y el héroe

El orden del nacimiento de los hijos interviene, bajo la forma de “protesta fraterna”, como fuerza impulsora en la formación de carácter y de la neurosis, y en la génesis y dinamismo de los procesos de identificación y sublimación. En Conferencias de introducción al psicoanálisis, Freud advirtió que “la posición del niño dentro de la serie de los hijos es un factor relevante para la conformación de su vida ulterior, y siempre es preciso tomarla en cuenta en la descripción de una vida”. Con notoria frecuencia, suele ser el hermano menor el que intenta descubrir, conquistar y cultivar los nuevos territorios, mientras que el mayor suele asumirse como el epígono de la generación precedente, sobrellevando el ambivalente peso de actuar como el continuador y el defensor que sella la inmortalidad de sus predecesores.

El hijo mayor suele ser identificado, desde el proyecto parental, como el destinado a ocupar el lugar de la prolongación y fusión con la identidad del padre. Esta identificación es inmediata, directa y especular. Además, este topos identificatorio puede ser reforzado por el propio hermano mayor, interceptando en el menor el acceso identificatorio a las figuras parentales. Se evidencia en aquél un recelo, en cuanto a no ser cuestionado en su exclusivo lugar como el supuesto único y privilegiado heredero ante los subsiguientes hermanos usurpadores.

El hijo mayor puede estar programado como el que llega al mundo para restañar las heridas narcisistas del padre y para completarlo, y el menor, para nivelar la homeostasis del sistema narcisista materno. La experiencia psicoanalítica nos enseña que la rígida división del “botín de los hijos”, ofrendados como meros objetos para regular la estabilidad psíquica de la pareja parental, es punto de severas perturbaciones en la plasmación de la identidad sexual y en el despliegue de los procesos sublimatorios en cada uno y entre los hermanos.

El hermano menor exige un recorrido identificatorio más complicado para el logro de su identidad sexual, porque por un lado permanece excluido de un disponible lugar identificatorio con los progenitores –circuito ya ocupado y vigilado por el otro– y suele llegar, por un rodeo, a la búsqueda de nuevas alternativas exogámicas y lo más alejadas del territorio de la economía libidinal familiar, en la que el hermano mayor permanece investido como el legítimo heredero, o el reconocido doble, a través del mayorazgo.

Este recorrido identificatorio genera un trabajo psíquico adicional en el hermano menor, acrecentándose su bisexualidad, que puede llegar a sublimarse, propiciando la creatividad: camino intrincado para la plasmación de la identidad sexual, pero también propiciador de búsquedas y de nuevas incursiones en territorios desconocidos. El hermano menor suele estar eximido de ser el portador y garante responsable de la tradición familiar imperante. Mientras que él suele ser el cuestionador y el creador, el primogénito es el epígono y el conservador.

En Psicoanálisis de las masas y análisis del yo, Freud pone de manifiesto, a partir del mito de la horda primitiva y de cuentos populares, la hazaña heroica asumida por el hijo menor para separarse de la masa.

“El antecedente del héroe fue ofrecido, probablemente, por el hijo menor, el preferido de la madre, a quien ella había protegido de los celos paternos. (…) Como lo ha observado Rank, el cuento tradicional conserva nítidas huellas de los hechos que así eran desmentidos. En efecto, en ellos frecuentemente el héroe, que debe resolver una tarea difícil –casi siempre se trata del hijo menor, y no rara vez de aquel que ha pasado por tonto, vale decir por inofensivo, ante el subrogado del padre–, sólo puede hacerlo auxiliado por una cuadrilla de animales pequeños (abejas, hormigas). Estos serían los hermanos de la horda primordial, de igual modo como en el sueño insectos, sabandijas, significan los hermanos y hermanas (en sentido peyorativo: como niños pequeños). Además, en cada una de las tareas que se consignan en el mito y los cuentos tradicionales, se discierne con facilidad un sustituto de la hazaña heroica.”

Freud subraya la importancia ejercida por la complacencia materna en la plasmación de la fantasía épica y parricida en el hijo menor. Entre el padre y el primogénito, en cambio, se establece preferentemente un contrato narcisista, en el que prevalecen fantasías de fusión y de especularidad, signadas por la ambivalencia entre mortalidad e inmortalidad.

Estas fantasías se tornan audibles en los mandatos impuestos por el tirano Creón a su hijo Hemón, en Antígona de Sófocles: “Así, hijo mío, conviene guardar en el corazón, ante todo y sobre todo, los principios que un padre formula. Porque ésta es la razón de que los padres ansíen tener en su hogar hijos totalmente sumisos, esos hijos que ellos engendran. De este modo, para sus enemigos son tremendos vengadores; para los amigos de su padre, son tan amigos como él. Ay de aquel que engendró hijos sin provecho. Dime, hijo mío, ¿qué logra si no crearse a sí mismo infortunios y a sus enemigos fuente de desprecio?”.

El primogénito es el primer heredero que anuncia la muerte a su progenitor; sobrelleva una mayor ambivalencia y rivalidad por parte del padre. Este suele negarlas a través de la formación reactiva del control y cuidados excesivos sobre el hijo, llegando al extremo de estructurar entre ambos una simbiosis padre-hijo. Ambos se alienan en una recíproca captura imaginaria. A este vínculo lo he denominado relación centáurica, en la cual el padre representa la cabeza de un ser fabuloso y el hijo el cuerpo que lo continúa, completándolo.

Las frecuentes identificaciones narcisistas que suelen recaer sobre el primogénito tienen un aspecto defensivo para el padre: sirven para sofocar un abanico de afectos que abarca, además de las angustias y los sentimientos de culpabilidad inconscientes y conscientes, afectos hostiles tales como odio, celos, resentimiento y envidia ante la presencia del primer hijo, que llega como intruso y rival. Además, el establecimiento de las relaciones narcisistas parento-filiales desmiente la diferencia entre las generaciones y paraliza el acto de la confrontación generacional: así el padre intenta perpetuarse en la hegemonía del ejercicio de un poder atemporal sobre el hijo, y se rehúsa a confirmarlo como su sucesor y como su natural heredero, aquel que finalmente llegará a suplantarlo.”

* Miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Leído en: Página12–Psicología-Dom 09/01/2010

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