En memoria de una niña (en un libro de Lin Yutang)

A propósito del Día de Difuntos…

encabezamiento,

Oración de sacrificio a Ah Chen, por Shen Chunlieh (?-1624)*

“El 23 de diciembre de 1619, la hija mayor de Shen Chunlieh, Ah Chen, murió de una viruela que no se manifestó y fue sepultada en los túmulos del norte. Su madre, Madama Po, recitaba diariamente por la muerta sutras budistas y pedía que se escribiera una oración de sacrificio, pero él no tenía valor para tomar la pluma y hacerlo.

A los veintiún días de la muerte, Shen Chunlieh preparó un sacrificio de alimentos y compuso una oración para llorar por la niña. Esta oración fue quemada en el escenario de los juegos infantiles y es como sigue:

!Ay de mí! Grande es mi dolor! Te llamas Ah Chen, que se escribe con los componentes Ping y Chen, porque naciste en el año Pingchen (1616). Cuando naciste, yo no estaba contento, porque era un hombre de más de treinta y tú no eras niño, sino niña. Pero ya eras adorable antes de que cumplieras el año.

Cuando se te miraba y se te hacía un gesto, abrías la boca y te reías. Durante este tiempo Chouma (la amah o niñera) cuidaba de tí; se despertaba diez veces a la noche y nunca se quitó el cinto para acostarse. Cuando tenías hambre, buscabas la leche de tu madre y, una vez ahita, te ibas a la cama con Chouma. Y Chouma tuvo muchos disgustos a causa de ti. Iba de un lugar húmedo a un lugar seco y se tomaba muchos trabajos para aliviarte cualquier leve padecimiento. Si te dedicaba demasiada atención, tu madre le reñía y, si te didicaba demasiado poca, tú llorabas.

El último año tuve mala suerte. A causa de los exámenes, yo debí separarme de ti. Fracasé en los exámenes y Chouma murió. Cuando regresé, me tiraste de las mangas y me pediste juguetes. Contigo a mi lado, me sentí aliviado. Te salieron más dientes y día a día eras más buena. Nos llamabas “Papá” y “Mamá” y tu pronunciación era perfecta. Muchas veces llamabas a la puerta y yo preguntaba: “¿Quién es?”

Cuando vino mi sobrino, lo llamaste Koko (hermano mayor). Te quitó los juguetes por broma y tú huiste protestando. Cuando vino tu tío materno, le tiraste de la túnica. Gritabas Mamá y te reías con voz argentina. Cuando vino tu tío paterno, jugaste a ser la dueña de casa. Levantaste la copa, dijiste “Ching” y todos nos reímos mucho. Tu abuelo se fue al campo y tú misma te fuiste a Soochow. Llevabas un año sin verlo y te prguntamos si conocías al abuelo. Tú dijiste: “Sí, gorro blanco y blanca barba.” Nunca habías visto al abuelo materno y, cuando te preguntamos ¿De dónde viene este invitado?, dijiste “Pekín!”. Tu abuela materna te quería mucho y te consideraba suya. Te llevó varias veces a Soochow con ella. Pedías juguetes a medianoche y fruta al amanecer. Tus propios padres te pedían que volvieras a casa, pero tú te negaba diciendo: “Abuela cuidará de mí.”

Este año, en junio, tuviste diviesos y yo fui especialmente a Soochow para traerte a casa. Toqué tus sitios afectados y tu rostro reflejó dolor. Pero no lloraste, pensando que no estaba bien. Cada vez que tomabas una fruta o un dulce, nos mirabas y, si nuestros rostros no aprobaban, no te los llevabas a la boca. A veces, tocabas cosas y accidentalmente las estropeabas, pero bastaba mirarte para que retiraras la mano. Tu mamá era demasiado severa contigo y te reñía con frecuencia, por miedo a que tuvieras tales hábitos cuando fueras mayor. Yo no estaba de acuerdo y le decía en privado: “Deja a la niña en paz ¿Qué puede saber a tan temprana edad?”

Cuando estabas en Soochow, y mamá y yo nos disponíamos a regresar a casa, te preguntamos si ibas a venir con nosotros o quedarte. Tu corazón estaba a dos lados y vacilaste en contestar. Por fin viniste a casa y nos pusimos muy contentos. Te dedicamos mimos e hicimos muecas para que te rieras. Tú llevabas una cesta de juguete con dátiles y te sentaste en un pequeño taburete para formar tus gachas. Repetías el Gran Saber y hacías reverencias a Buda. Jugabas a las adivinanzas y corrías por toda la casa. Batías palmas y te juzgabas muy lista.

Pero, antes de que transcurriera una quincena, llegó el día de tu muerte. ¿Fue la voluntad del Cielo o fue tu destino? Ni las hadas lo saben. Antes que murieras, llamamos a un médico. Algunos dijeron que fue un frío, otros que fue la viruela. No pudo ser un frío y pudo ser la viruela, pero todavía nos preguntamos de qué moriste. Sabías hablar muy bien, pero estabas callada entonces. Sólo jadeabas y nos mirabas. Lloramos a tu lado y tú también lloraste.

!Ay de mí! Grande es mi dolor! De acuerdo con las convenciones, no hay por qué llorar la muerte de una hija. De acuerdo con mi edad, estoy en la flor de la vida y soy pobre y solo.  Eras muy inteligente y yo estaba contento contigo, aunque eras niña. Pero ¿cómo podía saberse que los dioses iban a ser tan crueles conmigo? Diez días antes que tú, Ah Shun murió del mismo mal en tres días. La conoces bien y, ahora que no tienes ahí compañía, no te separes de tu hermana. Tú puedes ya caminar, pero ella apenas puede mantenerse de pie. Llévala de la mano, andad juntas, sed buenas la una con la otra y no os peléis nunca. Si encontráis a vuestra amah Chouma, podéis decirle: “Papá tenía una esposa que se llamaba Ku y una mamá que se llamaba Min.” Pedidle que os lleve junto a ellas, pues ellas cuidarán de vosotras. Podéis quedaos ahí por ahora, cerca de Ku. Tu hermana es pequeña y tú debes llevarla. Tú también eres pequeña y Ku os protegerá. Más adelante, encontraré una tierra propicia y os enterraré a las tres en la misma sepultura.

Estoy pensando en ti ahora y es difícil olvidarte. Si oyes mi oración, ven a visitarme en mis sueños. Si el destino decreta que debes vivir todavía una vida terrenal, vuelve a las entrañas de tu mamá. Estoy ofreciendo sacrificios y oraciones budistas, tengo aquí una sopa para ti y quemo moneda de papel para que tú la uses. Cuando veas al Juez del Averno, junta tus manos y suplícale: “Soy muy niña, soy inocente, nací en una familia pobre y me contentaba con poca comida. Nunca desperdicié un grano de arroz. Nunca fui intencionalmente descuidada con mis prendas y mis zapatos. Ordena lo que quieras, pero soy una niñita. Si los malos espíritus quieren hacerme mal, tú puedes protegerme!” Dí simplemente esto, sin llorar ni hacer mucho ruido. Recuerda que estás en otro mundo desconocido y que no es lo mismo que estar en casa con los tuyos. Ahora estoy componiendo esto, pero no sabes todavía cómo leerlo. Sólo gritaré: “Ah Chen, tu padre está aquí!” Sólo puedo clamar por ti y pronunciar tu nombre.”

De: *La importancia de comprender, capítulo El Amor y la Muerte, Lin Yutang

Nota: El mismo Lin Yutang dice de este escrito seleccionado por él para su libro -el cual es una recopilación de escritos de autores chinos de todos los tiempos:  “He aquí una de las cosas más tiernas que he leído, especialmente hacia el final.”

Yo pienso lo mismo. Y me emociono y lloro cada vez que releo estas palabras, de un padre a su hijita fallecida, recordándola en simples escenas familiares y domésticas, y hablándole como si ella se hubiera ido a otro mundo imaginado muy similar al que conocemos adónde aún precisara de sus consejos y orientación paterna.

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Autor: AcuarelaDePalabras

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