La luna en el arte y como símbolo (vía Arte y Símbolos)

28/01/2009  

«¿Qué haces, Luna, en el cielo? Dime, ¿qué haces?…» (Leopoldo Lugones) Mágica, misteriosa, inalcanzable, eterna, la luna es uno de los astros con más significado simbólico junto con el Sol. En muchas culturas antiguas, con él conforma la pareja principal del panteón de divinidades (por ejemplo: Osiris/Isis) y ambos representan un sistema dual de opuestos complementarios: ying/yang, frío/calor, noche/día, etc.

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Stanislaw Maslowski

Asociada a la energía femenina, refiere a las cualidades de pasividad, receptividad, sensibilidad; es dadora y generadora de vida por su vinculación con las aguas primordiales, las lluvias, la fertilidad y la fecundidad; transmite idea de periodicidad, crecimiento y renovación.

Como evocación de la belleza y la luz que aparece en la oscuridad nocturna alude al conocimiento, al pensamiento que clarifica pero obtenido de manera indirecta, por reflejo; es también imagen de lo inconsciente, lo instintivo, lo oculto, los sueños y el más allá.

Por su continuo aparecer y desaparecer, y sus cambios de fases es un profundo símbolo de muerte, renacimiento y transformación, así como también del tiempo que pasa, reflejado en su movimiento cíclico y constante.

Algunas obras que la incluyen: Anthonie Van Borssom Thomas Cole John Atkinson Grimshaw Joseph Heilmair Joseph M. William Turner Stanislaw Maslowski Caspar David Friedrich Eugène Boudin Vincent Van Gogh Peter Severin Kroyer”

Leído enarteysimbolos  Allí podrán admirar dichas obras. La de aquí: Stanislaw Maslowski.

Un viraje decisivo: “viraje cultural” de las ciencias humanas y sociales (via Unesco Courier)

Si andan con tiempo para leer…

Por OLIVER KOZLAREK*

“Dejando de lado la idea de una cultura humanista universal que sería necesario inventar e imponer a otras culturas, las ciencias humanas y sociales empiezan a convencerse de que los valores universales están ya presentes en todas las culturas y también de que en todo el mundo los hombres están padeciendo las mismas experiencias deshumanizantes. Esto debería inducirnos a meditar qué es una vida digna y humana. 

En el decenio de 1960, los movimientos sociales empezaron a cambiar progresivamente de rumbo en todo el mundo. Dejando de lado la búsqueda de soluciones universales, cada vez más asimiladas a apetencias totalitarias, esos movimientos se han ido interesando por el reconocimiento de las diferencias e identidades culturales, étnicas y sexuales.

Las revueltas estudiantiles fueron sin duda alguna la expresión más emblemática de esa profunda reevaluación del papel de la cultura en la vida de los hombres, de la que se hicieron también eco los debates teóricos y los programas políticos a lo largo de los años sesenta y setenta. Al mismo tiempo, los debates intelectuales y científicos se fueron centrando más en la cultura, y así se produjo lo que hoy en día se reconoce ampliamente como un “viraje cultural” de las ciencias humanas y sociales. 1

Ese“viraje cultural” ha consolidado y propagado una serie de valores, como el pluralismo por ejemplo. Asimismo, ha contribuido a reforzar y ampliar la toma de conciencia de la importancia que reviste en el mundo moderno la reflexión sobre la coexistencia de diferentes culturas y modos de vida, evitando la tentación de reducir esa pluralidad a una unidad artificial y abstracta dominada por un solo tipo de intereses. Esto permite vislumbrar el potencial decisivo del “viraje cultural”.

A diferencia de la idea de que todas las culturas humanas están abocadas a una misma finalidad evolutiva –una noción defendida en los primeros decenios de la posguerra por las influyentes teorías de la modernización–, el “viraje cultural” restablece la idea de que los procesos de civilización y cultura, así como sus resultados, no siguen una trayectoria lógica y predeterminada.  Pese a la importancia que haya podido tener ese“viraje cultural”, el culturalismo ha creado un clima de relativismo cultural, peligroso y falaz a la vez. Los errores que se le pueden imputar se han ignorado durante mucho tiempo, a pesar de que son evidentes.

Uno de los más flagrantes es la afirmación de que las distintas culturas son esencialmente inconmensurables e irreconciliables, cuando en realidad comparten numerosas afinidades y similitudes.   La obra del antropólogo alemán Christoph Antweiler 2 nos ofrece una enumeración pasmosa del gran número de “normas, valores e ideales” compartidos por diferentes culturas. Según este investigador, el hecho de que no veamos esas similitudes suele obedecer a que nos negamos a verlas, cuando basta simplemente buscarlas para encontrarlas. Si adoptamos una postura correcta a este respecto –agrega Antweiler– podremos comprobar que la afirmación de los derechos humanos no se da tan sólo en “Occidente”, sino que la encontramos también en el confucianismo, el budismo y el islam. Antweiler sostiene fundamentalmente la idea de que es falso el “choque de las civilizaciones” tal y como lo formuló Samuel Huntington a finales del siglo pasado, esto es, afirmando que ya no son las naciones las que se oponen entre sí, sino las culturas y las religiones. Las ideas de Antweiler parecen haber tocado un punto sensible.

Existen ya algunos síntomas de que el culturalismo pierde su pujanza. Muchos estudiosos están experimentando la necesidad de buscar tendencias normativas comunes a las distintas culturas, no para negar la realidad de las diferencias culturales, sino para oponerse al relativismo cultural.

Lo que cabe preguntarse entonces es con qué identificarnos, en cuanto seres humanos, por encima de las diferencias culturales y nacionales que nos separan.

Muchos tratan de buscar una nueva orientación de carácter más o menos humanista porque, al parecer, consideran que el mero hecho de pertenecer a la especie humana genera una nueva forma de solidaridad mundial. Personalmente no creo que esta humanidad común sea suficiente. Me parece demasiado abstracta.  Por eso, lo que deberíamos hacer es entablar un diálogo entre las culturas y discutir qué significa el hecho de vivir con dignidad la vida humana.

En la cultura y por su intermedio aprendemos a percibirnos en cuanto seres humanos. Estudiando y comparando las distintas culturas podemos captar lo que tienen realmente en común. El “viraje humanista” y el “viraje cultural” deben completarse mutuamente. Esto significa que el humanismo ha de ser intercultural y pasar forzosamente por el diálogo entre las culturas. 

Sacar lecciones de los humanismos tradicionales

Todas las culturas y civilizaciones cuentan con un acervo de tradiciones humanistas. Sin embargo, el “viraje humanista” no implica un retorno a las formas tradicionales del humanismo.

Uno de los problemas planteados por éstas es que se inspiran en experiencias históricas que ya no son las nuestras. El humanismo del Renacimiento europeo, por ejemplo, no se puede disociar de las aspiraciones a desafiar la autoridad de la Iglesia. 

Un segundo problema es la vinculación excesiva que se da entre muchas formas tradicionales del humanismo y el naturalismo. A este respecto, se puede mencionar de nuevo el ejemplo del humanismo del Renacimiento, cuya finalidad era revelar la “naturaleza del hombre” de conformidad con la “naturaleza del universo”. Esta tradición humanista sigue siendo extremadamente vigorosa en diversos cenáculos científicos, en los que se tiende a reducir la condición humana a meros mecanismos biológicos. El nuevo humanismo tendrá que volver la espalda al naturalismo y comprender que es en la cultura y por su intermedio como llegamos a ser hombres. 

No obstante, sería igualmente erróneo suprimir de un revés las formas tradicionales de humanismo que pueden descubrirse en los numerosos legados de las diversas culturas. En ellos se halla la prueba irrefutable de que los seres humanos siempre han compartido, y siguen compartiendo, ideas esenciales sobre el significado mismo de humanidad.

Sin embargo, sacar lecciones de otras tradiciones humanistas no consiste tan sólo en reafirmar lo que ya sabemos.

En su obra dedicada al humanismo en el confucianismo del Asia Oriental, 3 el profesor Chun-chieh Huang explica con vehemencia que el confucianismo del Extremo Oriente busca ante todo una relación armoniosa entre los seres humanos y el mundo sociocultural del que forman parte. Uno no puede dejar de pensar que un sentimiento tan fuerte de la “armonía del mundo” podría ayudarnos a superar las catástrofes ecológicas y sociales que llevan aparejadas la destrucción actual del mundo natural y de nuestros entornos sociales. Todas estas cuestiones han de examinarse con una perspectiva intercultural.

Tengo la convicción de que las ciencias humanas y sociales ofrecen excelentes espacios para cultivar el diálogo intercultural entre las diferentes tradiciones humanistas. 

Una misma experiencia de deshumanización

Una idea, formulada en particular por Erich Fromm, 4 es que podemos llegar a una comprensión humanista a pesar de nuestras diferencias. El humanismo es siempre una consecuencia de experiencias de alienación. Es el grito de ira de quienes creen que las condiciones para una vida digna y humana están desapareciendo.  En un mundo como el nuestro, las experiencias individuales pueden ser sumamente variables. El reparto de oportunidades es muy desigual, como lo es también la concentración de los poderes económico, político y militar.

Sin embargo, en nuestro mundo también hay algunas experiencias de alienación que parecen trascender esas diferencias.

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