A una mujer. Hugo Di Florio (via revista El Arca Digital)

Fue el Día Internacional de la Mujer… Y son días de muchas reflexiones… puntos de vista enriquecedores…

A una mujer (carta)

Cartas02En la sociedad desarrollada parece librarse una batalla sorda y sin cuartel: los supuestos débiles (en este caso las mujeres) dicen mantener una lucha contra los supuestos fuertes, en este caso los hombres que detentarían la fuerza y la coerción que les da el Estado. ¿Es esto cierto? He aquí una honda reflexión sobre tan sensible temática.

Hugo Di Florio, escritor*

“Si esta carta hubiera sido escrita y dirigida a Vd. hace unos cuarenta o sesenta años, su texto sería gentil, laudatorio, dulce o tal vez ditirámbico.
Pero ocurre que después de la segunda mitad del siglo pasado, particularmente del último cuarto y ya en pleno siglo XXI, sólo puedo escribirle después de nobles experiencias, en un tono algo polémico y con sentimientos tal vez más definidos.

Por eso he llegado a la conclusión que es posible referirme a Vd. y al mismo tiempo a Vds., so pena de generalizar. Y sin perjuicio de consideraciones que podría desgranar con fuertes críticas a conductas masculinas en general.

Desde esta situación, desde este lugar en el que hablo, le digo ante todo que disiento con la querella o combate entre los sexos o entre los géneros, como parece que eufemísticamente se prefiere hablar hoy. O un combate de las mujeres contra los hombres, como si éstos fueran el enemigo principal.

Se ha reemplazado la teoría de la lucha de clases o de sectores sociales como uno de los ejes en la evolución de las sociedades en general y de la sociedad capitalista en particular, por la querella entre sexos y la competencia ciega para ganar supuestas posiciones nunca obtenidas.

Cuando decimos posiciones, nos estamos refiriendo a sitios prominentes, a niveles de ubicación o prestigio, a convencionales desempeños que concluyen en fama, poder, prosperidad. En otro plano, a lo que toda comunidad «machista» debe a las mujeres en términos de igualdades y derechos.

Se desarrolla entonces una batalla sorda o abierta sin cuartel. Los supuestos débiles (en este caso las mujeres) libran una guerra contra los hombres, quienes detentan la fuerza y la coerción del Estado para distribuir discrecionalmente los favores y los premios.

Pero quiénes son los débiles? Los que no detentan el poder? Qué poder? Qué es el poder? O cuál poder? El poder, económico o político? El poder, de las fibras y de los músculos? Cuáles fibras o músculos? O no hemos nunca visto a débiles poderosos y poderosos débiles?

Mi querida señora, podríamos seguir. Pero no debemos pensar en esos términos. En primer lugar, la injusticia general en cualquier sistema socio-económico gravita sobre hombres y mujeres, sobre niños y niñas, sobre ancianos y ancianas. No hay un plus «de género» respecto del sexo femenino. Y para lo que aún resta, cabe siempre la denuncia y la lucha. Es necesario medir justamente el «progreso» y las reformas hasta revolucionarias incluso, a través de la línea ascendente que comprobamos de los últimos siglos a esta parte.

En segundo lugar, los planes de «liberación» femenina suelen no tener en cuenta ni en la actualidad ni en el pasado que deben como condición «sine qua non» contener también planes de liberación masculina. Todo esto en los órdenes individual y colectivo. Resulta imperioso comprender y asumir las opresiones, en los dos órdenes citados, a que los hombres -desde la más tierna infancia- están sometidos en las sociedades humanas.

En tercer lugar, este tipo de situaciones no se resuelve en la competencia o disputa por derechos o prebendas que los «hombres» en cuanto tales no están en condiciones de otorgar. No olvidemos que estamos hablando de sistemas.

La lucha debe entablarse de un modo global y sin discriminaciones de ninguna especie por la reivindicación de derechos y cumplimiento de aspiraciones de justicia en el marco de organizaciones sociales integradas.

En cuarto lugar, un nuevo tipo de sociedad debe instaurar una cultura que destierre gradualmente todo tipo de prejuicios, de falsas distinciones, de exclusiones, de silencios perversos.

Finalmente, es de una vez necesario entender que las mujeres no son iguales a los hombres. Lo cual significa también que los hombres no somos iguales a las mujeres. Se trata de algo así como una estructura. indivisible, indisociable. Se trata (y disculpe Vd. el lugar común) de la unidad en la diversidad. Tan visible en la naturaleza, en las ciencias y en las artes.

Es incluso más que una complementación. Algo más profundo e intenso. Porque esta unidad integrada a la que me refiero, distinguida señora, potencia los valores individuales y se proyecta a logros superiores no vistos. También en lo individual y en lo colectivo.

No nos confundamos, pues. Sostener que la mujer no es igual al hombre entraña una paradoja. En el sentido que, lejos de juicios peyorativos, se concluye en un respetuoso encomio y hasta en una canción de amor. Porque afirma la posibilidad de cualidades o virtudes específicas que el hombre no posee y las requiere junto a el. Porque jamás pensamos en términos de superioridad o inferioridad, ya que mal podríamos hacerlo cuando todos tenemos el privilegio del lenguaje articulado y la palabra.

De manera, señora, que más bien debe Vd. acercarse y dialogar conmigo. Debe Vd. también dejar de pensar que los hombres son para estar un rato con ellos, con cierto goce, y luego alejarse para no verlos nunca más. Debe Vd. desterrar de su lenguaje las locuciones «encuentros ocasionales» o «aventuras». Y disociaciones por el estilo. Debe también definitivamente arriar y archivar la bandera de las reivindicaciones y más aún de las «vindicaciones».

La lucha se libra en otros campos que no tienen que ver con la noción de «genero» actualmente en boga. Confundir el territorio es no sólo confundir el enemigo sino situarse en campos no irreales sino inexistentes. Porque, además, el enemigo puede estar dentro suyo o en su subjetividad.

Acérquese. Conversemos. No ceda a las tentaciones de un falso progresismo. Sólo se progresa en un sentido integral o que apunte en esa dirección. Nunca las máscaras. Nunca los desvíos. Nunca los velos que no se descorren.

Siempre la integración, siempre la luz sobre unos ojos.
Siempre la verdadera y definitiva independencia.”

En: *abogado, docente universitario, poeta y escritor. Revista El Arca  (en papel impreso) / El Arca Digital (en Internet)

Autor: AcuarelaDePalabras

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