Acceso a la propia verdad

La verdad de cada uno… singular… a veces, tan difícil de capturar…   

Un espacio para la verdad
Por Felipe Muller*

24–03–2012 / En la actualidad, hay toda una serie de pretextos muy válidos para no comenzar una cura psicoanalítica ante un padecimiento psíquico.

El primero de ellos es la variedad de alternativas psicoterapéuticas que ofrecen resolver estos padecimientos en un número cada vez más acotado de sesiones.

El segundo es la existencia de una industria psicofarmacológica cada vez más afinada en tratar las dolencias del espíritu con efectos secundarios minimizados.

El tercero tiene que ver con los tiempos y los costos: el psicoanálisis y el mercado de la salud parecen incompatibles.

Pero si bien hay más razones para no empezar un psicoanálisis, hay, por otro lado, una muy buena razón para hacerlo, que explica su prevalencia en nuestra cultura: el espacio psicoanalítico es uno de los pocos espacios en nuestra sociedad que aún se ocupa de la verdad.

La verdad de la que se ocupa el psicoanálisis es la del sujeto que consulta, que se presenta al consultorio con uno o más síntomas.

El síntoma (molesto para aquel que lo padece y gran enemigo de todo el sistema de salud mental) es, para el psicoanalista, la oportunidad que tiene el sujeto de saber algo de su verdad, y remitirá cuando las cuestiones de esa verdad se traten. El primer paso que da una persona en un espacio psicoanalítico es la llegada al consultorio de la mano del síntoma. El segundo se centra en convertir ese síntoma en una “zona de ignorancia” sobre sí mismo; la persona, en ese espacio, comienza a preguntarse sobre ese síntoma.

La forma general de esa pregunta es: “¿Qué tengo que ver yo con esto que padezco?”.

En ese momento, se ha instalado entonces esa “zona de ignorancia” sobre sí mismo que encamina al “consultante” al lugar de “analizante” y lo acerca ahora a la búsqueda de una verdad que vive en él pero que desconoce. Esa verdad propia es inconsciente.

Freud propuso cuatro formas de acceso al inconsciente para saber de esta verdad que tiene efectos determinantes en la vida de los sujetos: las transferencias, los actos fallidos, los sueños y los chistes.

Así, en los equívocos al hablar, donde la mayoría de las personas descarta el acto y lo significa como carente de importancia alguna, el psicoanalista opera en un sentido opuesto. Dice que hay algo que escuchar allí, en esa interrupción del discurso del analizante; que el equívoco es una posibilidad de conocer algo de esa verdad inconsciente.

Entonces, si el tercer paso que da un analizante es hablar a partir de esta pregunta sobre sí, el cuarto paso será servirse de estas vías de acceso a su propia verdad que irrumpen en el diálogo con el psicoanalista.

Esta verdad tiene menos que ver con la verdad de la ciencia, una verdad continua, que está por todos lados y que -con las virtudes de la metodología y las herramientas adecuadas- se puede descubrir.

La verdad con la que trata el psicoanálisis es una verdad discontinua, que tiene, como diría Foucault, sus momentos de aparición, y lo hace en estos acontecimientos psíquicos que para el psicoanalista son vías de acceso al inconsciente. Así, esta verdad aparece como un rayo, y la relación con ella no es de descubrimiento, sino de captura.

No hay otro método terapéutico que se ocupe de las cuestiones del padecer humano que haga hincapié en la verdad del sujeto. Al contrario, las psicoterapias en general, así como la psicofarmacología, apuntan a la remisión sintomática como objetivo. Tampoco el valioso aporte de las neurociencias se ocupa de esta verdad particular, sino de aquella que se encuentra en todas las personas y que nos permite saber que, por ejemplo, determinada área del cerebro se activa cuando tenemos miedo, contribuyendo de esta manera al conocimiento general de la especie humana.

La verdad del sujeto no está disponible de manera directa, sino que requiere un proceso de captura (nunca es final, sino que se encuentra en constante desarrollo), donde esa verdad va revelándose, y consecuentemente produciendo efectos expansivos y liberadores en la subjetividad del analizante. La irrupción de esta verdad reclama un proceso cuyo tiempo es el tiempo del sujeto mismo.

Por eso, el psicoanálisis va también en sentido opuesto a los requerimientos del mercado de salud. Y quizás éste sea el punto en el cual hay que detenerse para analizar la tan promocionada mala fama del psicoanálisis, que casualmente ofrece uno de los pocos espacios en nuestra sociedad donde la cuestión de la verdad del sujeto tiene centralidad, independientemente de los tiempos ajenos.”

Leído en: * Un espacio para la verdad

Plan de batalla. Og Mandino

“… antes de ser capturado por las fuerzas de la tristeza, de la autocompasión y del fracaso:

Og-mandinoSi me siento deprimido cantaré.

Si me siento triste reiré.

Si me siento enfermo redoblaré mi trabajo.

Si siento miedo me lanzaré adelante.

Si me siento inferior vestiré ropas nuevas.

Si me siento inseguro levantaré la voz.

Si siento pobreza pensaré en la riqueza futura.

Si me siento incompetente recordaré éxitos del pasado.

Si me siento insignificante recordaré mis metas.

Hoy seré dueño de mis emociones.  …”

De: El vendedor más grande del mundo, Cap. XIII, El Pergamino Nº 6, por Og Mandino quien cuenta “la leyenda de Hafid, un camellero de hace dos mil años, y su ardiente deseo de mejorar su humilde condición. A fin de poner a prueba su habilidad en potencia, es enviado a Belén por su señor Pathros, el gran mercader de caravanas, a vender un solo manto. Fracasa y, en cambio, en un momento de compasión, regala el manto para abrigar a un bebé recién nacido en una cueva cerca de la posada. Hafid retorna a la caravana avergonzado, pero viaja acompañado de una estrella brillante que resplandece sobre su cabeza. Este fenómeno es interpretado por Pathros en el sentido de que es una señal de los dioses, y le obsequia a Hafid diez pergaminos antiguos que contienen la sabiduría necesaria para que el joven realice todas sus ambiciones…”

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