Cuentoterapia. Historias de fantasmas: trabajo con los miedos en niños y adultos

Estaba buscando info sobre “En Terapia”, la serie que va por la TV Pública, y -como suele pasar– dí con otro sitio que me interesó…

Allí hay varios cuentos, como el que transcribo a continuación, que utilizan en talleres de cuentoterapia para trabajar los miedos.

Cuento “El Fantasma”, por: Marc E. Boillat de Corgemont Sartorio.

Cuento-fantasma

Esta es la historia de un joven que no podía dormir casi nunca puesto que un fantasma espectral le aparecía en sueños y le angustiaba revelándole todos los secretos más íntimos que él albergaba, demostrándole así que lo sabía todo acerca de él.

El joven estaba desesperado, hasta el punto que llegó a detestar el momento de acostarse pese al cansancio acumulado. Había visitado doctores y psicólogos, había confesado su problema a amigos, lo había intentado todo, pero sin resultados: el espectro seguía presentándose cada noche y le recordaba todos los rincones más íntimos y dolorosos.

Ya al borde de un colapso nervioso, decidió pedir auxilio de un célebre maestro zen que practicaba en la misma provincia. Fue a ver al maestro que le recibió amistosamente. Tras haberle explicado el dilema, el joven añadió: «Ese fantasma lo sabe todo, absolutamente todo acerca de mí, ¡ incluso conoce mis pensamientos ! No puedo sustraerme a su dominio «.

El maestro pensó que la solución no estaba fuera del alcance del chico y le sugirió que hiciera un trato con el fantasma. » Esta noche, antes de acostarte -le dijo- coge un puñado de lentejas al azar y no las sueltes. Luego acuéstate y espera. Cuando el espectro se presente proponle un trato. Dile que si adivina cuántas lentejas tienes en la mano será para siempre tu dueño y que si no lo adivina deberá desaparecer para siempre. Vamos a ver que pasa «.

El chico procedió del modo que le aconsejo el maestro. Poco después de acostarse el fantasma apareció y le dijo: » Sé que intentas librarte de mí. También sé que te has ido a ver aquel bobo del monje zen para que te ayude a echarme, pero tus esfuerzos no te servirán para nada «.» Bueno -respondió el joven- ya sabía que me habrías descubierto, así como supongo que indudablemente sabrás cuantas lentejas tengo en el puño «.

El fantasma desapareció para no volver nunca jamás. Lo que no sabía el chico no lo podía saber su fantasma.”

Leído en: http://www.cuentoterapia.com/

PD: Me encantan las historias de fantasmas!

Autor: AcuarelaDePalabras

Lecturas entre amigos...

3 opiniones en “Cuentoterapia. Historias de fantasmas: trabajo con los miedos en niños y adultos”

  1. Juan sin miedo

    “Érase una vez un muchacho que no sabía lo que era el miedo.
    Por eso le llamaban Juan sin Miedo. No había cosa en el mundo que le espantara y andaba siempre de un lado para otro, incluso cazando los animales más peligrosos, sólo por buscar el miedo. Su madre ya no sabía qué hacer con él, ni qué trazas darse para que encontrara el miedo o se marchara de casa.

    Juan Sin MiedoUn día fué a hablar con el cura, y juntos discurrieron que, cuando fuera de noche, ella haría como que le dolían mucho las tripas, y mandaría al muchacho a buscar aceite de la lámpara de la iglesia. Allí lo esperaría el cura para darle un buen susto.

    Conque llegó la noche y la madre se puso a chillar como si le dolieran mucho las tripas:

    -¡Ay, ay, hijo mío! ¡Qué dolor más grande! ¡Anda, corre y tráeme aceite de la lámpara de la iglesia!

    Juan sin Miedo echó a correr y se metió en la iglesia. Estaba completamente a oscuras, menos la lámpara de aceite. El cura se había escondido en el confesionario y se había echado por encima una sábana. Cuando Juan sin Miedo pasaba por delante, le salió de repente diciéndo:

    -¡Soy un alma del purgatorio y ando por aquí penando!

    Pero Juan sin Miedo ni se inmutó. Cogió un candelabro y se fué para el de la sábana, diciéndole:

    -¡Pués vuélvete a donde estabas!

    Y le arreó una lluvia de golpes que dejó al cura en el sitio. Fué y le contó a su madre lo que había pasado. Entonces la madre le dijo que tenía que marcharse del pueblo inmediatamente.

    Juan sin Miedo se fué por el mundo a buscar el miedo. A todas partes que llegaba se ponía a dar voces:

    -¿Quién me enseña lo que es miedo? ¿Quién me enseña lo que es miedo?

    La gente lo tomaba al principio por un fanfarrón, y lo ponía a prueba de muchas maneras. Lo mandaban al cementerio de noche, le ponían calaveras para beber y cosas por el estilo, pero nada. No había forma de que aquel muchacho sintiera el miedo.

    En un pueblo donde acababan de ahorcar a unos cuantos bandidos le dijeron que pasara la noche con ellos, que seguro que eso le daría miedo.

    – ¿Miedo? – preguntaba Juan – ¿Y eso qué és?

    – Ya lo verás, ya lo verás.

    El muchacho fué a donde estaban colgados los ahorcados, y se puso a mirarlos y darles vueltas, y ya los bajaba o los volvía a subir, como si fueran jamones; y nada. No sentía nada.

    Se marchó de aquel pueblo y llegó a otro. Como siempre, se puso a gritar:

    -¿Quién me enseña lo que es miedo? ¿Quién me enseña lo que es miedo?

    Se fué corriendo la voz de que había llegado al pueblo Juan sin Miedo, hasta que llegó a oídos del rey.

    —¡Hay que ver este muchacho! –dice el rey-. Si fuera verdad que no conoce el miedo, sería el mejor de mis soldados.

    Y para ponerlo a prueba le dijo que se casaría con su hija si era capaz de pasar tres noches en un castillo encantado que había en aquel reino. Y sin tener miedo,

    -¿Miedo? ¿Y eso qué és? -volvió a preguntar Juan-.

    -Ya lo verás, ya lo verás.

    Lo llevaron al castillo encantado y lo dejaron allí solo. Se puso a recorrerlo y no veía a nadie. Pero sí que estaba muy bien servido. En las habitaciones había ricas camas y también una despensa con todo lo mejor del mundo. Allí podría estarse toda la vida, comiendo y durmiendo, sin más trabajo que hacerse la comida que él quisiera.

    Cuando llegó la noche, se puso al fuego una sartén con chorizos y huevos, y a eso que escucha una voz que le dice:

    -¿Caigo o no caigo?

    Y él que contesta:

    – Cae si quieres, pero pon mucho cuidado de no caerte en la sartén, porque te acordarás de mí.

    Y nada más decirlo, cayó al suelo una mano. Juan sin Miedo siguió tan tranquilo haciéndose su comida. Al momento volvió a escuchar:

    -¿Caigo o no caigo?

    -Por mí ya te puedes partir la crisma, en no cayendo en la sartén…

    Y cayó otra mano. Y dijo la voz:

    -¿Caigo o no caigo?

    -Cae de una maldita vez, que no me dejas terminar.

    Y cayó una pierna y luego otra.

    Por aquella noche ya paró de caer lo que fuera, y Juan sin miedo pudo terminarse su cena. Al ir a acostarse, se decía: “¿Y a esto le llaman miedo? ¡Pues vaya!”

    Durmió toda la noche tan tranquilo, y al día siguiente volvió a ocurrir lo mismo. Otra vez se escuchó una voz que decía:

    -¿Caigo o no caigo?

    Y cayeron unos brazos, y un cuerpo sin que a Juan sin Miedo le importara lo más mínimo. Cenó lo que quiso y se acostó, diciendo:

    – ¿Y esto es miedo? Ya quisiera yo saber lo que es miedo.

    A la tercera noche, ya Juan esperaba que cayese lo que faltaba, cuando escuchó la voz:

    -¿Caigo o no caigo?

    -Cae, hombre. Total, para lo que falta…

    Y entonces cayó la cabeza. Esta, desde el suelo dijo:

    – Quieres que me reomponga?

    – Y a mí qué me importa?

    – Te advierto que puedes sentir miedo.

    – ¿Miedo? ¡Qué más quisiera yo!

    Se recompuso el cuerpo de aquel hombre, que dijo:

    -Tú has sido el único que ha tenido valor para desencantarme, y por esto te doy como recompensa todo lo bueno que hay en este castillo.

    Juan sin Miedo cogió todo lo que le pareció bien: joyas, candelabros, manteles, y se llevó un carro con jamones, piñas de chorizos y quesos.

    Así se presentó en el palacio del rey, dispuesto a casarse con la princesa.

    El rey no tuvo más remedio que cumplir su promesa y dispuso las bodas. Y se casaron Juan sin Miedo y la princesa. Pero la noche de bodas Juan estaba tan cansado, que nada más acostarse se durmió. A la princesa no le gustó aquello y agarró lo primero que tenía en la mano, que era una pecera con tres o cuatro peces. Se dijo: “A este lo despabilo yo ahora mismo”, y le echó a la cara el agua con los peces y todo. Entonces Juan sin miedo se despertó gritando:

    – ¡Socorro, que me matan! ¡Socorro, que me matan!”

    Antonio Rodríguez Almodóvar. Cuentos al amor de la lumbre (I). Alianza editorial

    Leído en: http://www.cuentoterapia.com

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