El periodo musulmán del humanismo (vía Unesco Courier)

Si andan con tiempo para leer…  

Por Mahmud Hussein*

“Contrariamente a un prejuicio muy difundido, el humanismo se desarrolló en el seno del pensamiento religioso, primero en la antigua Grecia, luego en el mundo musulmán y, por último, en el ámbito del cristianismo. Entre los siglos IX y XII, los mutazilitas y los falasifa (filósofos) musulmanes exploraron los límites del pensamiento humano y del libre arbitrio en un contexto dominado por un Dios único y todopoderoso, actuando así como precursores del enciclopedismo del siglo XVIII.

El periodo musulmán  del humanismo

El humanismo no nació en Europa entre los siglos XV y XVI. Ese periodo, llamado Renacimiento, fue tan sólo uno de los momentos de la larga historia del humanismo que comenzó dos mil años antes, en Atenas, y prosiguió en los siglos IX y XII, durante la Edad de Oro del islam. Los hombres del Renacimiento se refirieron explícitamente al legado de la antigua Grecia, a la que rehabilitaron y tomaron como modelo, pero quisieron olvidar el momento musulmán de la historia del humanismo.

Los que cometen ese mismo error en nuestros días lo hacen porque creen que el pensamiento humanista es antirreligioso por definición. Ahora bien, durante la mayor parte de su historia, el humanismo se desarrolló en el seno del pensamiento religioso y no contra él. Leonardo da Vinci 1 Miguel Ángel 2 Shakespeare 3 Racine 4 Descartes 5 y Newton 6 nunca pusieron en tela de juicio el poder de Dios.

El humanismo se ha pronunciado contra una determinada imagen de Dios, la de un Dios inaccesible e indiferente a las desgracias humanas, que ha fijado desde siempre el destino personal de cada individuo. Esta imagen se deriva del dogma de la predestinación, según el cual la voluntad de los hombres no tiene incidencia alguna en sus vidas.

En esas condiciones, no sólo la existencia terrestre de por sí carece de importancia –es tan sólo un camino de tránsito hacia el Cielo–, sino que además el hombre no tiene poder alguno sobre su destino. El libre arbitrio no existe. La potencia absoluta de Dios se corresponde con la impotencia total del hombre.

Según San Pablo, Dios “escogió [a sus fieles] antes de la fundación del mundo […], habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad”. 7 Un milenio después, los tradicionistas y los teólogos clásicos del islam dirán exactamente lo mismo y, siete siglos después de ellos, Martín Lutero 8 y Calvino 9 emplearán las mismas palabras. El humanismo ha combatido esta concepción de la omnipotencia divina.

¿En qué pudo servir de modelo la Antigüedad griega a los que en el mundo musulmán, primero, y en el mundo cristiano, después, iban a luchar contra el dogma de la predestinación?

Un ámbito de libertad intelectual

En un contexto muy diferente al del monoteísmo, las ciudades-estado de Grecia afrontaron esa misma noción de predestinación, pero en otros términos. Para los griegos, el Cosmos era un espacio definido para siempre y estructurado de forma jerárquica y armónica, en el que todo ser humano tenía asignado su puesto también para siempre. Los hombres no ocupaban el nivel superior de la escala cósmica, ya que por encima de ellos estaban los dioses. Sin embargo, las leyes del Cosmos se imponían a todos por igual, a los dioses como a los hombres.

Los seres humanos estaban sometidos pues a un doble yugo: el del Cosmos abstracto, impersonal e inmutable, y el de los dioses, personalizado, familiar y caprichoso.  Los hombres eran impotentes contra el orden cósmico y tan sólo podían intentar encontrar el lugar que les correspondía en él. En cambio, con los dioses, dotados de poderes sobrehumanos pero llenos de defectos humanos, los hombres aprendieron a obrar con astucia, a negociar, e incluso a practicar el engaño. Al final, descubrieron que la naturaleza funcionaba con arreglo a las leyes propias del Cosmos que se sustraían a la voluntad de los dioses y que, por lo tanto, el ser humano podía tratar de comprender y dominar.

El humanismo se afincó en ese espacio. Los griegos inventaron un entorno nuevo, exclusivamente humano, la polis, donde el individuo se sustraía al poder tradicional de las tribus y los clanes, donde los ciudadanos eran iguales ante la ley y donde el mérito personal podía prevalecer sobre los privilegios de cuna.  En la polis democrática, el debate era un elemento omnipresente y la palabra reinaba sin restricciones. Para convencer a los demás era preciso razonar. Los principios de una lógica abstracta, válida por doquier y para todos, permitieron el desarrollo de la filosofía y las matemáticas. Así, el hombre forjó potentes herramientas de dominio sobre las cosas.

En la antigua Grecia, el humanismo se presentaba, por consiguiente, como un perímetro de libertad y eficacia práctica, gracias al cual la vida humana –sin poner globalmente en tela de juicio el orden cósmico y el poder de los dioses– se convirtió en una aventura valorizada como tal.

La qudra o el poder del hombre

El Dios del monoteísmo vino a cambiar este estado de cosas. No sólo se hizo con los poderes parciales que poseían los dioses griegos, sino también con la fuerza cósmica universal a la que estaban sometidos los dioses y los hombres.

De la potencia abstracta e impersonal del Cosmos se pasó a la omnipotencia personal, creadora y activa del Dios Único y Todopoderoso.  A partir de ese momento, el creyente ha de buscar un espacio propio de libertad dentro de la órbita de esa omnipotencia divina. Esta empresa no consistirá en oponer el irrisorio poder del hombre al infinito poder de Dios, sino en algo más humilde:

ir abriendo espacios intelectuales, morales y estéticos en los que la iniciativa humana pueda expresarse, diferenciándose de la voluntad de Dios, pero sin cuestionar su autoridad suprema.

La primera conceptualización de ese espacio se efectuará en el siglo IX, en Bagdad, bajo el califato de la dinastía de los Abasíes. Por ese entonces, el islam había edificado un vasto imperio, poderoso y próspero, que agrupaba una multitud de poblaciones, religiones y culturas diferentes. Continuar leyendo «El periodo musulmán del humanismo (vía Unesco Courier)»

La metáfora del alma. Omar Jayam

Rubaiyat“Envié a mi alma a que cruzara lo invisible,

para descifrar alguna carta del más allá;

pronto mi alma volvió a mí y respondió: ‘

Yo soy el cielo y el infierno´”

Cuarteta 68 del Rubaiyat
Omar Jayam (Omar Khayyam)
Rubaiyat de Omar Khayyam es la traducción de una selección de poemas, originalmente escrito en persa, atribuido a Omar Khayyam (1048-1131), poeta persa, matemático y astrónomo. (Irresistable E-Books)

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