Psicología. La adicción virtual

Si tienen un rato para leer…

“TEORIA Y CLINICA DE UNA NUEVA CAUSA DE CONSULTA.

La adicción virtual.

El autor examina “una suerte de adicción virtual que encierra a los jóvenes frente a las computadoras”, y postula que el espacio virtual “se ubica en la posición del líder que seduce a la masa”. Sostiene que el camino para salir de ese encierro no podrá recorrerse si los padres insisten en prohibirle al adolescente que use la compu.

Por Daniel Paola*

AdictovirtualHa comenzado a ser causa de consulta una suerte de adicción virtual que encierra a los jóvenes frente a las computadoras, distorsionando, en el discurso corriente, los rangos de normalidad de las generaciones precedentes en cuanto al lazo social. La llamada “adicción a Internet” no figura como diagnóstico en el DSM IV (manual de amplio uso en psiquiatría) ya que, de acuerdo con sus parámetros, siempre se precisa una sustancia química para definir una adicción.

Sin embargo, se podría asociar esta “adicción” con un trastorno compulsivo que oculta un comportamiento depresivo y hostil frente a lo social. En todo caso, para el psicoanalista, la adicción se define en otros términos: aquella sustancia bien podría estar excluida y ser reemplazada por la computadora, ubicada en la posición del líder que seduce a la masa.

El saber otorgado por el sustituto de la sustancia es excluyente de todo partenaire que no declare una identidad de percepción vivencial: en terapias grupales cuyos referentes son líderes que transitaron por idénticos trastornos, éstos son los únicos que podrían tener palabra autorizada en el tiempo en que se plantea una abstinencia.

A diferencia del toxicómano, que sí podría tener una conducta social, el adicto virtual realiza su lazo fundamentalmente a través de los juegos en red, y es imposible que detecte por sí mismo algún tipo de inconveniente en su proceder, ya que no hay sustancia prohibida ni ley que lo juzgue.

Tal vez los efectos generados en la escolaridad sean los más llamativos para los padres, que entonces comienzan a tomar conciencia de un supuesto problema. El psicoanalista en la consulta se encuentra habitualmente con un inocente, o mejor dicho con una mente virginal, que ni sueña con dejar su adorado entretenimiento. La abstinencia entonces es el primer obstáculo, por la angustia súbita que genera la falta del elemento que se juzga imprescindible, falta que borra esa inocencia inefable.

Por su parte, los padres creen que la suspensión del juego es una tarea inmediata que se resuelve con prohibiciones o impedimentos en el uso de la computadora. De la misma manera, cualquier familiar de un paciente psicótico cree que el analista tiene el poder de prohibir el delirio. Es común entre familiares de pacientes psicóticos la disconformidad con el psicoanalista que no plantea la falsedad de los argumentos delirantes o alucinatorios, en una suposición mágica como la que se otorga al encantador de serpientes o al que sopla y hace botellas.

Plantear que no habría que prohibir el uso de la computadora es el primer paso para lograr que el adicto virtual finalmente pueda entrar en discurso, en tanto su juego determina un goce. Para definir goce, me parece una buena manera plantearlo como un soporte mental de actos destinados a producir su propio fracaso. Porque no habría goce que, a fin de cuentas, no tienda a su extinción, en la medida en que cualquier actividad humana tiene un tope a la satisfacción con la que se puede alimentar.

Supongamos ahora una adicción cualquiera, por ejemplo un postre que decidamos degustar por siempre. En un primer tiempo, la satisfacción va a ser obvia. En un segundo tiempo, la satisfacción pertenece a la elección, ya que, siendo el postre que a uno más le apetece, pasa a ser el significante que lo representa en tanto goce. En un tercer tiempo, después de una suerte de declaración de impotencia, ese goce fracasa porque produce rechazo. En este último tiempo ya nos encontramos en contacto con la punta de lo real: el individuo tiende a preguntarse qué sentido tiene estar enfrascado en algo que le provoca aversión. En el trato de la aversión se encuentra la posibilidad de un nuevo sentido a través de una identificación rechazada.

En la adicción virtual, mientras no haya discurso estamos en tiempos preliminares, pero no por ello tendría que haber renuncia a iniciar una escucha que, tarde o temprano, impondrá las consecuencias de una culpabilidad por el acto en cuestión. Estos tiempos habrá que saberlos esperar en el contacto con el adicto virtual, y no se podrían producir si los padres del joven o la joven no acordaran con la necesaria imposibilidad de una abstinencia al juego virtual que consume la vida de sus hijos.

Esto implica dos hechos: el primero es hacer de contención a la hostilidad de los padres, que esperan eficiencia y rapidez; el segundo es disponer de una ubicación teórica del momento en el que se encuentra quien se satisface o ya goza del juego, para, por fin, crear el vacío necesario en el sujeto, al crear un corte primero entre verdad y palabra.

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