Budismo para occidentales, 20 malentendidos (del libro)

Décimo quinto malentendido: El nirvana es un cielo budista…

“… El budismo no conoce un otro lado después de la muerte, donde entraría el difunto.

El Nirvana no es un cielo, no es una esfera de ultratumba trascendente, no es un lugar de existencia eterna. 

El Nirvana, por conclusión, no es para nada un nuevo comienzo en un otro mundo. 

Nirvana dice «extinción» y mira a un estado de tranquilidad, si todas las ligaduras pasionales de la existencia están dominados.     

Nirvana: la conclusión del círculo de los renacimientos, el no disponible y no localizado lugar de felicidad eterna, más un estado de falta de estado, el fin de todo pedido, el apaciguamiento de toda inquietud del espíritu, el otro lado del mundo disponible. 

Nirvana, entonces, no se puede asimilar a un paraíso ulterior. …”

De: Budismo para occidentales, 20 malentendidos (libro)
Antes: 14º malentendido 

Un recuerdo escolar: Chiche, mi perrito (poesía)

Perrito1

Octubre 4. Día Mundial de los animales.

Desde niños, nos enseñan a valorar la vida animal…

Chiche es mi perrito
lindo y juguetón,
Chiche es un copito
suave de algodón.

Cuando yo me ausento
por cualquier razón,
muestra descontento
y se va a un rincón.

Mas cuando regreso,
Chiche es un ciclón;
vuelve a ser travieso,
vivo y juguetón.

Copiado del libro de lectura de 2do. grado “Rocío” – Edit. Kapelusz. 
Imagen: micolecciondedibujosinfantiles.blogspot.com.ar
Relacionado: Testamento de un perro

Psicología. Aprender a morir

Octubre 1. Día Internacional de las Personas de Edad

Si tienen un rato para leer…

Placeres y tareas de los últimos años.

“Un fruto dulce y maduro”

Por Enrique Rozitchner*

Vejez1Séneca (4-65), la figura más representativa del estoicismo durante el Imperio, en su Epístola XII a Lucilio, presenta cómo vive su propio envejecimiento. Las señales de la vejez provienen menos del cuerpo que del mundo exterior que lo circunda; el mundo también envejece. El paso del tiempo se refleja en los objetos envejecidos que hemos amado durante toda la vida. La casa que edifiqué, el árbol que planté y vi crecer, de pronto se me muestran viejos. Como si Séneca admitiera su vejez a través del mundo que envejece con él, porque dondequiera que vaya encuentra señales de su envejecimiento.

Se trata de una fuerte percepción, que no se orienta por referencias al cuerpo que se deteriora o al propio ego (Freud diría: menos narcisista), sino de modo indirecto. En esta experiencia, a la que efectivamente muchos tienen acceso, el sujeto envejece con el mundo que lo ha rodeado, con la comunidad en que creció o se desarrolló. Séneca, contra todo egocentrismo, pone el acento en que uno es uno y sus circunstancias de vida, el cúmulo de vínculos afectivos con los que ha vivido. La identificación proyectiva con la vejez del otro, con un mundo envejecido, como ese plátano de su finca que ha plantado y que ya no puede dar frutos, confirma su envejecimiento.

Tales señales de la vejez, lejos de ser borradas como amenazas o fantasmas, en el estoico se reciben con afecto, con la expectativa de obtener de ellas numerosas satisfacciones. La Epístola XII valoriza esas señales, propone amigarse con ellas, reconocerse en ellas y no rechazarlas como extrañas y siniestras. Según Séneca, en todo placer lo más voluptuoso se guarda para el final. Ese mundo transitorio y envejecido aparece como un fruto dulce y maduro del cual todavía es posible alimentarse. La enseñanza estoica apunta a que en la vejez también hay placeres, o aun se goza de no precisar ninguno de ellos, porque ya se ha gozado lo suficiente y su sabor impregna la boca. Al igual que Cicerón, Séneca considera la vejez realizada desde el modelo del hartazgo de la vida.

En la Epístola XII se postula una concepción circular del tiempo donde nadie es tan viejo que no puede vivir un día más, lo cual equivale a vivir una vez más el ciclo de toda la vida. Nacimiento y muerte, en la circularidad cualitativa del tiempo y de los días, son los extremos de los momentos intensos de la vida que igualan al joven y al viejo; cada día que se vive en la vejez remite a una densidad especial que incluye la existencia completa. Mientras que en la temporalidad longitudinal de la flecha del tiempo la intensidad de una vida se pierde sin resto, en el tiempo circular cada día trae la potencialidad del deseo y la posibilidad de reanimar los placeres vividos. La vida, en la visión de Séneca, se compone de círculos concéntricos –infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez– unos dentro de otros, y el gran círculo del nacimiento y de la muerte los abraza a todos.

En la Epístola XXVI a Lucilio, Séneca afirma que la vejez delimita el mundo de la edad cansada, aunque no, subraya, aplastada. Estas palabras y otras expresan un sentimiento de falta de correspondencia entre la percepción de su propio envejecimiento corporal y el alma: Séneca se descubre viejo, pero esa representación no coincide con su propio yo. El reconocimiento de esa diferencia entre lo que fue y lo que es se realiza ahora, como en la Epístola XII, a partir de ciertas señales de su vejez, sólo que en este caso proceden de una percepción interna. Ese cansancio de Séneca indica los cambios corporales de la senectud, aunque en él ese cansancio no se prolonga en el alma; distingue entre la vitalidad de su alma y el cansancio de su cuerpo. El vigor del espíritu, la potencia anímica o psicológica, no se corresponden con una corporeidad que se percibe cansada. Sin embargo, esa falta de correspondencia entre la psiquis y el soma puede darse (incluso invertida) en cualquier edad y no únicamente en la vejez.

La Epístola XXVI recuerda que el fin de la vida se acerca y se debe enfrentar la muerte. Este es un tope que Séneca advierte para la libertad del alma en la vejez: llegar a la sabiduría y al deleite del alma anuncia la antesala de la muerte.

El estoicismo, Continuar leyendo «Psicología. Aprender a morir»

Las diez personas más influyentes en la Medicina

Desde Historia, Medicina y otras artes, Francisco Javier Tostado nos ilustra. Gracias!

Lección de anatomía del Dr. Willem van der Meer, por el pintor holandés Michiel Jansz. van Mierevelt (1617).

Siempre que pretendemos hacer un listado sobre lo más relevante de algo histórico se corre el riesgo de no ser objetivo pues estamos sujetos a percepciones diferentes. Existen multitud de listas en las que se consideran a las personas más influyentes en la Medicina pero en esta que os propongo he intentado ser lo más objetivo posible teniendo en cuenta el impacto posterior de su obra. Probablemente más de uno de vosotros añadiría o quitaría alguno y os invito a que en los comentarios dejéis vuestra opinión. Sean o no los más destacados, de lo que no hay lugar a dudas es de que existió un antes y un después en la evolución de la Medicina, en su existencia, en su obra, en su pensamiento y en su avance hasta nuestros días. Observaréis…

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Psicología. Preparación para la ancianidad

Octubre 1. Día Internacional de las Personas de Edad

Si tienen un rato para leer…

“Aquellos viejos sabios.

“El autor rescata textos que pensadores romanos de la escuela estoica dedicaron al tema de la vejez: encuentra una sabiduría que, además de su valor para la reflexión personal, contribuye a cuestionar la actitud de esta época respecto del envejecimiento.

Por Enrique Rozitchner*

Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) escribió, ya en su madurez, el diálogo Catón el mayor o sobre la vejez. En él señala que todos los seres humanos quieren llegar a viejos, pero todos se quejan de haber llegado. Cicerón dice que muchos que han alcanzado la vejez le hacen reproches a ésta, se lamentan de haberla alcanzado, y que esto no sería más que una gran necedad. La actitud de reproche a la vejez se basaría en la imposibilidad de comprender las características propias de cada etapa de la vida. Renegar de la vejez significa renegar de la naturaleza y de la vida misma. Cicerón sugiere valorar cada etapa en función de ella misma y no con relación a otro momento vital: cada una de ellas tendría lo suyo y de nada sirve reclamarle lo que no puede ofrecer. Desde el punto de vista psicológico, el pensamiento de Cicerón respecto de la vejez es totalmente compatible con los ciclos vitales que propone Eric Erickson (El ciclo vital completado, ed. Paidós), si bien se define más bien como una ética o una subjetivación. En definitiva, se trata de aceptar el final de la vida, como acto último.

El Catón formula una preparación para la vejez, pero no en tanto resignación ante las pérdidas, sino como un estadio más bien grávido de existencia. La pérdida de placer que se le achaca a la vejez no es propiedad de ésta: si así fuera, todos los mayores se lamentarían, pero muchos no se quejan, no pierden esa capacidad. La responsabilidad no es de la vejez, sino de una vida mal vivida, o de ciertas costumbres que no pueden sostenerse en el envejecimiento. Cicerón introduce en esto el tema de las virtudes: quien ha trabajado suficientemente consigo mismo no cae en esa posición de lamento inconsolable al envejecer. Falsas creencias o prejuicios disimulan una vida vivida sin virtud.

Cicerón relativiza que la edad pueda ser problema, en comparación con el énfasis puesto en la subjetivación ética y el cultivo de las virtudes a lo largo de los distintos momentos de la vida: la conciencia de una vida bien vivida y el recuerdo de buenas acciones realizadas son, para él, elementos de máxima importancia en la vejez. Se desprende de esto que una vida mal vivida posee más riesgos de finalizar de forma depresiva.

Cicerón valoriza la experiencia anímica de los que han vivido muchos años, y aquí se marca un contraste entre la cultura del Catón y el mundo actual. Para Cicerón, los mayores también tienen asuntos sociales y políticos que atender y lo hacen de manera diferente que los jóvenes; acciones importantes que no requieren celeridad, sino prudencia y reflexión, funciones que suelen desarrollarse con el envejecimiento. El lugar común de la vejez débil o dulce contrasta con esos hombres cargados de años y poderosos que toman decisiones enérgicas y temibles, como declarar una guerra.

La capacidad intelectual de muchos adultos mayores es superior a la de muchos jóvenes. Cicerón explica que la pérdida de la memoria en el envejecimiento se evita ejercitándola, y el ejemplo al que recurre parece una ironía: conviene leer epitafios, lo cual, además de ejercitar la memoria, renueva el recuerdo de los muertos. El epitafio representa también la rememoración de personalidades y acontecimientos significativos, una memoria social y cultural. En realidad, ni el viejo ni nadie recuerdan cosas que no despierten algún interés. Quizás el cuidado de la memoria responde más a esa práctica selectiva de la historia afectiva de cada uno. Cicerón remarca la diferencia entre simple recuerdo y reminiscencia, entendida ésta como recuerdo cargado de afecto y significación, que hace a la integridad del sujeto. En los adultos mayores la memoria tiene características reminiscentes, antes que la acumulación de información que sería más propia del joven.

Cicerón señala el riesgo que conlleva considerar incapaz al adulto mayor, un problema antiguo y muy vigente. Cicerón relata el caso de Sófocles, Continuar leyendo «Psicología. Preparación para la ancianidad»

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