Madres perversas o perversión del maternaje

La maternidad suele estar idealizada. El instinto maternal no existe. Existen malas madres…

“PSICOPATAS DE SUS PROPIOS HIJOS”

El caso de la madre que obligaba a su nene a vestirse de mujer; el caso de la madre que realizó el incesto con su hijo adolescente: éstos y otros ejemplos toma el autor para ilustrar “la perversión del maternaje”.

Por Santiago Thompson *

La maternidad asoma como uno de los pocos campos para los cuales se preserva, respecto de sus ligazones con la sexualidad, un prudente silencio. Tal como afirma Eric Laurent: “Se olvida, con la fascinación por la relación madre-hijo, que el hijo ocupa el lugar de un condensador de goce. (…) Que el maternaje, el ocuparse de los niños, es una actividad sexual y no educativa o sublimada” (Hay un fin de análisis para los niños, 1999).

Confluyendo en esta línea, Estela V. Welldon en el libro conocido en nuestro medio como Madre, virgen, puta. Las perversiones femeninas, pero cuyo título original se traduciría mejor como La idealización y denigración de la maternidad, sostiene que “el fracaso a la hora de diagnosticar a estas mujeres (como perversas) es en parte el resultado de la glorificación social de la maternidad y el rechazo a considerar que ésta pueda tener un lado oscuro”.

Como dato ilustrativo, cabe recordar que en nuestro país permanece sin estrenarse desde 1989 la película Kindergarten, de Jorge Polaco, donde se roza el tema del incesto. Se trata de la única película argentina censurada desde el retorno de la democracia.

Laurent señala “el tormento que es, para una mujer, un niño” y que “a pesar de siglos de exaltación mística materna o de la mística femenina, es muy difícil ser madre, porque es un tormento efectivo”. Tal tormento contempla, entre sus salidas, la perversión del maternaje. Laurent afirma que si el sexo femenino es tan poco sensible a la perversión es porque las mujeres tienen niños. Granoff y Perrier (El problema de la perversión en la mujer, 1980) sostienen que en la mujer no hay, para hablar con propiedad, perversiones sexuales, para luego afirmar que será en la maternidad en donde habrá de manifestarse la corriente perversa en la mujer. Agregan que “las dos únicas vías que se abren en sentido estricto al amor maternal serán la sublimación o la relación perversa. Pero en realidad el deseo sexual no está ausente, y lo aporta la propia prohibición que lo marca”.

Una primera forma de la perversión del maternaje se puede definir en términos simples: el niño deviene objeto del fantasma de la madre. Laurent ubica tales coordenadas en función de algo que no anuda a nivel de la pareja parental: lo que prevalece es el síntoma de la madre por sobre el síntoma de la pareja. Granoff y Perrier se ocupan de relevar los testimonios de las mujeres que se ven compelidas a raptar un niño y criarlo como propio. Señalan que “la naturaleza impulsiva del acto, su total inespecifidad en la elección de objeto, demuestran el sitio del puro y simple tener que ocupa el niño”. Cuando se las interroga en ámbitos judiciales, el discurso da cuenta de lo desesperado del rapto y la urgencia por establecer una relación de maternaje. Concluyen entonces que, desde el punto de vista estructural, “este caso límite de la relación perversa se emparienta con la relación fetichista”.

Para ilustrar la posición materna perversa fetichista, tomemos un recorte clínico de Welldon: una paciente tenía un bebé de dos años “al que no creía capaz de manejar, y al que le pegaba cuando se sentía frustrada o molesta por algo. Esta actitud aliviaba su ansiedad y la satisfacía sexualmente. Frenó los malos tratos repentinamente cuando se dio cuenta de que el bebé tenía una mirada triunfante y que, según ella, ‘incluso disfrutaba de ellos’. Fue consciente de que el bebé llevaba las riendas, ya que se sentía capaz de manipularla hasta hacerle perder la paciencia. Se había convertido en el amo”. Es destacable el hecho de que la madre retrocede ante los datos subjetivos del goce en el niño.

Lacan, entre los seminarios 10 y 16, se refiere a la posición perversa en términos de un ofrecerse como instrumento de goce del Otro. Esta delimitación encuentra su traducción en aquellos casos en que se describen prácticas que lindan o directamente realizan un maternaje que subvierte la prohibición del incesto. Welldon, entre otros casos que toman este sesgo, cita a un paciente que relata su crianza en manos de una tía materna, con un año recién cumplido: “Era una mujer cálida y cariñosa, pero de pronto, cuando tenía tres años, le dejó muy claro que, a menos que cumpliera todos sus deseos, le retiraría su amor. Las condiciones que impuso no sólo incluían que se pusiera ropa de niña, sino que se comportara como tal. (…) La tía decidió enviar a su sobrino a un colegio de niñas y le enseñó a comportarse como una de ellas; las revisaciones médicas las hacía en el consultorio de un amigo de ella. A los doce años parecía una auténtica niña. Fue dama de honor en la boda de un familiar”.

Otro testimonio se refiere a una paciente que padecía una suerte de exhibicionismo compulsivo: Su madre la masturbaba desde muy pequeña cada vez que se sentía triste o compungida o para que se durmiera (…). Esta no sólo había masturbado a la niña, sino también a sus otros cuatro hijos. En propias palabras de la madre: ‘Resultaba tan fácil o más eficiente que usar un chupete’. Dijo que en aquella época estaba deprimida e infelizmente casada con un hombre que se emborrachaba y le pegaba constantemente. También admitió que estas acciones que perpetraba con sus hijos le producían una enorme sensación de bienestar, excitación sexual y júbilo. Era, además, la única forma de conciliar el sueño”.

Welldon sugiere que “en ocasiones, las mujeres optan por la maternidad por razones perversas inconscientes”. Entiende que la madre perversa “experimenta a su bebé como una parte de sí misma. Siente un gran regocijo ante el hecho de que su bebé responda a sus propias necesidades”.

El siguiente caso supone una relación donde el incesto pasa al plano de la concreción: “Mi marido murió repentinamente cuando mi hijo tenía cinco años. (…) Creé una relación idílica con mi hijo, hasta el punto de que no necesitaba ningún hombre más en mi vida. Nos íbamos juntos de vacaciones. Recuerdo perfectamente una ocasión en que nos hallábamos en la playa. Entonces mi hijo tenía catorce años. Me puse a bailar en la sala del hotel con algunos jóvenes, y bebí bastante. Cuando volví a la habitación, me encontré a mi hijo sollozando entre las sábanas. Me preocupé y le pregunté qué le pasaba. Dijo que me había visto bailando y que se había sentido abandonado y muy celoso de los jóvenes. Al escuchar esta afirmación experimenté una inmediata sensación de paz interior y de satisfacción (…). Yo había ganado: él era mío. Estábamos juntos para siempre, solos. Me pareció lo más natural meterme en la cama con él para consolarlo. Sin embargo, quería demostrarle mi amor de una forma más natural. Me sentía expansiva, regocijada y excitada. Lo inicié en el arte de hacer el amor. Le enseñé durante un tiempo, paso a paso, lo que tenía que hacer y cómo lo tenía que hacer. Creé el amante más maravilloso y ambos estábamos extasiados. La situación ha durado todos estos años. Ninguno de los dos necesitaba a nadie más. Tomé todo tipo de precauciones para que pareciera que manteníamos una relación normal entre madre e hijo. Toda mi vida la he invertido en él; tengo la suficiente seguridad económica como para que esta situación dure para siempre. Nunca pensé que me traicionaría”. Pero, después de terminar la enseñanza media comenzó a dar signos de inquietud y autoafirmación. “He curioseado entre sus papeles y he descubierto que ahora los poemas están impregnados de deseos de venganza, son sarcásticos y amargos. Incluso ha maquinado un plan muy elaborado para librarse de mí. No me importa que lo haga. Tal y como ya le he dicho, si me deja me quitaré la vida. De cualquier forma, la vida es innecesaria sin él.”

Hay que destacar aquí, respecto de la escena que produce el quiebre de su hijo, su carácter de mostración perversa. Apunta a producir la división del lado de sujeto, se trata de una mostración que lo derrumba, dejándolo a su merced. Es una escena dirigida al Otro al cual, por la vía de la intrusión, divide. La mostración adquiere la forma de un secreto poseído respecto del goce, capaz de crear un amante sin fisuras. También es patente la identificación absoluta al lugar de instrumento de goce del Otro, cuya pérdida hace la vida carente de sentido. Finalmente, se sostiene en una relación a la ley que consiste, al modo perverso, en hacerse agente de la misma. En este marco, sólo consulta cuando la escena así montada corre riesgo de desmantelarse.

Esta posición perversa en la madre no es atribuible exclusivamente a los casos que toman la forma del incesto. También Gertrudis, la “madre genital” de Hamlet, recorta una figura materna que ostenta un saber sobre el goce, pasando por encima de toda ley. Impasible al fratricidio contra el rey, desposa inmediatamente al asesino. La tragedia da cuenta del estado de perplejidad en que queda su hijo, al que meramente le indica: “Mira a Dinamarca con ojos de enamorado”.

Las disciplinas corporales al que algunas madres someten a sus hijos, evocadas recientemente en la película Black Swan, también pueden ser sostenidas muchas veces desde este modo de posicionamiento materno. Aquí no se trata meramente de tomar a los hijos como fetiches, sino de hacerse literalmente instrumento del goce de otro cuerpo. La excitación no retrocede ante los datos subjetivos del partenaire-hijo sino que precisamente encuentra allí su sustento. En estos casos lo que está en juego es el goce del Otro. El perverso, en efecto, es alguien que se ofrece lealmente al goce del Otro, como modo de mantenerlo capturado en sus redes, apuntando a su fibra íntima. Y esta posición materna se traduce efectivamente en un modo de mantener en sus redes al niño. La madre deviene lo que en términos corrientes llamaríamos “la psicópata de sus propios hijos”.”

* Psicoanalista. Coautor del libro Posiciones perversas en la infancia. Texto extractado de un artículo que se publicará en el próximo número de la revista Imago Agenda.

Leído en: Página12–Psicología-17.11.2012

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2 Comments »

  1. 2
    LucyLucera Says:

    Edición Impresa | 08 de enero de 2018
    Sociedad
    08 de enero de 2018

    Dos amigas publicaron un libro, Hardcore Maternity, donde ironizan sobre el concepto sacro de ser madre

    Para bajar la maternidad del pedestal

    Esther de la Rosa y Marga Castaño produjeron una novela gráfica en la que narran las desventuras de un grupo de madres de Nueva York. Las autoras explicaron a Página12 los motivos y objetivos de la producción.

    Por Sonia Santoro

    Romper con ese misticismo es complejo, porque cualquier cosa supone saltarse las instrucciones de la buena madre.

    –¿No te dan ganas de matar a nuestras amigas sin hijos de vez en cuando?

    –Peor, me dan ganas de que queden embarazadas.

    Así reflexionan dos mujeres, mirando al horizonte como quien ve pasar la vida, mientras toman un par de copas de vino.

    De esas y otras situaciones cotidianas para mujeres con hijos e hijas, miradas con humor, está hecha Hardcore Maternity, una novela gráfica que narra las desventuras de un grupo de madres de Nueva York.

    La culpa; los malabares para cuidar a los hijos; cómo preservar un espacio donde ser mujer, individuo, sujeto sexual y madre sean posibilidades compatibles; son temas recurrentes en este libro. Sus autoras, Esther de la Rosa y Marga Castaño, son amigas. Este es el primer libro que publican. En julio de 2016 comenzaron a escribir semanalmente en un blog los episodios de Hardcore Maternity (www.hardcorematernity.com). Al cabo de seis meses, Lumen (Penguin Random House) se interesó en el proyecto y en octubre de este año se publicó como libro en España, Argentina y México.

    Esther de la Rosa es de Madrid y vive en Nueva York desde hace casi seis años. Es periodista, pero hace mucho trabajó como copy creativa en una agencia de publicidad en Madrid, donde conoció a Marga. Luego dejó la publicidad para volver al periodismo, y comenzó a trabajar en organizaciones feministas y a centrarse en promover la igualdad de género desde la comunicación.

    De la Rosa explica que el libro narra un año en la vida de una mujer de cuarenta años en Nueva York que se acaba de divorciar y que, además, es madre de un hijo. A pesar del hilo narrativo, cada episodio, son 25 en total, es independiente y aborda un tema específico: baby sitters, amigas sin hijos, sexo virtual, miedo al futuro, la culpa… Hay muchos temas cuyo denominador común es que son tratados con tono de humor y mucha ironía. Y en realidad, por encima de todo, son historias de amigas.

    Marga Castaño es de Asturias pero, dice, lleva media vida en Madrid. Cuando terminó Bellas Artes empezó a trabajar como directora de arte en una agencia de publicidad. Hace casi cuatro años armó Apéritif (www.le-aperitif.com), un estudio creativo que comparte con un socio.

    Cada una, desde sus ciudades de residencia, contestaron a las preguntas hechas por este diario.

    –¿Cómo surgió el proyecto?

    Esther de la Rosa: –La idea en realidad viene de lejos, de largas conversaciones con amigas, madres o no, acerca de cómo existe un relato único sobre la maternidad y de las expectativas que debes cumplir cuando eres madre. La maternidad se asocia a una idea de perfección e incondicionalidad que exige a las mujeres una renuncia del yo. Mientras que los hombres tienen que ser responsables, la perfección en la maternidad presupone que nosotras tenemos que ser “sacrificadas”. Ahora por ejemplo que las mujeres hemos ido conquistando posiciones en el espacio laboral, surge la idea de la súper mamá, que es una mujer que trabaja, que gana su dinero y en cierto modo es “independiente”, “liberada”, pero aún así, a esa mujer todavía se le exige que sea perfecta en cuanto a su rol (incondicional) de madre. Eso es inmutable. Así que cuando Marga vino a visitarme a Nueva York para ver cómo me iban las cosas después de haberme separado en esta ciudad, el tema de la maternidad surgió inevitablemente. Marga también es madre, nos quedamos embarazadas al mismo tiempo, nuestros hijos son amigos… hablando de ello, comentándole cómo había cambiado mi vida y cómo me he ido rodeando de otras mujeres, separadas o solas, que no quieren renunciar a su vida personal a pesar de ser madres. Con ellas he forjado una gran amistad y una red de solidaridad, y no sólo para ayudarnos con la crianza y los temas logísticos de ser mamá; sino también para sobrellevar nuestras crisis personales, profesionales y vitales en general.

    Nos dimos cuenta de que había un lado de la maternidad del que no se hablaba mucho. Marga es una excelente directora de arte e ilustradora, así que se nos ocurrió hacer un cómic sobre este ángulo, de mujeres que simplemente no quieren renunciar a su libertad personal, de mujeres que se lo pasan bien y que se olvidan en ese momento de que son madres; parece algo sencillo, pero esta simple actitud desafía la idea de mamá perfecta y abnegada, y pasas a la categoría de “mala madre”.

    Marga Castaño: –Si antepones tu papel como mujer en la balanza probablemente seas cuestionada porque no es algo que se espere de una buena madre. Nos parecía que había mucho que contar porque es algo de lo que precisamente no se habla cuando se habla de maternidad, así que nos pusimos manos a la obra y cuando volví a Madrid ya tenía los primeros guiones borrador de Esther en la bandeja del mail.

    –¿Por qué la maternidad es hardcore?

    E. R.: –Es tal el ADN cultural que nos han insertado a las mujeres sobre la maternidad que hoy en día, cuando de repente tenemos un hijo o una hija, muchas nos miramos incrédulas porque nos damos cuenta de que esa idea de que es algo natural a nosotras mismas, es mentira. No es natural, para nada. Y no digo que antes fuera fácil, porque nunca lo fue, pero el relato generalizado es que la maternidad es algo innato. Y no lo es. Una cosa es la capacidad biológica, y otra es que sea un don sagrado, casi místico según el relato cultural generalizado.

    M. C.: –Por un lado desde pequeñas escuchamos que el fin de una mujer en la vida es ser madre y parece que cuando cumples equis años si no has tenido hijos eres una mujer incompleta. Esto es el caldo de cultivo de muchas frustraciones, tanto en mujeres que quieren tener hijos y no pueden como en las que no lo tenían del todo claro y quizá no estén tan contentas de haberlos tenido. Si a esto unimos que seguimos siendo nosotras las que renunciamos, las que tomamos las reducciones de jornada y sueldo, las excedencias, las que nos encargamos del cuidado en definitiva, claro que es hardcore. Además, todo esto, tenemos que hacerlo sin malas caras y por supuesto sin pensar en nosotras mismas, en cómo puede repercutir en nuestra persona, en nuestras carreras… eso sería muy egoísta.

    –Parece un tema remanido pero sigue tan vigente como hace décadas. ¿Creen que se aggiornó de alguna forma?

    E. R.: –Lamentablemente, es un tema que sigue absolutamente vigente porque la maternidad es el lugar donde las mujeres estamos “en nuestro sitio”. Más que de la mística de la feminidad yo hablaría de la mística de la maternidad, porque al final la sociedad presupone que la misión última de las mujeres es ser madres. Desde que somos pequeñas nos entregan una bola de cristal muy linda en la que nos miramos y nos vemos, en el futuro, siendo madres. Y las que acaban decidiendo no ser madres, porque no quieren o porque no pueden, da lo mismo, porque ellas son las no-madres. Digamos que ellas se quedaron a medias. Romper con ese misticismo es complejo, porque cualquier cosa que hagas supone saltarse las instrucciones de la buena madre. Y ni siquiera tienen que cuestionarte los demás, porque nosotras mismas nos boicoteamos cada vez que salta ese mecanismo llamado culpa.

    M. C.: –Sí, sigue muy vigente, de hecho cada vez que te reafirmás como “algo más que madre” saltan las alarmas. Incluso nosotras mismas tenemos nuestros propios conflictos cuando te anteponés a tu hijo, y te sientes mal aunque estés haciendo lo correcto según tus convicciones. No es fácil romper con todo lo que se da por hecho alrededor de la maternidad, son muchos años de vestir muñecas, muchos años preparándonos para esto.

    –En Argentina desde hace unos años vienen apareciendo algunos libros que cuestionan la maternidad edulcorada. ¿Cómo está el tema en España y EE.UU.?

    M. C.: –Quizá ahora se está empezando a hablar más de la maternidad en otros términos, desde presentadoras que cuentan su experiencia personal no tan placentera, a iniciativas como el Club de las Malas Madres, o publicaciones varias donde no todo es color de rosa. Pero desmitificarla o hablar de ella desde un enfoque más realista y sincero en el que las mujeres nos sentimos algo más que cuidadoras abnegadas no es algo que guste, estás yendo contra natura. Eres cuestionada y te conviertes en objeto de opinión, y no de la “buena” precisamente.

    E. R.: –En Estados Unidos en los últimos dos años comienza a haber series como SMILF o alguna película que plantea otra visión. Pero es una sociedad en general, muy tradicional en cuanto a la familia, así que es muy difícil hacer brechas en el discurso dominante, sobre todo cuando después te bombardean con mensajes que siguen ofreciendo ese discurso monolítico sobre la maternidad. En España también están empezando a surgir iniciativas tipo las que contaba Marga, El Club de las Malas Madres, o programas de televisión y en algunos periódicos se abren secciones sobre otras maternidades y paternidades, así que parece que poco a poco se van abriendo brechas. Pero en cuanto cuestionas el modelo, aunque sea tímidamente, la maquinaria se pone en marcha y de repente eres una mala madre. Por eso nosotras utilizamos el humor, porque pensamos que es una forma efectiva para quitarle el peso al concepto de maternidad.

    –La violencia de género parece instalada ya en la opinión pública como un problema social. ¿Qué creen que hace falta para que el mandato de la maternidad obligatoria y estereotipada sea puesto en cuestión por la sociedad?

    E. R.: –Como en todo, hacen falta políticas públicas transformadoras en todos los niveles, ya sea a nivel educativo, económico o social. Por ejemplo, es necesario avanzar en un modelo real de corresponsabilidad para que el cuidado de los hijos no recaiga exclusivamente en las mujeres. En España, y a nivel europeo, hay una plataforma muy interesante, Ppiina (Plataforma por los permisos iguales e intransferibles de nacimiento y adopción), que defiende que los permisos por maternidad deben ser iguales para hombres y mujeres y pagados al 100 por ciento por el Estado. Esto supone que el rol de cuidar no recae solo en las mujeres, y así los hombres también reciben su cuota para cuidar e involucrarse emocionalmente y logísticamente en el cuidado de los y las hijas. A nivel económico, el mercado laboral no perdería a tantas mujeres que dejan de trabajar o que piden medias jornadas; además, las empresas no preferirían contratar a hombres porque las mujeres pueden quedarse embarazadas, ya que ambos sexos gozan de la misma baja. En definitiva, creo que la cuestión es que las políticas en lugar de dirigirse a facilitar que las mujeres ejerzan su rol de madres, deberían enfocarse a involucrar a los hombres en el cuidado.

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