Feliz día a los que hoy festejan el AMOR!

Febrero 14. En el Día de los Enamorados / San Valentín… Felicidad a toda la gente linda de esta comunidad!

Imagen de fondo: freepik

Los hombres no son islas – Thomas Merton

Releyendo del archivo/2010…
Fragmento sobre el amor al prójimo, a sí mismo y a Dios.

Islas-donne“El hombre está dividido contra sí y contra Dios por su egoísmo que lo divide de sus hermanos. Esta división no puede ser sanada por un amor que se coloca solitario en uno de los dos lados de la hendidura; el amor debe alcanzar ambos lados para poder juntarlos.

No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a los otros; y no podemos amar a otros si no nos amamos a nosotros mismos. Mas un amor egoísta de nosotros mismos nos vuelve incapaces de amar a otros. La dificultad de este mandamientoAmarás a tu prójimo como a ti mismo«) radica en la paradoja de que tendríamos que amarnos inegoístamente porque aun el amor a nosotros mismos es algo que debemos a otros.

Esta verdad nunca es clara mientras presumimos que cada uno de nosotros, individualmente considerado, es el centro del universo. No existimos sólo para nosotros, y únicamente cuando estamos plenamente convencidos de esta verdad comenzamos a amarnos adecuadamente y así también amamos a otros.

¿Qué quiere decir amarnos adecuadamente? Lo primero, desear vivir, aceptar la vida como un inmenso don y un gran bien, no por lo que ella nos da, sino porque nos capacita para dar a otros.

El mundo moderno empieza a descubrir cada vez más que la calidad y la vitalidad de la existencia del hombre dependen de su voluntad secreta de vivir. Existe dentro de nosotros una fuerza oscura de destrucción, que alguien ha llamado el «instinto de la muerte«. Es algo terriblemente poderoso esta fuerza engendrada por el amor propio frustrado que lucha consigo mismo. Es la fuerza del amor de sí mismo que se ha vuelto aborrecimiento de sí mismo, y que, al adorarse, adora el monstruo en que se consuma.

Es, pues, de importancia suprema que consintamos en vivir para otros y no para nosotros mismos. Cuando hagamos esto, podremos enfrentarnos a nuestras limitaciones y aceptarlas. Mientras nos adoremos en secreto, nuestras deficiencias seguirán torturándonos con una profanación ostensible. Pero si vivimos para otros, poco a poco descubriremos
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Enseñanzas del monje vietnamita Thich Nhat Hanh (vía Página 12)

Sobre aprender el arte del sufrimiento…

Thich Nhat Hanh

Por Guillermo Saccomano* – 6 de febrero de 2022

En las noches de verano, la ventana del cuarto abierta al bosque, puede escucharse el mar. También, como si se tratara de un secreteo, algún búho. El silencio, me doy cuenta, no lo es tanto. La prueba está en el eco de las olas, incesantes, persistentes, a veces más alto, a veces más bajo. “Tú que vives entrañadamente afuera/ tal vez puedas decirme/ dónde comienza el ojo de la muerte”, había leído en un poema de Roberto Juarroz. “Yo quiero que me digas/ si también allá afuera/ el tiempo de la muerte ha terminado”. Permanecí despierto hasta tarde en esa incógnita cuya respuesta, si la hay, quizás convenga buscarla en otro lado.

Fue en el primer otoño de la peste, en la librería Del Norte, en Olivos. Una mañana de lluvia entré a guarecerme de la tormenta. El local es chico, pero asombra su provisión abundante y variada de temas, géneros. Me llamó la atención un título: Silencio. Carlos, el librero, un experimentado del mundo editorial, me comentó que lo llevaban mucho los practicantes de yoga. Apenas me puse a curiosearlo comprobé que, bajo la superficie “new age” del libro, había algo más en su fondo. Y empecé a indagar sobre su autor, Thich Nhat Hanh.

Su biografía no era la que cualquiera podía conjeturar de un monje zen. Nacido en Quảng Ngãi en Viet Nam Central en 1926, Nhat Hanh, a los dieciseis ingresó en el monasterio de Từ Hiếu, cerca de Hué. En el 56 ya era editor jefe de un periódico que bregaba por la unificación del país. En los años siguientes fundó una escuela budista y un servicio de ayuda a las zonas rurales para crear escuelas, levantar hospitales y reconstruir pueblos. El activismo y una intensa labor intelectual lo llevaron a Princeton y Columbia. 

En los años 60, mientras enseñaba budismo en las universidades norteamericanas, mientras en su país los monjes se inmolaban incinerándose en las calles reclamando el fin de la guerra, propuso generar comunidades pacifistas, y trabó contacto con Martin Luther King, que lo recomendaría como Premio Nobel de la Paz para 1967, pero ese año, plena Guerra de Vietnam, el comité decidió no otorgar el galardón. En tanto, en Vietnam, su servicio de ayuda era acusado de comunista y perseguido. 

En 1969, Hanh integró la Delegación Budista por la Paz en las conversaciones de negociación de la paz celebradas en París. Cuando los acuerdos se firmaron en 1973 a Nhat Hanh, Viet Nam le negó el retorno a su país y debió permanecer exiliado. A la vez, aunque sectores pacifistas lo seguían, Nhat Hanh resultaba molesto para Estados Unidos al ponerse del lado de los negros y los veteranos de guerra. Finalmente se afincó en Francia y formó una comunidad monástica. Nunca dejó de denunciar el poder armamenticio, el carácter gendarme de los Estados Unidos y, asimismo, de criticar a su propio país que, recién cuando hace unos años padeció un acv, le permitió regresar al templo donde habría de morir a los noventa y cinco y ser despedido por sus discípulos y una multitud de seguidores.

“Meditar no es huir de la sociedad”, sostiene Nhat Hanh, “es regresar a uno mismo y ver qué está pasando. Una vez que hemos visto, debemos actuar. La plena conciencia nos ayuda a saber qué hacer y qué no hacer a fin de ayudar”, escribió. A sus ensayos los coherentiza la preocupación por el dolor, los otros y la cura de las heridas emocionales cuales sean. Todos somos víctimas de algo o de alguien, de un sistema, de un empleo, de una familia, de una pareja. Todos, sin excepción, venimos de algún daño. Intentemos reparar, plantea Nhat Hanh. No importa si se es cristiano, judío o musulmán. Su intención filosófica se transmite a través de prácticas sencillas: la respiración y la meditación.

Aunque su planteo parezca ingenuo, conviene detenerse un momento en sus argumentos. “Es mucho el sufrimiento que suelen generarnos las nociones de nacimiento y muerte o de ir y venir”, escribió. “Nuestra verdadera naturaleza está más allá del ir y del venir. Si tenemos miedo a la muerte es porque no entendemos que en realidad las cosas no mueren. Existe la tendencia a pensar que podemos eliminar aquello que nos desagrada y, por este motivo, se queman aldeas, se matan personas. Pero destruir a alguien no reduce a esa persona a la nada. Su espíritu perdura. Según la sabiduría budista la permanencia o la inmortalidad son nociones equivocadas. Todo es fugaz. Todo transitorio. Y está cambiando de continuo. Nhat Han recuerda a Lavoiser: “Nada se pierde, todo se transforma”. Puedo sentirlo respirando la noche, la ventana abierta al bosque, prestándole atención a una quietud que no es tal: ahí está el susurro de una brisa, el ramaje de las tacuaras, un grillo, y profundo, el mar, su movimiento perpetuo.

En cada uno de sus textos Nhat Hanh consagra la atención como un milagro cotidiano a lograr, algo tan simple como la conciencia de estar aquí en cada paso, cada gesto, la unión de cuerpo y mente. Se puede meditar caminando, dice. Simplemente se trata de caminar con los pies y no con la cabeza. Lejos de ser conformista, un tipo que no acepta la realidad tal cual se presenta, Nhat Hanh acostumbra a ir contra la corriente, y cuestiona la preceptiva del Dalai Lama, autor de El arte de la felicidad. Lo que necesitamos, propone Nhat Hanh, “es aprender el arte del sufrimiento. La idea de la felicidad completa es peligrosa porque en la ausencia del dolor y el sufrimiento la comprensión y la compasión son imposibles. Es ingenuo pensar en la existencia de un lugar sin sufrimiento. Precisamente, el camino que conduce a la cesasión del sufrimiento pasa por el sufrimiento”. En este punto, Hanh suena dostoievskiano: “Todos estamos en el infierno, todos nos acostumbramos a su calor”, afirma con respecto a las miserias y padecimientos de lo cotidiano.

Nhat Han suele ejemplificar sus ideas con citas literarias. Por ejemplo, El extranjero de Albert Camus. Mersault, su protagonista, al enterarse que será ejecutado, repara en el tragaluz de la celda. Tiene la impresión de no haber visto nunca antes el cielo. A partir de ese instante, Mersault, acostado en su camastro, dedicará los tres días que le quedan a observarlo y reflexionar el sentido de su existencia. Cuando un sacerdote viene a visitarlo Mersault se niega a recibirlo. “El cura, dice, vive como un muerto, no como yo, que estoy realmente vivo”. Así como cita a Camus para ejemplificar su pensamiento, Hanh también menciona al poeta René Char: “Si habitas un instante, habitarás la eternidad”. También, a menudo Nhat Hanh recurre a situaciones en apariencia paradojales: “Para que crezca una flor de loto –dice– es necesario el fango. Pues bien, el sufrimiento es el fango necesario para alcanzar la felicidad”. Ni blanco ni negro, ni bien ni mal, contra cualquier dicotomía, en su pensamiento, Nhat Hanh va contra las polarizaciones igual que Roberto Juarroz en otro de sus poemas: “El fondo de las cosas no es la muerte o la vida. /El fondo es otra cosa/ que alguna vez sale a la orilla”. 

Leído en: https://www.pagina12.com.ar/399882-ensenanzas-del-monje-vietnamita-thich-nhat-hanh
*https://www.pagina12.com.ar/autores/842-guillermo-saccomanno

Darío Sztajnszrajber: «El único amor verdadero es el amor imposible» (vía Página 12)

Por Oscar Ranzani – 3 de febrero de 2022

Darío Sztajnszrajber tiene una gran virtud: facilita la comprensión de aspectos que, a priori, son difíciles. Su manera de pensar la filosofía lo ha acercado a un público masivo, y demostró que no necesaria ni exclusivamente la divulgación de la filosofía debe estar enclaustrada en las academias. … la charla Deconstrucciones: el amor, el poder y la muerte, en Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131) para desanudar algunos conceptos clave que atraviesan a todos y todas.

¿Cuál de los dos temas son los más importantes para el ser humano? ¿El amor o la muerte? “Cuando das una clase de filosofía y nadie te está atendiendo, se sabe que hay tres temas que automáticamente generan la atención de todos: la muerte, Dios y el amor. Es instantáneo. Nadie te está escuchando y de repente arrojas por ahí un ‘¿Saben que la muerte es inminente, o sea que cualquiera puede morirse ahora?’. Y tenés a todo el mundo con la disposición a pleno”, señala el filósofo en diálogo con Página/12.

Para Sztajnszrajber, la muerte “es un tema más capital, más raigal porque es la que nos define en términos de finitud”. “O sea, somos lo que somos porque morimos”. El filósofo recupera a Byung Chul Han, quien juega en un libro con la idea de “muero, luego existo”. “El morir nos estructura, delinea un determinado tipo de existencia, tanto individual como social. Y no es casual que nos hayamos convertido en una especie que niega a la muerte, o sea, que se niega a sí misma. No hacemos otra cosa que esquivarla, que huirle en el sentido de no pensar en ella”. Sztajnszrajber cita también a Platón: “La filosofía es un ejercicio para la muerte”. “Haciendo filosofía no resolvemos el problema de la muerte sino que convertimos nuestra existencia en problemática, dado el hecho de que nos vamos a morir”, dice el autor de Filosofía a martillazos, entre otras publicaciones.

“El amor es ese deseo por querer por un lado comprender este límite, pero también por trascenderlo. Creemos que amando podemos trascender a la muerte. A veces siento que depositamos en el amor demasiado poder salvífico. Tal vez la pregunta sería: ¿cuál de ambas ausencias nos transformaría en algo no humano? Ambas nos convertirían en otra entidad, nos transformarían ontológicamente. Tanto un ser humano que ya no muere como que ya no ama. Yo no lo vería como algo distópico sino como un interesante ejercicio de reflexión sobre nosotros y nuestra actualidad”, plantea.

-Los psicoanalistas suelen decir que la elección del amor es siempre inconsciente. ¿Vos qué pensás?

-Lo extraño es que el pensamiento crítico suele ser muy desenmascarador de los modos en que el sujeto moderno se cree libre y autónomo, pero con el amor deja toda crítica de lado, ¿no? Parecería que cuando elegimos lo que sea, en realidad nos están induciendo a elecciones a partir de dispositivos previos que nos condicionan, pero cuando te enamorás creés realmente que es un sentimiento auténtico que nace de tu “corazón”. Hay algo incalculable en el amor. Incalculable, inconveniente y hasta injusto. No hay cuenta que nos garantice de quién conviene enamorarnos. En general suele ser al revés: nos enamoramos de lo más inconveniente mientas que lo más conveniente no nos despierta ninguna atracción. Ni tampoco el amor es un ejercicio volitivo, una decisión de la voluntad. Yo digo “vamos para allá” y mi cuerpo me responde, pero digo “acá mejor no te enamores” y no solo el cuerpo no me responde, sino que parece estar esperando esta deliberación para actuar exactamente al revés. No hay meritocracia en el amor. Nadie se enamora porque hizo bien las cosas. Hay algo a destiempo siempre en el amor. Justamente su poder está en que se nos escapa permanentemente de lo que queremos que suceda.

-¿Se puede responder desde la filosofía la pregunta acerca de qué es lo que hace que un sujeto se enamore?

-La teoría del amor como búsqueda de la otra mitad nos hizo creer que cuando uno llega a un vínculo realmente recorrió un amplio margen de posibilidades, pero la endogamia es total. Solemos enamorarnos de alguien muy cercano y no solo en lo territorial sino sobre todo en su identidad. Solemos enamorarnos de alguien muy parecido a nosotros. De ahí el éxito de la metáfora de la otra mitad que si es mi otra mitad, es similar a mí. ¿De quién me enamoro en la metáfora de la otra mitad? ¿Por qué estoy buscando algo demasiado cercano a mí mismo? Es en este acto que pierdo la posibilidad de encontrarme con el otro y a mí me interesa un amor cuyo propósito sea esa relación conflictiva con el otro. En la idea de la otra mitad suelo proyectar mi necesidad sobre el otro y convertirlo en lo que yo necesito que el otro sea. Y de ese modo, lo anulo al otro, lo «desotro». Termina siendo un amor con uno mismo que usa al otro para su necesidad. Creo que el amor es el otro. Y el otro nunca cierra. El amor es conflicto porque se encuentran dos diferencias que para seguir siendo singulares nunca tienen que cerrar. De ahí que el único amor verdadero sea el amor imposible…

-¿El deseo tiene sentido porque existe la muerte? Porque si no existiera la muerte habría tiempo de concretar todos los deseos probablemente…

-Ja. Dicen también que si no existiera la muerte, directamente no existiría el deseo. Recuerdo el famoso cuento de Borges, “El inmortal”, donde un ser inmortal permanece recostado más de 80 años hasta que se confunde con el suelo. Cuando Heidegger define el ser para la muerte lo que nos propone es realmente pensar que el acontecimiento de nuestro propio morir delinea, define y determina todo lo que hacemos. Por eso el sustraernos de la muerte sería tan revolucionario: no se trataría de dejar de morir y ya, sino de un cambio en la ontología misma del mundo. A tal punto que hoy no podemos ni siquiera imaginarnos ese hecho, ya que lo pensamos desde categorías propias de la finitud. El día que seamos infinitos, nada de lo que pensamos desde lo finito, creo, se mantendrá en pie. Por eso hay mucha resistencia y muchos que defienden el carácter finito de lo humano como un valor. Hay que defender la conciencia de finitud frente a aquellos que se aprovechan de nuestro miedo para bajar su línea, pero claramente no hay mañana que no me despierte con la angustia de saber que en cualquier momento me puedo llegar a morir…

-El ser humano es el único ser vivo que no acepta su límite como ser biológico. Por eso siempre van existir las religiones y las drogas porque toda idea que le proponga al ser humano un más allá siempre lo va a convencer. ¿Vos qué pensás?

-El modo en que pensamos el más allá está contaminado por el modo en que nos imaginamos ese mas allá desde este más acá. Creo que primero hay que ir por una deconstrucción de esta soberanía humana demasiado creída de sí misma. Los límites no necesariamente tienen que ver con la muerte e igual no los aceptamos. A mí lo que me sorprende es la demasiada confianza que tenemos en todo lo que nos pasa. La finitud tiene que ver con la muerte, pero también con este tipo de cuerpo, de movimiento, de estar arrojados a cierta forma de pensar y sobre todo de hablar. La palabra nos marca un límite. Y el límite es antes que nada frente a la concepción muy de nuestra cultura de que lo podemos todo. De hecho al Dios que inventamos lo hicimos omnipotente. Feuerbach decía que toda teología es una antropología. Resistirnos a los límites es una cuestión de poder. Adán y Eva no “pecan” por curiosos, sino claramente por una cuestión de poder…

Leído en: https://www.pagina12.com.ar/399301-dario-sztajnszrajber-el-unico-amor-verdadero-es-el-amor-impo

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