Palabras. Saramago

Leyendo poemas de amor

Olvidemos las palabras, las palabras:
Las tiernas, caprichosas, violentas,
Las suaves de miel, las obscenas,
Las febriles, las sedientas, las hambrientas.

Dejemos que el silencio dé sentido
Al latir de mi sangre en tu vientre:
¿Qué palabra o discurso lograría
Decir amar en la lengua de la semilla?

José Saramago  (escritor, novelista, poeta, periodista y dramaturgo portugués, 1922/2010) – Las palabras de amor – Poesía Completa – Alfaguara – Bs. As. – 2005.

Fall. 18-06-2010

Poemas de Julia Prilutzky Farny

Julia Prilutzky Farny, poetiza, nació en Kiev, el 7 de mayo de 1912, creció en España, adoptó la ciudadanía argentina, falleció en Buenos Aires en 2002.

Alguna vez, de pronto, me despierto…

Alguna vez, de pronto, me despierto:
Un dolor me recorre tenazmente,
un dolor que está siempre, agazapado,
por saltar, desde adentro.
Entonces tengo miedo.
Entonces, me doy cuenta que estoy sola
frente a mí, frente a Dios, frente a un espejo
lleno de mis imágenes,
de rostros polvorientos.

Estoy sola, pero siempre estoy sola:
Es lo único cierto.
El amor era un huésped,
la soledad es siempre el compañero
que permanece al lado, inconmovible.
Lo único seguro, verdadero.
Oigo mi corazón, vieja campana
que dobla y que golpea,
que rebota en las sienes y en la nuca
y en la boca y los dedos.
Es cierto, tengo miedo.
Miedo de no poder gritar, de pronto,
de que ya sea demasiado tarde
para un ruego.
La costumbre ahoga las palabras
y alarga el desencuentro.
Ah, tantas cosas quedarán ocultas,
perdidas, sin recuerdo,
tantas palabras que no fueron dichas,
tantos gestos.

Unos dirán: Yo sé, la he conocido,
fue una ardiente rebelde,
se desolló las manos y la vida
por defender los que creyó más débiles.
Otros dirán: Yo sé, la he conocido,
era dura, malévola,
avara de ternura, con la boca
mostraba su desprecio.
Alguien dirá: Y cómo sonreía…
Qué importa
lo que vendrá después del gran silencio.
Claro que tengo miedo.
Así, en la madrugada
mientras algún dolor -un dolor, siempre-
va hincando sus agujas en mi cuerpo,
abro las manos en la sombra dulce
para atrapar mi soledad, de nuevo,
y me quedo a su lado, sin moverme,
con los ojos abiertos
la vida detenida.
Toda mi sangre es un temor inmenso.

Cómo decir, amor, en qué momento…

Cómo decir, amor, en qué momento
te rompes dulcemente entre las manos,
sin quejas, sin recuerdos, sin arcanos
y tal vez sin temor ni sufrimiento.

Cómo volver a amar, qué sentimiento
de elementos divinos o profanos
puede reverdecer entre desganos,
en la etapa final del desaliento.

Pregunta al corazón por qué no cree,
pregúntale al mirar qué cosas lee,
pregunta al labio cruel por qué no besa,

y te dirán, sin duda, su fatiga
del amor fiel o la pasión mendiga,
su falta de esperanza o de sorpresa.

Cómo decir de pronto…

Cómo decir de pronto:
tómame entre las manos,
No me dejes caer. Te necesito:
acepta este milagro,
tenemos que aprender a no asombrarnos
de habernos encontrado,
de que la vida pueda estar de pronto
en el silencio o la mirada.
Tenemos que aprender a ser felices,
a no extrañarnos
de tener algo nuestro.
Tenemos que aprender a no temernos
y a no asustarnos
y a estar seguros.
y a no causarnos daño.

Dame tu brazo, amor, y caminemos…

Dame tu brazo, amor, y caminemos,
dame tu mano y sírveme de guía.
Ya no quiero saber si es noche o día:
mis ojos están ciegos. Avancemos.

Dame tu estar, amor, en los extremos,
tu presencia y tu infiel sabiduría:
por los caminos de la sangre mía
ya no sé si es que vamos o volvemos.

Y no me digas nada. No es preciso.
Deja que vuelva al pórtico indeciso
desde donde no escucho ni presencio:

Todo fue dicho ya, tan a menudo,
que ahora tengo miedo, amor, y dudo
de aquello que está al borde del silencio.

Dile que no me tema, amor, y dile…

Dile que no me tema, amor, y dile
que estoy a su lado como el aire,
como un cristal de niebla o como el viento
que se aquieta la tarde.
Dile que no me huya, amor, y dile
que no me vuelva a herir, que no me aparte,
que soy el brillo húmedo en sus ojos
y el latido en su sangre.
Dile que no me aleje, amor, y dile
que yo soy el umbral de su morada,
el agua de su sed
y aquel único pan para su hambre,
Dile que no se oculte, amor, y dile
que ya no tengo rostro ni señales
de haber vivido antes de quererme.
De haber vivido, antes.
Dile que no recuerde y dile
que no respire, amor, sin respirarme.

En el agua empozada te apareces…

En el agua empozada te apareces.
Tu imagen se empecina
y el viento la sacude sin borrarla
y el rumor de las hojas
vuelve a clamar tu nombre,
mientras tu rostro surge como máscara
sobre todos los rostros de la tierra
y tu caricia brota en toda mano.
Perfiles desgarrados
en el agua tiritan:
¿cómo llamarte ahora, con qué nombre
-muerto de toda muerte,
sonrisa desterrada,
inviolado temblor que se desliza-,
si ya no queda nada más que arena?
Y nada más que cielo
sobre el dormido estanque
donde voy rastreando
qué queda de tu vida. Y de la mía.
¿Cómo clamar tu réplica perdida,
tu lapidado corazón en llamas,
tu aventada ceniza,
tu amor que no fue entero ni entregado,
la no ardida pasión, no devorada,
la piel que ya no existe,
el detenido impulso de la sangre
y la petrificada melodía
de tu voz sin matices?

Está bien. Seré dulce y obediente…

Está bien. Seré dulce y obediente
o lo pareceré. Te da lo mismo:
Necesita, de pronto, tu egoísmo
que yo me quede así, sumisamente,

Sin sufrir, sin dolor, sin aliciente,
sin pasiones al borde del abismo,
sin mucha fe ni un gran escepticismo,
sin recordar la esclusa ni el torrente.

Necesitas las llamas sin el fuego,
que el fuego del amor no sea un juego
y que esté el rayo aquí, sin la tormenta.

Quieres que espere así, sin esperarte,
que te adore también sin adorarte
y estar clavado en mi, sin que te sienta.

Este amor que se va, que se me pierde…

Este amor que se va, que se me pierde,
esta oscura certeza de vacío:
mi corazón, mi corazón ya es mío
sin nada que le implore ni recuerde.

De pronto, vuelve a ser un fruto verde
sin madurez, ni aroma en el rocío:
ay del que quiere apresurar su estío,
ay de aquél que lo besa o que lo muerde.

Yo sé que algo persiste, todavía.
Pero no existen ya ni la alegría
ni la embriaguez radiante ni la lumbre

ardiendo en la mirada y en los labios.
Ni exaltación ni búsqueda ni agravios:
apenas una cálida costumbre.

Este miedo de ti, de mí… de todo…

Este miedo de ti, de mí… de todo,
miedo de lo sabido y lo entrevisto,
temor a lo esperado y lo imprevisto,
congoja ante la nube y ante el lodo.

Déjame estar. Así. ¿No te incomodo?…
Abajo ya es la noche, y hoy has visto
cómo acerca el temor: aún me resisto
pero me lleva a ti de extraño modo.

Déjate estar. No luches: está escrito.
Desde lejos nos llega, como un grito
o como un lerdo vértigo rugiente.

Me darás lo más dulce y más amargo:
una breve alegría, un llanto largo…
sé que voy al dolor. Inútilmente.

Este sabor de lágrimas

Gris y más gris. No estás, y yo estoy triste
de una tristeza apenas explicable
con palabras, y de una imperturbable
soledad, que por ti nace y existe.

Siempre de gris, mi corazón se viste:
polvo y humo, ceniza abominable,
y la envolvente bruma irrenunciable
que estaba ayer. Y hoy. Y que persiste.

Gris a mí alrededor. Contra mi mano
la nube espesa se va abriendo en vano
porque el fuego que soy, no está encendido

y hay niebla en lo que miro y lo que toco.
Ah, yo no sé… Tal vez te odio un poco
porque está gris, y llueve, y no has venido.

Frente al misterio estoy, de nuevo alerta…

Frente al misterio estoy, de nuevo alerta,
frente al amor quizá, frente al oscuro
despertar sin urgencia y sin apuro.
pero la mano tiembla ante la puerta.

Yo creía estar muerta. Yo estoy muerta:
nada hay en mí tan cierto o tan seguro.
Pero crece mi sombra contra el muro
y la mano se extiende. Y está abierta.

¿Cómo será su amor –amor– conmigo,
cómo ha de ser: espectador, testigo
o superado actor del viejo drama?

¿Cómo será ese afán que me despoja,
su esperanza, su grito, su congoja,
y cómo las cenizas de su llama?

Lluvia

Llueve otra vez. Llueve de nuevo. Llueve:
siempre el amor me llega con la lluvia.
Sobre la calle una llovizna breve
y aquí en mi corazón, cómo diluvia…

Llueve. Y el agua cae sin relieve
sobre las piedras, ávidas de lluvia.
Aquí en mi corazón, cómo remueve;
aquí en mi corazón, cómo diluvia.

Siempre el amor me llega así. Sin ruido,
con silencioso paso estremecido:
niebla menuda que después diluvia.

Siempre el amor me llega así, callado,
con silencioso andar desesperado…
Y no sé dónde estás. Y está la lluvia.

Ni una palabra quedará, siquiera…

Ni una palabra quedará, siquiera,
amor que eras mi amor, que eras mi vida.
Ya no te digo adiós, ni hay despedida
ni volveré a llorar por lo que fuera.

Dónde quedó el terror frente a la espera,
dónde el pretexto fácil de la huida:
estoy de pronto, como adormecida,
brazos ausentes, párpados de cera.

Amor que eras mi amor, estas tan lejos
que tu imagen se vela en los espejos
y está la niebla donde había llamas.

Oigo que rondas pero no te veo,
vuelvo a escuchar tu voz, pero no creo.
Ya no importa si estás ni si me llamas.

No amarse ahora, pero haber amado…

No amarse ahora, pero haber amado.
Y encontrarse otra vez… Recuerdo grave
como el de alguna flor de aroma suave
que se mustia en un libro ya olvidado.

Va surgiendo el recuerdo desvelado:
una palabra, un gesto… Es una clave
que nadie descifró, que nadie sabe;
recinto nuestro, cántico inviolado.

Estamos en silencio, frente a frente.
Y sin verte, yo sé que me has mirado
con no sé qué recuerdo transparente

en los ojos lejanos… No has cambiado.
Y es dulce estarse así, indolentemente,
pero no amarse ya. Haberse amado.

No es el amor, lo sé, pero es de noche…

No es el amor, lo sé, pero es de noche
y yo estoy sola, frente al mar que espera
con las uñas viscosas de sus algas
y el sello de la sal sobre sus piedras:
sin cesar, desde el agua y las espumas
mil ramajes de brazos me recuerdan
que aguardan todavía
tendiéndome su ausencia.
Las mismas olas que devoran barcos,
que van hundiendo mástiles y velas,
tiran siempre de mí
salvajemente
ceñidas, enroscadas, como cuerdas.

No es el amor, lo sé, pero qué importa:
tiene su mismo rostro hecho de niebla
y su temblor febril y su acechanza,
tiene sus manos blandas que se aferran
con dura precisión.
Tiene su misma insólita presencia
con el prestigio de un fulgor pasado
y la futura soledad que empieza.
Tiene sin duda del amor la insidia
y el desgajado abandonar reservas
hasta quedar desnudo
como un árbol reseco.
Tiene el rondar la sangre
como un fantasma hambriento
sobre la inaccesible piel del mundo,
lamiendo inútilmente su corteza,
desesperado, ávido,
con la exacta impaciencia
del querer, del después,
del otoño y la espera.
Y aquel recomenzar desde la bruma
que es su signo quizá.
Y su señal más cierta.

No sé cuándo ha llegado:
es como un viejo amigo que regresa
con el rostro cambiado por los viajes,
las fiebres, el alcohol, las peripecias.
Reconozco sus rasgos,
su voz que ha enronquecido, pero es ésta,
su antigua voz que dice otras palabras
semejantes a aquéllas.
No es el amor, lo sé, y sin embargo
es su paso otra vez, y las caricias
recobran los caminos sin urgencia.
No hay palabras, y puedo estar callada:
todo es tan simple así, tan sin sorpresa
y es tan fácil estar, tan necesario.
No es el amor, tal vez. ¿Y si lo fuera?

No quiero esto de andar enamorado…

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Proverbio taoísta (vía Akikaze-Akizuki)

Qué difícil!

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“Pájaro sin Alas” (enviado por un lector)

Leyendo poemas

Pájaro sin alas
Sin árbol y sin nido
Anidas en el hastío
De una ciudad sin alma
En su negra y profunda calma
Duermes tu sosiego
Se queman en el ardiente fuego
Tus sueños y tus desvelos
Cruzan por el negro cielo
Mil pájaros ciegos
Negra tormenta color luto
Como el árbol que no da fruto
Morirán quemados
En el abrupto Acantilado
De la grieta encendida
Que llevo en mi alma partida,
Vieja guarida
Donde se funden mis anhelos
Rincón sin cielo
Sin nubes y sin sol
Como un viejo farol
Se apagara su triste arrebol
En el silencio sombrío
En una noche de frío,
El viento con su hiriente silbido
Cantara la muerte del Poeta y Mendigo
Entre las desnudas sombras
Que caminan heridas
Por las calles esparcidas
Como una maldición
Sin dueño caminan solitarias
Calladas y moribundas
Por las calles vacías.

Mario Anónimo, que es un antiguo lector que, de vez en cuando, nos envía uno de sus poemas. Y, hasta ahora, no nos ha dicho su verdadero nombre… se ve que le gusta mantener el misterio… Igual, le agradecemos y enviamos nuestros mejores deseos. Fdo: Norma Luz, la bloguera de aquí.

Plegaria judía pidiendo misericordia y protección (ante la pandemia)

Más allá del credo o no-credo que profesemos… podemos adaptarlo con nuestras propias palabras…  

“Que sea Tu voluntad nuestro Di-s y Di-s de nuestros antepasados, para que llenes de misericordia a todos los habitantes del mundo y los habitantes de esta tierra, y los protejas de todos los duros y malvados decretos que puedan visitar el mundo y rescatarnos de todas las enfermedades, padecimiento, plagas y epidemias.

Que todos los pacientes infectados con la enfermedad estén completamente curados. Para ti, D-os, está la Grandeza y el Rigor, el Esplendor y la Eternidad y la Majestad, porque todo lo que en el cielo y la tierra te concede individualmente el Reinado y la Autoridad, y en tus manos está el alma de todos los vivos y el espíritu dentro de la carne, y está en tu Poder y Fuerza crecer y fortalecer y curar a la humanidad al máximo, hasta los alcances más minúsculos del espíritu, y nada está más allá de Tu Habilidad.

Por lo tanto, que sea Tu Voluntad, D-os Fiel, Padre de la Misericordia, Sanador de todos los males entre Su pueblo Israel, Tú que eres el Sanador Fiel: Envía sanación y cura, y actúa con la mayor amabilidad, perdón y compasión a todos los pacientes infectados por esta enfermedad. Por favor, D-os, que Tu Misericordia esté en todos los habitantes del mundo y en todo Tu Pueblo Israel. Por favor, levántate de Tu Trono de Juicio y siéntate sobre el Trono de la Misericordia, y ve más allá de la letra de la ley para abolir todos los decretos severos y malvados. ‘Y Pinjas se levantó y oró y la plaga se detuvo‘. Y decreta sobre nosotros buenos juicios, salvación y consuelo por Tu Misericordia, y destruye nuestro malvado decreto, y que nuestros buenos puntos tengan importancia ante ti. Levántate, ayúdanos y redímenos por Tu bondad.

Escucha ahora por favor la voz de nuestra súplica, porque escuchas las oraciones de todos. Bendito es Él que escucha la oración.

Que los enunciados de mi boca y el razonamiento dentro de mi corazón encuentren favor ante Ti, Señor, mi Roca y Salvación.

Y que se cumpla dentro de nosotros el versículo de la Mikra que dice: ‘No les enviaré ninguna de las plagas que envié a los egipcios, porque yo soy el Señor, Tu Sanador‘, Amén.

Leída en: https://www.enlacejudio.com/2020/03/06/desde-israel-el-rezo-judio-contra-el-coronavirus-escrito-por-el-gran-rabino-sefaradi/ – El Gran Rabino Sefaradí de Israel, Yitzjak Yosef, compuso un rezo especial…

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