Nostalgias del país perdido – Silvia Bleichmar

Para argentinos, en estos meses -mayo, junio, julio, agosto- de tantas fechas patrias…

Por Silvia Bleichmar*, Psicoanalista, Psicóloga y Socióloga, intelectual y librepensadora argentina.

“Durante más de cincuenta años los argentinos leímos, una y otra vez, en el Billiken, la gesta de Mayo. Durante más de cien años, a partir de la fundación de la enseñanza pública representamos, una y otra vez, en los actos escolares, damas de miriñaque, caballeros de galera, negritas mazamorreras, vendedores de velas, serenos, aguateros.

Durante varias generaciones dibujamos, una y otra vez, la casa de Tucumán con sus trencitas retorcidas delanteras y el Cabildo con ventanitas verdes, cantamos la marcha de San Lorenzo y esbozamos, calcamos, difuminamos, pegamos, imágenes de San Martín a caballo, de frente, de viejo, de joven, salvado por Cabral, montado en su caballo blanco, rodeado de mulas, abrazado a O”Higgins…

Año tras año, en mayo, julio y agosto, recibimos, intentando adherir a nuestro ser, la gesta libertadora, la fundación de la Patria, la Revolución y la Independencia. No nos fue fácil diferenciarlas: nunca entendimos muy bien, ni siquiera de niños, qué querían decir política y económicamente cada uno de esos gestos fundantes.

Supimos desde siempre que existimos a partir de ellos; se nos dijo que somos libres y nos ganamos el respeto del mundo a partir de ellos, que no seríamos sino una colonia sin ellos, que a partir de eso ya no dependemos de la voluntad de rey extranjero alguno, que no tendríamos bandera, himno ni escarapela si no fuera por ellos, que somos dignos y que, a Dios gracias, todo ello nos permite, en los actos escolares, bailar el pericón y no la gavota.

Y sin embargo, pese a todo esto, irreductiblemente, irremediablemente, los argentinos seguimos diciendo, cuando nos referimos a la que deberíamos llamar nuestra patria, “este país”. Y seguimos buscando la identidad en cosas aparentemente triviales, la buscamos desesperadamente, ardientemente, hasta que nos duelen las manos y los ojos de añoranza, explorando en esas pequeñas cosas rastros de aquello que nos permita detectar un resto de la que suponemos es nuestra identidad perdida: nos sentamos en aviones de Aerolíneas Argentinas, buscamos las estaciones YPF para cargar nafta, comemos alfajores Havanna, sumergimos en el té bizcochitos Canale, vamos a ver la quebrada de Humahuaca, nos detenemos un momento en Purmamarca, pasamos rápido ante la sala del velatorio de Lavalle en Jujuy, escuchamos turísticamente que hasta allí se llevaron a través del país los restos mutilados de un cuerpo despedazado sin juntarlo con los cuerpos despedazados con los que en cada siglo “el país”, “este país” se cobra de manera siniestra su cuota de horror, no sólo de sangre.

Sentimos, sin saberlo del todo, que ya no hay aviones de línea nacional, ni nafta de extracción nacional, ni bizcochitos Canale ni alfajores Havanna hechos por viudas o familias de inmigrantes, y que el norte fue arrasado hace ya tanto tiempo que ni siquiera podemos sospechar que los bosques de quebracho que alguna vez poblaron la desolada tierra salteña se fueron en el tanino con el cual se curtieron los cueros que salieron al mundo, y que junto a los cueros se curtieron los cuerpos de quienes los trabajaron hasta dejarlos grises y parejos con el color de la miseria, y que los sabores se tornan cada día más extraños, y que por eso buscamos desesperadamente, aferrados a esas migas de alfajor de maizena despedazado de lo que alguna vez fue la patria, el sabor y el olor de lo que amamos.

Y cuando nos levantamos a la mañana seguimos buscando en el guardapolvo blanco el símbolo de un proyecto de país tendido hacia el futuro, sabiendo que ese guardapolvo ha devenido la marca de la pobreza, que cada niño que porta el uniforme del país que quisimos ser es hoy un candidato a la miseria y la marginación, y que nos alegramos cuando los vemos manchados con mate cocido, café con leche o sopa, porque el color impoluto que fue orgullo de generaciones de madres es hoy la uniformidad de la miseria que sólo se ve arrancada de sí misma por la voluntad infantilmente férrea de quienes se resisten a dejar de ser.

Y como los esclavos negros que en el Brasil colonial acuñaron una palabra con la cual expresar sentimientos que estaban más allá de lo representable, y encontraron en el vocablo banzo —un fragmento de la lengua madre de Angola caído para llenar el vacío que el portugués abría sobre la nostalgia— un modo de expresar esa extraña añoranza de lo no conocido, de la tierra de los ancestros, del escenario mítico en el cual se despliega el recuerdo de la libertad nunca vivida, los argentinos intentamos capturar el reflejo empobrecido en sonidos e imágenes de la patria que las figuritas y representaciones de la infancia nunca terminaron de hacer vívida.

Porque si seguimos diciendo “este país” es porque nunca pudimos sentirnos dueños de su cuerpo. Y el territorio cercado por el cual periódicamente circulamos libremente nunca terminó de ser poseído por nosotros, y cada vez que intentamos poseerlo nos despedazaron, y cada vez que dijimos que teníamos derecho a definir su historia nos derrotaron, y la identidad es entonces un sueño que periódicamente se torna pesadilla y nos vemos compulsados a un dormir sin sueños.

Por eso añoramos lo que nunca tuvimos, y a cada niño que aprende la historia patria deberíamos enseñarle que los héroes de la Independencia no nos legaron más que un proyecto, y que la única manera de que la independencia deje de ser una figurita que se pega en el cuaderno es enseñándole que él es el heredero de esta historia inconclusa, irrealizada, soñada y renunciada por generaciones, y que cada uno deberá reeditar y recrear la proeza de su fundación..

Y deberemos enseñarles, también a nuestros niños, que sí tienen derecho a la identidad, pero que esta identidad no es simplemente la herencia étnica del crisol en el cual se gestó la amalgama entre la Argentina indígena y el país criollo, ni del mestizaje entre gringos y charrúas, ni entre negros y lo que fue sedimentando de todo lo demás, ya que la extinción de los tobas es también la extinción de la pampa gringa a manos de los rentistas de la tierra. Y deberemos decirles también que esa identidad no fue nunca concluida, y que es mentira que Argentina y Australia tuvieron el mismo punto de partida y nosotros, los argentinos, por imbéciles, dejamos que todo se nos fuera de las manos, ya que en realidad el destino no estuvo en nuestras manos sino por breves períodos, y no lo dejamos ir sino que nos lo arrancaron. Y en eso sí tenemos una responsabilidad, que no es lo mismo que tener la culpa, ya que no tuvimos la fuerza necesaria para impedir que los ladrones, los verdaderos culpables de nuestra miseria, fiestearan a nuestra costa y aceptamos en cierto momento los huesos y en otro salvamos el pellejo, pero nunca pudimos evitar que se llevaran lo nuestro.

Y también deberemos transmitirles la idea de que la historia por la Independencia no acabó en el 1800, y que si no hay muchos que tengan algún ancestro que peleó en Vilcapugio y Ayohuma, ya hay millones de nietos de hombres y mujeres que pelearon batallas durante todo el siglo XX, y que los padres, abuelos y bisabuelos de nuestros escolares estuvieron en el 30 defendiendo la democracia o siendo arrasados por el golpe de Uriburu, y avanzaron sobre la Capital en el 45, y fueron reprimidos en el 50, y luego masacrados en el 55, y estuvieron en la fundación de sindicatos y escuelas, y participaron de las luchas en defensa de la Universidad de los 60, y se plantearon, de uno u otro modo, construir un país distinto en los 70, y se quedaron y resistieron como pudieron o se fueron al exilio y volvieron, y siguieron resistiendo, y murieron en la Plaza de Mayo en el 2001, y en los piquetes en el 2002, y fundaron comedores populares e hicieron teatro en las plazas, y escribieron poemas, artículos, libros, botellas al mar de la Web. Y que diariamente reparten si no escarapelas celeste y blancas, comidas en ollas improvisadas en el medio de la calle que comparten con sus hijos que se ponen los guardapolvos blancos luego de marchar por esas mismas calles construyendo una historia que les permita sentir que recuperan su posibilidad de futuro.

Y entonces sí, cuando hayamos podido cobrar dimensión de esta historia, la rudimentaria identidad de sabores y olores con la que persistimos tenazmente aferrándonos para seguir siendo algo más que habitantes de este territorio, podrá ser afirmada en el pasaje a la apropiación definitiva de un país que llevamos inscripto hasta el borde de la desesperación y la nostalgia.

Leído en:  https://www.facebook.com/silviableichmar/
SIlvia Bleichmar, en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Silvia_Bleichmar

Nostalgias del país perdido* – Silvia Bleichmar – *Del Capítulo 4 de “No me hubiera gustado morir en los 90”, Taurus/Alfaguara, Buenos Aires, 2007.

Regreso: Podrás recorrer el mundo

…pero tendrás que volver a ti.”

(Image may be subject to copyright).

Presta atención a tu cuerpo

… a veces se enferma para que sanes tu alma.”

De: Velos de Faltas – (Image may be subject to copyright).

Madres y padres -simbólicos- de la Patria. Construcción de la identidad colectiva.

“…me rehúso a ser hija de una Madre que no me deseó sino como lugar de explotación y de un Padre que … nos puso a disposición para que nuevos abusadores nos golpearan y humillaran.”

Por Silvia Bleichmar*, Psicoanalista, Psicóloga y Socióloga, intelectual y librepensadora argentina.

“La independencia y el colonialismo, como vínculos de construcción de la identidad colectiva, hicieron que la Argentina eligiera padres simbólicos.

Es posible que la mayoría de los argentinos nunca nos detengamos a pensar las frases que marcan nuestra historia, las que oímos una y otra vez en los discursos escolares, deletreamos en libros de lectura que si no formaron nuestro espíritu al menos fueron inocuos para deformarlo, escribimos en redacciones por encargo y recitamos en poemas que nos obligaban a un esfuerzo exagerado en los “ademanes” para dar sentido a algo que nunca entendimos.

Tal vez las repetimos sin preguntarnos su sentido por el acartonamiento de la declaración amorosa con la cual nos vimos en los años de infancia forzados a demostrar nuestro amor territorial, o porque la disociación entre las palabras y los hechos que habitó desde siempre el discurso del poder nos acostumbró precozmente a darle a las palabras cierto valor de cambio y poco valor de uso. Quizás porque no fue fácil apropiarnos de “este país” para que fuera “nuestro país” ya que los dueños de la tierra se presentaron siempre como los amos de la historia… O, porque el único “crisol de razas” se produjo en las camas de los inmigrantes pero no terminó durante muchos años en verdadero reconocimiento de proveniencias y aportes, o porque esta historia no llegó a ser nuestra hasta que nos dimos cuenta de que la producíamos diariamente, y que la gesta de la Semana Trágica no era menos heroica que las batallas de Vilcapugio y Ayohuma, y que no todos los próceres de la independencia eran tan éticos como creíamos, y que podíamos elegir en medio de tanto yeso ilustre y pintura enhiesta a quiénes nos representaban, formando por primera vez hinchadas de Moreno, San Martín o Belgrano y rehusándonos a que Don Cornelio fuera un verdadero Padre de la Patria.

La cuestión se planteó con la madre. La “Madre Patria” que nos dio la lengua -como si antes de eso el continente hubiera estado mudo-, que nos dio la religión -como si eso abarcara el territorio que fuimos y la Nación que somos-, la que nos dio la idiosincrasia -más heredera hoy de la extraña combinación entre el país mestizo y desarrapado que dejó la conquista y su encuentro con la inmigración trabajadora del siglo XX con sus ideales anarquistas y socialistas que generó un hambre de justicia irrenunciable que de los usos y costumbres de los conquistadores- en su mayoría vagos y aventureros, delincuentes absueltos o fugados, verdadera escoria del Imperio -que nos legaron una de las oligarquías más crueles y pragmáticas del continente.

¿Qué significa tener una “Madre Patria”?

Los pueblos carecen de madre, se fundan a sí mismos. Eligen sus padres simbólicos no por derecho de pernada sino por reconocimiento identificatorio. A los seres humanos escogidos por amor para ser hijos -biológicos o adoptivos- el cuidado que reciben les da la fuerza para poder amar, luego, a los padres simbólicos. Como en la política y en la vida intelectual, elegir nuestras figuras de identificación es el único derecho que nos lleva más allá de nuestras propias limitaciones de origen.

Las conquistas no son actos de amor engendrador sino violaciones obscenas. Que de allí surjan nuevos seres históricos no quiere decir que haya habido una propuesta inicial de producirlos. A diferencia de un hijo al cual se le da la lengua, las representaciones de sí mismo, los modos de sentir, los países coloniales son engendrados como clones de los cuales se toman los órganos vitales para conservar con vida a los imperios que se extinguen si no reciben la carne y sangre que los sostiene.

Por eso nos suena raro lo de tener la Madre Patria en nuestros orígenes coloniales, porque las madres que nos dieron lo mejor de sí mismas son múltiples y no sólo no se limitan a un engendramiento espurio sino que han intentado, desde siempre, ofrecernos la materialidad para que construyamos una identidad que nos permita salvarnos. Todos las reconocemos, todos nos vemos reflejados en ellas, en su heroísmo y en su valor, desde las heroínas de la Independencia hasta las sindicalistas de principios de siglo XX, desde las inmigrantes que marcharon junto a sus hombres por las calles de una ciudad cuyos nombres no podían pronunciar hasta las que cruzaron el riachuelo para participar de jornadas heroicas, desde las que dieron los mártires de la patria a las que aún salen a la calle para que ese martirio no quede en las sombras.

Por eso, más allá de mi amor a la España que nos dio a muchos de nuestros hombres más queridos, de la España de Machado y León Felipe, del Duero y Salamanca, de mi placer de haber recibido esa posibilidad de una lengua en la que me formé, en la que tuve mis primeras representaciones, en la que escuché la voz de mi madre y pude llenar de lecturas mis noches solitarias de provincia y en la que, como enuncia el poema de Juana de Ibarbourou, “dije ‘te quiero’ una noche americana millonaria de luceros”, me rehúso a ser hija de una Madre que no me deseó sino como lugar de explotación y de un padre que, como don Cornelio, nos puso a disposición para que nuevos abusadores nos golpearan y humillaran.”

* Nota publicada en la Revista Caras y Caretas, Año 45, Nº 2200, Julio 2006, Pág. 56.

Leído en:  https://www.facebook.com/silviableichmar/
SIlvia Bleichmar, en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Silvia_Bleichmar

Entre la incertidumbre y la sorpresa

navego la vida, y en el océano de mis preguntas encuentro las respuestas.”

Vía: Velos de Faltas… (Image may be subject to copyright).

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