Ideas y pensadores: Marcuse, el pensador de las sociedades autoritarias

25 de agosto de 2019

Se publica “Tecnología, guerra y fascismo”, sus ensayos de los años ’40
Volver a Marcuse como el pensador de las sociedades autoritarias

«En Foco Antes de Eros y civilización y El hombre unidimensional, antes de ser el héroe de la nueva izquierda de los años 60, Herbert Marcuse reflexionó y actuó en contra del fascismo y el nazismo, a los que consideraba más como parte de los dispositivos del capitalismo que como acontecimientos aislados o excepcionales. Tecnología, guerra y fascismo recoge estos textos de los años 40 que le hablan a un presente europeo y en cierta medida global, tremendamente inquietante.

Por Fernando Bogado

Conviene ser claros en algo: el fascismo no se acabó con la caída de Mussolini o la muerte de Hitler. Ese corte histórico funciona mejor como una anécdota que como un dato efectivamente real, comprobable en el mundo contemporáneo. El surgimiento de figuras como Trump o Bolsonaro, o incluso el avance de la extrema derecha en Europa (Inglaterra, Francia, otra vez: Alemania e Italia) no pueden ser casualidades o meras circunstancias. Hay algo operando en la lectura de la historia que va más allá del corto plazo, algo que debería permitirnos leer este tipo de avances y darles un contexto. El problema siempre ha sido quedarnos con la idea de apariciones espontáneas o pretendidos “giros” que tienen un componente metafórico propio de lo súbito: ¿no habría que leer esos fenómenos en función de una lógica que habilita ese tipo de formas de gobierno? El libro que acaba de publicar Ediciones Godot, Tecnología, guerra y fascismo, del filósofo alemán Herbert Marcuse (1898-1979) podría funcionar como una clave interpretativa que, lejos de hablar de un mundo perimido, interpela al monstruo más terrible de todos: nuestro presente.

Marcuse siempre ha quedado como una figura un tanto exterior al núcleo duro de la Escuela de Frankfurt. Mientras que Max Horkheimer y Theodor Adorno han pasado a ser los nombres de referencia más inmediata en los avatares del Instituto de Investigaciones Sociales, nombres como Erich Fromm, Franz Neumann o Friedrich Pollock quedan claramente opacados, puestos en una segunda línea. Incluso, es más fácil poner en la lista de intelectuales de la Escuela a alguien como Walter Benjamin, quien nunca formó parte de manera oficial del Instituto, antes que al propio Marcuse. Y es que, como bien detalla la larga introducción de Douglas Kellner a esta colección de trabajos de los años ’40, Marcuse pasó de ser cercano al director del grupo, Horkheimer, a ser lentamente desplazado por la injerencia de Theodor Adorno. Resultado, claro está, de esas clásicas conspiraciones a las cuales ningún espacio académico es ajeno.

Roto su vínculo con Horkheimer y Adorno, y ubicado en suelo norteamericano debido a la huida de estos intelectuales de la Alemania nazi, Marcuse se dedica, durante un número importante de años, a trabajar como analista senior dentro de la Oficina de Información de Guerra (OWI, según sus siglas en inglés). Ingresando en 1942, su principal tarea fue la de analizar a la sociedad fascista alemana en términos sociológicos y filosóficos para poder construir una campaña de contrapropaganda tanto en Estados Unidos como en Europa. El rol de “informante” siempre le pesó a quien luego sería un autor obligatorio para los movimientos de la Nueva Izquierda de las décadas de los ’60-’70, aunque habría que decir que más le molestó a sus defensores que al propio Marcuse. Él entendió que, en ese contexto, la guerra era contra el fascismo, y estaba orgulloso de haber tenido su lugar dentro de la contienda. Desde esa posición, sus análisis se convirtieron en documentos vitales para la acción de la inteligencia de los Aliados contra el fascismo, lo cual revela la idea que tenía Marcuse de una filosofía apegada a cierto modo de la praxis. Algo que para Adorno resultaría un acto de la más pura y peligrosa barbarie.

El análisis de Marcuse de la sociedad fascista resalta la importancia del vínculo con ciertos elementos del capitalismo para poder entender la emergencia de este tipo de lógica política. El nazismo no sería, entonces, el rechazo del mercado libre y la competencia, sino un modo de consumación, de cristalización de esa característica. En “Algunas implicaciones sociales de la tecnología moderna”, único texto de este libro publicado en vida, Marcuse distingue entre “tecnología” y “técnica” para poder comprender a Hitler y compañía. La “tecnología” sería tanto la “técnica” (el “aparato técnico de la industria, el transporte y la comunicación”) como los propios individuos y el orden social que rige sus vinculaciones. O sea, “tecnología” es tanto las cosas como el pensamiento que hace que las cosas encuentren su lugar en el mundo, su modo de ser operadas o el orden político en el cual emergen. Es así que, en un sentido estricto, la centralidad de la “eficiencia” que parece propia del mundo de las máquinas se convierte en un principio de organización social que presenta cambios en el conjunto y a nivel individual. En pos de esa eficiencia, cada sujeto tiene que abandonar rasgos de su personalidad y amoldarse a una correcta operatividad general: la idea de la “máquina social” ha tomado forma. Ese tipo de construcción ideológica se contrapone a la defensa de los ideales de la autonomía propios del iluminismo y la razón occidental: la racionalidad se convierte en lo irracional, en la barbarie fascista, por seguir sus propios mandatos, desatenta a la capacidad crítica de lo humano y abrazando el tipo de racionalidad tecnológica que se impone en el fascismo. Así, el Estado se convierte en un medio para poder llegar a su propia anulación: en la sociedad fascista, existe un dominio directo de la burguesía poderosa sobre el resto de los individuos, los cuales se encuentran ahora sometidos a la idea de supervivencia del más apto propia de los principios de la competencia del libre mercado. La burocracia es menos una parte central del orden estatal que un grupo de especialistas que cumplen las órdenes de ese capital imperialista, transnacional y salvajemente sistemático.

Para Marcuse, ese panorama no va a cambiar terminada la Segunda Guerra. En el clima de la Guerra Fría, anota en un trabajo inédito, casi un apunte, sencillamente denominado “33 tesis”, una visión horrorosa del mundo que se abrió “caído” el fascismo. Por un lado, el bloque soviético tiende a la restricción de cualquier tipo de desarrollo individual de los sujetos a los fines de organizarse contra el enemigo, mientras que los países que conforman el bando contrario, más temprano que tarde, adoptan modos propios de un “neofascismo”, el cual comprueba la dialéctica represora del orden capitalista. Nada o casi nada ha quedado de lo mejor de las democracias liberales, repartidas sus características entre dos bandos que, por diversas razones, resultan ajenos a cualquier idea de revolución.

Artículos, cartas, anotaciones, ideas: el material reunido en Tecnología, guerra y fascismo permite ver a un Herbert Marcuse previo a sus textos más recordados (como Eros y civilización, de 1955, o El hombre unidimensional, de 1964) pero con un conjunto de observaciones que llegan a una claridad deslumbrante con respecto a un paisaje por demás oscuro. El fascismo no es un acontecimiento, sino algo que anida en el capitalismo: uno y otro se necesitan y, a la larga, derivan en lo mismo, la sociedad tecnológica. Valores como la eficiencia, el orden, la correcta ejecución y la competencia tomada como algo “natural” no son cosas nuevas en nuestro atribulado mundo de extrema derecha. Forma todo parte del mismo juego, del mismo tipo de pensamiento, de la misma penumbra.»

Leído en: https://www.pagina12.com.ar/213877-volver-a-marcuse-como-el-pensador-de-las-sociedades-autorita

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Veterano de Malvinas (Canciones y poesías alusivas)

Abril, 2. Día del Veterano y de los Caídos en la guerra en Malvinas (Argentina).
Junio, 10. Dia de la Reafirmación Sobre Las Islas Malvinas (Argentina)

Veterano de Malvinas  (Doménico Bova) 

Tu rostro sigue marcado

través de tantos años

tu tristeza no se borra

tu valentía no se olvida.

Muchacho joven aún

de niño fuiste soldado

y supiste de la guerra

sin haberla deseado.

Las vivencias te dejaron

aquellos gritos ahogados.

Tu patriotismo no se mella

aunque fuiste derrotado.

Tu grito de libertad

en las islas usurpadas

se agiganta y da un abrazo

a todos como a un hermano.

Soldado que las quisiste defender,

tus camaradas allí quedaron,

desde el cielo hoy los cubre

un manto celeste y blanco.

Con emoción te agradecemos

soldado de las Malvinas

siempre en ti y en nosotros viven

nuestras islas argentinas.

Fuente: Ministerio de Educación: me.gov.ar/efeme/2deabril/veteranos.html
También en: El Malvinense: http://www.elmalvinense.com/Pyc.htm
(Los enlcaces pueden dejar de estar vigentes)

mmalvinas01

Febrero 11, de 2015

«Una historia que se hizo presente en el Museo Malvinas.

El Museo Malvinas cuenta la vida de las Islas desde 1520. Y esa vida está llena de historias, de pasión, de sacrificio y luchas por la patria.

Una de esas historias se hizo presente a través de Luis Schenone, un excombatiente de Suipacha, provincia de Buenos Aires, que vino a conocer el Museo y se encontró con el relato sobre su  experiencia en uno de los libros de nuestra biblioteca.

Emocionado nos saludó Luis, señalando el libro: “Llegar a Buenos Aires y que un relato mío esté  en este edificio, en este Museo es un orgullo, el sueño del pibe” nos dijo, con su rostro iluminado.

El libro, “Los peones de Malvinas” de Roberto García Lerena forma parte de la colección que se exhibe en la Biblioteca del Museo Malvinas. El mismo relata a través de una larga crónica periodística el rol de los trabajadores rurales de la Argentina como soldados. “Más de la tercera parte del total de soldados que pelearon en Malvinas eran trabajadores rurales, o pertenecientes  a familias ligadas por generaciones al trabajo de campo, y por origen social a los sectores más empobrecidos y marginados de la Argentina profunda”, se lee en su contratapa. Uno de ellos fue Luis.

Combatió en Malvinas como soldado conscripto clase 62 enrolado en el Regimiento de Infantería Mecanizada 6 de Mercedes, provincia de Buenos Aires. 19 años tenía cuando fue a la guerra.

Durante la entrevista, nos contó que cuando sus padres lo estaban despidiendo antes de su viaje no dimensionaban lo que estaba aconteciendo. “Si hubiesen sabido, pienso que se hubiesen manifestado. Nunca había habido una experiencia de esa magnitud en la Argentina”, reflexionó.

“Nosotros no conocíamos las Malvinas. Nada que ver con cómo se está fijando hoy la geografía de la Argentina en nuestros hijos” nos cuenta Luis. Y lo leemos en su relato en el libro: “Sabíamos que no íbamos a un entrenamiento, sino a un conflicto internacional, pero no tenía una real dimensión de en lo que nos metíamos (..) Cada vez que lo pienso, sigo recordando aquel orgullo de `pibes’ de 19 años que iban a defender la Patria. No nos imaginábamos lo que se nos venía”.

Cuando todo terminó, Luis volvió a Suipacha, a su vida en el campo. Y Malvinas quedó atrás, por lo menos puertas para afuera. “Yo creo que hubo un silencio que a mi me ayudó a cerrar la herida. Yo me bajé del barco en Puerto Madryn, vine en el avión hasta acá, llegué al regimiento 6 de Mercedes, me vinieron a buscar y al otro día estaba trabajando en mi casa. Había desarmado un tractor antes de irme y cuando volví estaba igual que como lo había dejado, mi papá no lo había armado: entonces lo volví a armar. Pero a la semana caí en cama. Cuando me relajé me desplomé” contó, trasladándonos a ese campo. “Enseguida tuve que salir a trabajar porque era mi necesidad. Quizás eso me sirvió para reinsertarme en la sociedad”.

Su historia conmueve, como todas las historias de los valientes que defendieron la Patria. Lo escuchamos sin interrumpirlo. Cuenta detalles, anécdotas, y nos hizo parte de su historia. “La Soberanía la tenemos que ganar con cultura, no con armas. Evidentemente con armas no se logra, y aparte se pierden muchas vidas, se truncan muchas vidas. Muchos de los que vi en la Sala de los Caídos de este Museo eran compañeros o jefes míos. Y ellos no pudieron contarla. Yo la estoy contando. Yo soy un privilegiado de poder contarla, de poder participar en esta historia”.

Antes de irse, Luis recorrió con la mirada una vez más el Museo. Le consultamos qué le pareció, a él, que es parte de la historia que contamos en este edificio: “ Creo que está muy bien enfocado y muy bien estudiado, desde la geografía: cómo es el territorio de Malvinas; y la historia: por qué nos pertenece Malvinas a los argentinos. Tenemos que reivindicar la identidad. Tenemos que poner la bandera argentina en todos lados, sentirnos orgullosos de los colores. Para eso tenemos que saber las historias, para decir: me siento orgulloso por esto”.

Desde el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur agradecemos profundamente a Luis Schenone por  su amor a la Patria, por su compromiso inclaudicable, y nos quedamos con su promesa de volver a visitarnos.»

Fuente: http://museomalvinas.cultura.gob.ar/

Abajo, en los comentarios, enlaces relacionados, canciones, poemas que vamos encontrando.

Enfoques del tema de la guerra

Luego de repasar cifras acerca del flagelo de la guerra (distribución del gasto militar mundial, mayores y nuevos proveedores ) basados en el SIPRI*, el autor** concluye:

Tanqueguerra… Este tipo de cifras no suele ser tema editorial central en los grandes medios de comunicación, cuyos titulares permanentemente -como ha sucedido durante los últimos 70 años– consignan dónde truena la artillería y cuál ha sido el número de bajas… a menudo civiles.

Mucho menos se encuentra en las páginas financieras de los diarios data sobre la cotización de las acciones de las grandes fábricas de instrumentos bélicos.”

Leído en: Rev. UnoMismo Nro. 371, columna “Ecología Espiritual” por **Miguel Grinberg.

*SIPRI: Instituto Internacional para la Investigación de la Paz de Estocolmo.

PD: Abunda la hipocrecía…

Kenzaburo Oé, Cuadernos de Hiroshima

Agosto 6 y 9, 1945. Bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki.

La conjura del silencio
Kenzaburo Oé, Premio Nobel de Literatura en 1994.

Kenzaburo-OeEn el libro de Oé se cruzan un par de veces las palabras Auschwitz e Hiroshima, dos símbolos de los horrores del siglo XX, pero que han tenido una lectura desigual. Esa diferente percepción tiene que ver con el hecho de que los agentes del genocidio judío fueron los malos (nazis), y los de la barbarie en Japón, los buenos (americanos) que además ganaron.

Oé disuelve ese mito al llevarnos de la mano por las ruinas de la ciudad y presentarnos una galería de personajes inolvidables. Aquella masacre fue, efectivamente, «absurda y horrenda». Desde ese descubrimiento lanza su proclama moral, a saber, que las armas nucleares son siempre injustificables como injustificable son las centrales nucleares para fines industriales. Esa es la voz que viene de Hiroshima, una voz peligrosa porque la pronuncian herederos contemporáneos heridos por las enfermedades contraídas por los abuelos.

Esa es la gran diferencia con Auschwitz. Las víctimas del lager se disolvieron en humo y ya no están; las de Hiroshima siguen estando físicamente, por eso el silencio ha sido tan implacable con ellas.

Oé volvió a hablar de Hiroshima cuando el tsunami … puso a Japón al borde de la catástrofe nuclear. La naturaleza se encargó de demostrar la actualidad de la historia que aquí se cuenta.

Cuadernos de Hiroshima. Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Anagrama. Barcelona, 2011.

(via Tijerazos, El Arca Digital)

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De las causas de la guerra (en un texto de Fromm)

Compartiendo lecturas…

“… La tesis de que la guerra se debe a la destructividad innata del hombre es claramente absurda, para quienquiera que tenga el más pequeño conocimiento de la historia. 

Los babilonios, los griegos, y desde ellos hasta los estadistas de nuestros días, han planeado la guerra por razones que les parecieron muy realistas y sopesaron el pro y el contra con todo cuidado aunque, naturalmente, sus cálculos salieran fallidos muchas veces. Eran muchos sus motivos: tierras que cultivar, riquezas, esclavos, materias primas, mercados, expansión … y defensa.

En circunstancias especiales, entre los factores motivantes estuvieron el deseo de desquitarse o la pasión destructora de alguna pequeña tribu, pero tales casos son atípicos.

Esa opinión de que la guerra la causa la agresión humana no sólo no es realista, sino que además resulta perjudicial, porque distrae la atención de las causas verdaderas y debilita la oposición a ellas.

… las guerras grandes de nuestros tiempos y la mayoría de las guerras entre los estados de la Antigüedad no se debieron a la agresión acumulada sino a la agresión instrumental de la élite militar y la política.

Esto se ha visto en los datos acerca de la diferencia de incidencia bélica entre las culturas más primitivas y las más avanzadas. Cuanto más primitiva es una civilización, menos guerras hallamos en ella. (Q. Wright, 1965.)

La misma tendencia se advierte en el hecho de que el número y la intensidad de las guerras han aumentado con el adelanto de la civilización técnica; son mayores entre los estados poderosos con un gobierno fuerte y menores entre los primitivos sin jefes permanentes.

Como se ve en la siguiente tabla, el número de batallas libradas por las principales potencias europeas en los tiempos modernos acusa la misma tendencia.

Esta tabla da el número de batallas en cada siglo desde 1480 (Q. Wright, 1965):

Años – Numero de batallas
1480/1499   –  9
1500/1599   –  87
1600/1699   –  239
1700/1799   –  781
1800/1899   –  651
1900/1940   –  892

Lo que han hecho los autores que consideran la guerra consecuencia de la agresión innata del hombre es ver en la guerra un fenómeno normal, que suponen causado por la índole «destructora» del hombre. Han tratado de hallar confirmación a su supuesto en los datos sobre los animales y sobre nuestros antepasados prehistóricos, que hubieron de ser deformados para servir a su propósito.

Esta posición provenía de la inconmovible convicción de la superioridad de la civilización actual sobre las culturas pretécnicas.

Razonaban así: si el hombre civilizado se ve así plagado de guerras y destructividad, el hombre primitivo debió ser mucho peor, ya que está tan atrasado en la evolución hacia el «progreso». Como no puede achacarse la destructividad a nuestra civilización, debe explicarse como consecuencia de nuestros instintos

Pero los hechos dicen otra cosa. …”

Leído en: Antomía de la destructividad humana, Cap. 9, por E. Fromm, 1974. 

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