Lecturas en el día del médico: Ética médica frente al paciente crítico

Un fragmento adónde el Dr. Francisco Maglio* reflexiona con profundidad y humanismo sobre una situación cargada de angustia y de incertidumbre.

intramed.net**

“… Paciente grave: En una oportunidad le pregunté a Max Harry Weil, a la sazón máxima autoridad mundial en Terapia Intensiva, cómo definía un paciente crítico, y esperando una respuesta técnica (casi un algoritmo) me sorprendió con una definición en términos de relación médico-paciente: “Un paciente crítico es el que necesita un médico las 24 horas del día y los 7 días de la semana”….

El poder en la relación médico-paciente

Como médicos no tenemos con el paciente más derechos que los que él nos da y arrogarnos otros es ejercer el poder sobre el paciente por mejor intencionados que estemos y aun desprovistos de toda sevicia. Llevados por la buena intención de mejorar algunos parámetros biológicos ejercemos a la postre un control tal sobre el paciente que “medicalizamos” su vida, posponiendo sus propios proyectos a nuestros objetivos terapéuticos y allí es cuando “enfermamos curando”.

Hay expresiones jergales en medicina que ejemplifican lo que intento transmitir: “Manejo del paciente anúrico”, por ejemplo; “No me coma dulces” le indicamos a un enfermo diabético; “Se me murió el paciente de la cama 5”, decimos en un pase de guardia.

En el cuento “El Sur” (quizás una autobiografía no confesada), Jorge Luis Borges le hace decir al protagonista Juan Dalman cuando relata sus avatares al sufrir una septicemia (donde, por otra parte, encontré una de las mejores descripciones clínicas sobre los trastornos del sensorio de esta patología): “El cirujano me sometía a metódicas servidumbres”, expresando (aunque probablemente sin saberlo) en un típico lenguaje borgeano una de las situaciones del poder al que me refiero. Debo confesar que en más de una ocasión este poder lo he ejercido en las llamadas “inversiones en la relación de servicio”, cuando, por ejemplo, pudiendo dar de alta a un paciente un viernes, lo dejaba internado hasta el lunes, para que la nueva rotación de estudiantes pudiera ver ese “caso interesante”; en vez de poner la docencia al servicio del enfermo había puesto a éste al servicio de la docencia y lo que es más grave aun le había sustraído de su vida un fin de semana con su familia o sus amigos, que como hecho afectivo jamás se lo podía recompensar.

En la atención del paciente grave a los derechos del enfermo ya mencionados debe agregarse el derecho a una muerte digna entendiendo como tal a aquella sin dolor, con lucidez para la toma de decisiones y con capacidad para recibir y dar afectos. Desafortunadamente, el poder que ejercemos sobre el paciente sumado a una educación médica triunfalista que ve en la muerte solamente el fracaso de la medicina, nos lleva a veces una suerte de “ensañamiento terapéutico” prolongando una agonía y lo que es más grave negando la posibilidad a ese enfermo de una muerte digna en compañía de sus seres queridos, situación denominada “distanasia” y resultante de una irracionalidad en el uso de los recursos tecnológicos.

Esta sociedad de comportamiento tan dual que por un lado le niega a un niño ver a su abuelo muerto y por otro lo ofrece “video games” donde le enseña a matar, ha desritualizado la muerte, la ha desimbolizado, la ha extrañado de su contexto cultural no teniendo en cuenta que la muerte siempre es un hecho social.

Se podría decir que en los tiempos que corren hasta la muerte se ha “privatizado”. Nuestra formación positivista nos lleva frente a la muerte a una angustia tanática con sus consecuentes reacciones como la negación, la culpa o la defensa maníaca, impidiéndonos contextualizar la muerte dentro del proceso vida y eliminándonos toda esperanza; sería pertinente recordar aquí los versos de Bernárdez: “Porque después de todo he comprendido/ que lo que el árbol tiene de florido/ vive de lo que tiene sepultado”.

“Ya no hay nada que hacer”

Típica frase con que nos dirigimos a los familiares de un enfermo cuya muerte es ineluctable. Deberíamos decir “Ya no hay nada que tratar”, porque en realidad hay mucho todavía por hacer, más aun, es cuando más podemos hacer.
La ya descripta prolongación innecesaria de la agonía con el uso irracional de la tecnología hizo decir a R. Bjerregaard, ministro de Salud de Dinamarca en 1981: “Algo anda mal cuando el 50% de los recursos de Salud se gastan en los últimos 90 días de la vida humana para postergar por unas semanas una muerte inevitable”.

Frente a esta deshumanizada situación no es en los recursos tecnológicos que encontraremos una salida aceptable, más bien ellos son parte del problema; existen otros recursos invalorables por su eficacia y por su disponibilidad: me estoy refiriendo al efecto “sanador” de nuestra palabra, de nuestras manos y de nuestra propia presencia.

Herederos del dualismo cartesiano mente y cuerpo, nos constituimos en “plomeros del cuerpo” antes que médicos de la persona; ésta necesita algo más que remedios y aparatos, nos necesita a nosotros como persona-médico y en esta relación la palabra es fundamental; pero, ¿qué decirle a un paciente en esas circunstancias? Siempre con un mensaje de esperanza, las palabras serán un bálsamo.

Pero a veces las palabras no alcanzan, entonces están nuestras manos, esas manos “vencedoras del silencio”, como las definía Evaristo Carriego.
En una oportunidad una anciana en una sala de terapia intensiva me pidió: “Doctor, tómeme el pulso”. Llevado por una deformación profesional no lo hice y mirando el cardioscopio le dije: “Está bien, abuela, tiene 80”. Ante su insistencia que le tomara el pulso le pregunté por qué si el aparato era confiable, y me respondió: “Es que aquí nadie me toca”. Razón tenía quien dijo que en terapia intensiva los enfermos a veces se mueren con “hambre de piel”; en nosotros está saciarlos.

Por último, el efecto sanador de nuestra propia presencia, que el paciente “sienta” que estamos a su lado, que vibramos en ese encuentro irrepetible de persona-persona, que estamos en su misma “sintonía corporal”.
Entonces, ayudando así a bien morir nos estamos ayudando a bien vivir.

*Francisco Maglio, diplomado en Salud Pública y especialista en Enfermedades Infecciosas. Fue jefe de Terapia Intensiva del Hospital Muñiz, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina Antropológica.

Leído en: **intramed.net/contenidover.asp?contenidoid=34706

Ser médico (respuesta de Hugo Marietán a una carta de una aspirante a estudiante de Medicina)

A propósito del Día del Médico, vía Revista Alcmeón/18,* Son 3 partes: reflexión, carta y respuesta a la carta. Si tienen tiempo para leer, léanlas pues: ¿quién no ha tenido -o tendrá- que vincularse como paciente con estos profesionales?

“Ser médico implica una responsabilidad sobre la vida de aquel que se entrega a nuestro cuidado. No hay religión, ley, ideología o  cualquier otro hecho cultural que altere este  principio básico.

El médico está para curar,  ese es el mandato que le asigna el grupo, independientemente de que sea el chamán de  la tribu o el académico del sanatorio más caro.  Seguir medicina es asumir riesgos, desde el  simple accidente de contagiarse la enfermedad el paciente que asistimos, ser agredidos  por los familiares, o terminar con juicios ejecutados por abogados que deambulan en los  pasillos de los hospitales buscando la presa  que lo habilite a un juicio por mala praxis, real  o inventado.

El médico tiene la misión de proteger la salud, es un soldado de la vida.  El accionar del médico se da en lo biológico, en la base orgánica del individuo, y no tiene que confundirse nunca, ni mezclarse, con  lo cultural (leyes, ideologías, religión, etcétera). El médico debe intentar restablecer la  salud quebrantada con todos los medios terapéuticos que tenga a su disposición. Para ello  su mente debe estar libre de presiones de otros ámbitos. La mente debe estar exclusivamente  concentrada en salvar la vida del paciente. 

Recientemente se da el falso debate sobre si hay que transfundir sangre a un miembro de una creencia religiosa (que se lo impide) o no. El paciente tiene riesgo grave de  vida. Para el médico no hay duda, debe transfundir, equilibrar el organismo, sacarlo del  coma, y luego, ya restablecido, que siga con  las creencias que desee. Ese es el accionar  médico. El médico no está transfundiendo a  ningún “Testigo de Jehová”, sino a un hombre  que está en una camilla con 21% de hematocrito y necesita sangre urgente. Punto. No  importa que sea de una secta, un asesino, un  santo… el médico sólo debe estar concentrado en que es un hombre en peligro y que él  sabe y dispone de los elementos que pueden  aliviar o quitar ese peligro de muerte. Los  papeles, las leyes, las creencias se discutirán  después, cuando el paciente esté curado. 

Tal como como repetimos en la jura: “Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos”.

Este juramento milenario tiene su razón de  ser: el bien del enfermo está por encima de  las acciones corruptas, o las seducciones (leyes, religiones…) de cualquiera.  Si esto no es así, la salud está en manos  inadecuadas y sujeta a los vaivenes de los  papeles de turno (leyes que son válidas hoy y  reprobadas mañana). ¡¿Cómo un abogado, sea  juez o lo que fuere, puede obligar a un médico  a qué hacer?! Cómo es posible que alguien  que no tiene el menor conocimiento de medicina pueda tener el tupé de dirigir la acción de  un médico ante un paciente en riesgo. Es la  letra de un papel contra la vida de una persona. Una falacia.  ¡La Corte Suprema determinó que no se  transfundiera al paciente Testigo de Jehová  porque firmó un papelito estando sano y fuerte siguiendo una creencia! ¡Dicen que es el  derecho del paciente!

No existe un derecho  superior que el de preservar la vida. Este derecho está por encima de todos los derechos.  Si el médico no transfunde al paciente, esta  siendo seducido por otros hombres, por fuera  de la medicina, a quebrar su juramento y a  apartarse de su esencia en la sociedad: está colaborando con, en caso de que el paciente esté lúcido, el suicidio por razones místicas de  ese ser. Y si no está lúcido, si está en coma  por hipoxia, dados los escasos glóbulos rojos,  está facilitando la muerte del paciente por inacción, por miedo a ser demandado judicialmente.

Pienso que no hay mayor inseguridad sanitaria que generar médicos miedosos de  arruinar su vida profesional por los posibles  juicios si toma una decisión ante un paciente  en riesgo. No transfundimos, no operamos, no accionamos si no tenemos la orden de un juez  (un abogado), y cuando al fin esa orden llega  el paciente está muerto o su salud gravemente empeorada. Con esta actitud temerosa, el  médico zafará de un juicio (hecho por un abogado querellante) y no será penado (por un  abogado con el cargo de juez), pero el que pagará las consecuencias de esta precaución  será el paciente (que puede ser en algún momento usted, lector, o yo, o el mismísimo juez)  y la conciencia del médico que sabe que está  ejerciendo mal su profesión.

La reciente ley 26742, del 24 de mayo de  2012, dice:  “e) Autonomía de la voluntad. El paciente  tiene derecho a aceptar o rechazar determinadas terapias o procedimientos médicos o  biológicos, con o sin expresión de causa, como  así también a revocar posteriormente su manifestación de la voluntad.”.  Cuántas muertes producirá este ambiguo artículo, cuántos juicios, cuántos pacientes  temerosos agravarán su enfermedad, cuántos médicos miedosos esperarán la decisión del paciente mientras su ciencia les indica que se esta muriendo o agravando.  Esta invasión de los abogados y sus papeles en la medicina sólo presagia malos tiempos para la salud del país. 

Buenos Aires, 2 de junio de 2012

b) Carta y respuesta:

Querido doctor Marietan, estoy por empezar el CBC, en la Universidad de Buenos Aires mi mayor objetivo es ejercer Psiquiatría,  como estoy por comenzar me gustaría si usted me puede dar un consejo a seguir, algo  que a usted le haya servido, aparte de mis  ganas y de mi esfuerzo, me gustaría que me  regalara unas palabras. Desde ya muchas  gracias.  Matilde.

Matilde:  Existen los trabajos y las pasiones. Trabajas para conseguir mantenerte económicamente. El trabajo te hace medir el esfuerzo, mirar  el reloj, pelear por tus derechos laborales. El  trabajo es una parte de tu tiempo y de tu psiquis.  La pasión es algo que envuelve todo tu ser.  No existe el reloj ni el esfuerzo. Te empuja.  Te da y te quita. Te enriquece y te desgasta.  Te absorbe. La pasión se muestra con tu vocación, el camino para lo que has nacido.  La psiquiatría es Medicina.  Puedes trabajar de médico o ser un Médico. Si has sido paciente alguna vez entenderás esta diferencia al sentir la labor del médico que te atendió. Pudo haber hecho un trabajo correcto, adecuado, técnicamente ajustado. Pudo haber hecho un trabajo displicente, seguido de una “receta”, o haber sido negligente como cualquier otro trabajo. Cuando  estás con un Médico te sientes protegida, sientes que ese hombre, esa mujer, te cuidará, más  allá de la técnica, de la información que maneje. Esa persona está disfrutando de ayudarte, de aliviar tu sufrimiento.  Los médicos, trabajadores diplomados, son  la mayoría. Los Médicos son pocos, desde  siempre. 

Estudiar Medicina es un esfuerzo. Es una  carrera con obstáculos. Si tienes vocación el  esfuerzo no te derrumbará, al contrario, será  como un “desafío”, y disfrutarás de lo que  aprendes. Si no es tu vocación todo es trabajoso, costoso, cuesta arriba, negativo, te parecerá que está todo en tu contra, te quejarás  constantemente, dirás que estás perdiendo tu  juventud, llorarás cuando tengas que quedarte un fin de semana estudiando mientras tus  amigas salen a divertirse, dirás que ya hay  muchos médicos. 

Si no tienes vocación, no sigas Medicina,  busca otro trabajo.  Pero si tienes vocación Medicina es hermosa, le dará un color nuevo a tu vida, todo  el esfuerzo que hagas ahora como estudiante te lo devolverá cuando ejerzas y escuches esas palabras mágicas que son la mejor recompensa: “Doctora, ahora me siento mejor”,  cuando sientas el agradecimiento en la mirada de tus pacientes, en sus pequeños gestos. 

Psiquiatría es como una dama exquisita y  oscura. No es para cualquiera. No se entrega  a cualquiera. Te da poco y te quita mucho, y  siempre mantiene una incógnita. El camino por  el que transita es árido, invita a la fantasía.  Pero si estás en ella, sientes que ese también es tu camino, que es tu pasión, que no puedes hacer otra cosa más que ser Psiquiatra.  Tal vez, algunas veces, llores a un costado del camino, luego, cuando tengas más de diez años de especialista, comprenderás en profundidad estas palabras que te he escrito y que las lágrimas que has derramado en tu vida,  y las risas que has regalado también son parte del aprendizaje de la Psiquiatría.  Te deseo lo mejor.  Dr. Hugo Marietan

Leído en: Ser médico –  Hugo Marietan, médico psiquiatra – Alcmeón, Revista Argentina de Clínica Neuropsiquiátrica – alcmeon.com.ar/18/70/07_marietan_alc70.pdf

Leído por ahí: Me gusta leer los diarios en su versión on-line porque la gente deja comentarios

… y estos son dos comentarios realizados debajo de la nota* basada en una entrevista al Dr. Eduardo López, infectólogo, director del posgrado de infectología pediátrica en la UBA**, actualmente asesor del gobierno argentino. Lo traigo al blog porque me encantaron, tanto la pregunta como, y especialmente, la respuesta. Y las transcribo como un homenaje a los científicos argentinos, tantos doctores y “ólogos”, de los que tiene que pasar algo de la envergadura de una pandemia para que se hable de ellos con verdadera admiración: 

“MVC58: No logro imaginar la dedicación de estas personas. Médicos, biólogos, infectólogos, gerontólogos… y otros “ólogos” que pueden dar opiniones fundadas acerca de lo que mejor nos puede proteger…
Tengo claro que el Estado (nosotros todos, desde el peón rural en la patagonia o en el ingenio que sea, hasta el gerente del laboratorio internacional… desde el peón de albañil hasta el futbolista con prensa… pasando por los políticos y especialistas que dieron forma a nuestro sistema educativo…) los ayudó a formarse…
Pero ellos agregaron a su formación algo que es imposible para mí definir…
Garra, coraje, el toque divino… Las habituales expresiones utilizadas para el Diego (Maradona) y para el Leo (Messi) no llegan a explicar lo que trato de razonar…
¿Qué hace que estos profesionales puedan hoy luchar contra el virus? Gracias a ellos estamos sobreviviendo…

Ana 1953: Son niños curiosos que van transitando la vida superando los diferentes niveles de formación simplemente como si nada. Estudiantes eternos. No miden horas ni días, atrapados por su investigación. Pueden olvidar lo simple, como comprar comida para la gata, pero jamás una fórmula. No viven en una burbuja; tienen conciencia social, colaboran con organizaciones o pasan años dando clases sin cobrar. Tienen claro quiénes no los representan (Barañao/Pitta) y por lo que sí hay que jugarse. Mi niño extraño, que hablaba de constelaciones o preguntaba sobre volcanes, al que los hermanos tomaban de punto. Él que se fue por sus méritos y volvió porque sabe, cómo tú dices, que es quién es porque toda una nación le dio la oportunidad de ser un doctor en ciencias, con sus impuestos. Nunca les pagarán como a un futbolista pero, sabes? Creo ni les importa. Ahora soy la que escucha sus consejos porque ya soy grande. Me siento orgullosa de ser la madre de un científico argentino y me da miedo saber que manipula un virus tan traicionero en el laboratorio. Me parece que escribí mucho, pero tu aporte me motivó a contarte cómo son y cómo fueron. Abrazos.

MVC58: Gracias por tu explicación. Abrazos!”

* La nota en: https://www.pagina12.com.ar/261683-coronavirus-no-tendremos-un-pico-como-en-estados-unidos-o-it#  –  La imagen: de allí mismo.

Bioética y ética médica: “dignidad humana”

En una mesa de “Usados”, dí con un libro de Ruth Macklin (filósofa de la bioética) titulado “Dilemas / Qué es lo ´mejor´ para el paciente?“. Han pasado décadas, eran los inicios de esa disciplina. La autora hizo su recorrido y publicó más y, tal vez, hasta se haya desdicho a medida que recibía críticas y aportes. Son temas que -además de tener sus habituales interesados -médicos, abogados, especialistas en ética- a todos nos incumben pues nos pueden llegar a tocar muy de cerca. Conceptos como los de “dignidad humana”, “respeto a la autonomía”, distribución de recursos escasos, “lo mejor para el paciente”, criterio del juicio por otro, derecho a rechazar un tratamiento, calidad de vida, paternalismo, consentimiento, consentimiento implícito, y más.  Así que me fui a buscar por la Web

De la dignidad humana y la bioética (vía paliativosvisibles)

“Existe una palabra clave, utilizada por expertos en bioética, filósofos y juristas, esta es la palabra dignidad. El término aparece en el título de la Convención de Estrasburgo (“Convención para la tutela de los derechos del hombre y la dignidad del ser humano”) y en el Preámbulo de la misma está repetida al menos tres veces, de manera que parece lícito elevarla al papel de único, posible, y auténtico fundamento de una bioética europea. Así empieza la ponencia de Francesco D’Agostino, en el Congreso Internacional de Bioética de 1999. La dignidad es un concepto imprescindible e indispensable para pensar en bioética.

La noción de “dignidad humana” se vincula con el “respeto incondicionado que merece todo individuo en razón de su mera condición humana, es decir, independientemente de cualquier característica o aptitud particular que pudiera poseer”. Para Kant, es “algo que se ubica por encima de todo precio y, por lo tanto, no admite nada equivalente”; mientras las cosas tienen “precio”, las personas tienen “dignidad”.

No tiene nada de nuevo enfrentar estas ideas, dignidad y bioética. Gilbert Hottois (2) en su artículo “Dignidad humana y bioética. Un enfoque filosófico crítico”, nos aclara su significado y alcance filosófico. Parece ser, que el uso del concepto de dignidad en lo que se refiere a argumentos bioéticos, está lejos de ser universalmente entendido. Como ejemplo, la dignidad no tiene cabida en el principialismo, según este autor. Recuerda que en el libro de BEAUCHAMP T. L. et CHILDRESS J.F, Principles of Biomedical Ethics, solo menciona en dos ocasiones el término “dignidad” y una de ellas para subrayar su carácter ambiguo.

Para algunos expertos, la dignidad es fundamento imprescindible de la bioética; para otros es el signo de una calidad de vida. Para Francisco Javier León, la persona humana no es, por tanto, valiosa por lo que “tiene”, sino por lo que” es”. Es fundamental, por ello, desarrollar toda una antropología de la dignidad humana, que la establezca en el lugar primordial, de finalidad, respecto al conocimiento científico y técnico, por una parte, y respecto a toda legislación en materia de Bioética, por otra.

También, otros, creen que la dignidad pasa por ser un problema en y para la bioética. La investigadora Monique Pyrrho, cree que la dignidad humana se ha convertido en un problema. No sólo desde el punto de vista práctico, político y social, como un principio para definir o para alcanzar en las más diferentes situaciones en que la humanidad encuentra sus límites, sino especialmente en la definición filosófica y bioética y en su operacionalidad como concepto. Apunta a que fue presentada como un concepto “inútil”. Recuerda que el editorial de Ruth Macklin en el British Medical Journal, con el título de “Dignidad es un concepto inútil”, suscitó mucha polémica y diversas reacciones. Discurriendo sobre la posibilidad de una perfecta sustitución de la dignidad por otro concepto más útil y operacional -la autonomía-, sin pérdida significativa, esa autora cuestiona cómo el uso basado en el impacto emocional de un concepto tan vago e impreciso podría contribuir para discusiones importantes en bioética.

Afortunadamente, la inmensa mayoría de los que estudiamos los valores y principios de la bioética, acusamos de un recelo ante voceros sin causa definida. No cabe la menor duda de que la bioética necesita de la dignidad para ser lo que es.

Aconsejaría la lectura del Cuaderno: La dignidad humana. Filosofía, bioética y derechos humanos, editado por la Dirección Nacional de Atención a Grupos en Situación de Vulnerabilidad dependiente de la Subsecretaría de Protección de Derechos Humanos de la Secretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de Argentina. Especial mención al artículo del Dr. Juan Carlos Tealdi, Director del Programa de Bioética del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires.

Como verán queda mucho por aprender. Se debe seguir apoyando la dignidad del ser humano en todos los campos, es base fundamental de la bioética.”

Bibliografía consultada: (ver artículo-fuente)

Publicado por Javier Manuel Yagüe

Leído en: http://paliativosvisibles.blogspot.com.ar/2014/07/de-la-dignidad-humana-y-la-bioetica.html

Otro texto:

La “dignidad humana” no es un concepto inútil

“Pocos conceptos son tan debatidos en la bioética como el de “dignidad humana”. Ruth Macklin escribió un breve pero demoledor artículo en 2003, afirmando que “la dignidad es un concepto inútil”. El consenso mayoritario entre los bioeticistas sostiene que está en lo cierto.

Sin embargo, en el Journal of Medical Ethics, revista norteamericana sobre ética médica, Linda Barclay, de la Universidad Monash en Melbourne, reexamina su argumento resolviendo que aunque la “dignidad humana” pueda ser discutida y confusa, no es completamente inútil. Añade que a pesar de haberse convertido en un concepto andrajoso para los bioeticistas, subsiste una “enorme preocupación práctica relacionada con la dignidad en el marco de la atención sanitaria.´´

Esto lo concibe la autora al asumir la distinción clásica entre dignidad intrínseca y extrínseca. Para la primera, coincide con Macklin en su inutilidad. Pero la segunda, dignidad extrínseca, difiere de que sea inútil; ya sea diáfana o confusa, es primordial para la asistencia médica. Barclary interpreta así “estatus” por “dignidad”:

En mi concepto de dignidad, la dignidad se manifiesta en un contexto de relaciones sociales donde respetamos normas sociales para tratar y asistir a personas al compartir un estatus idéntico. Cuando esto se da, revelamos a los demás que los consideramos socialmente nuestros iguales.

Son frecuentes las situaciones donde los pacientes son tratados socialmente con inferioridad y su intimidad, estima y respeto quedan ignorados. La autora cita un investigador el cual descubrió que “de forma rutinaria las relaciones con enfermos, pobres y vagabundos están caracterizada por ser groseras, desdeñosas, indolentes, altivas, denigrantes y con rechazo.”

Esto no sólo constituye una violación de su dignidad, sino que además genera un peligro para su bienestar físico. “Concretamente, cuando las personas son tratadas con regularidad como inferiores sociales, se vuelven particularmente vulnerables al maltrato y al abuso”. Este peligro es particularmente grave en personas con deficiencias cognitivas, convirtiéndose en víctimas de estigmas deshumanizantes.

Barclay concluye: “nos situamos ahora en una posición desde la que podemos comprobar que Macklin se equivoca al afirmar que la dignidad es un concepto inútil. El respeto a las personas y a su autonomía no alcanza a lo que implica tratarlos con dignidad.”

Por Michael Cook : U‘Human dignity’ is not ‘useless’.
https://www.bioedge.org/bioethics/human-dignity-is-not-useless/12474

Traducción: Enrique Montero

(Allí una persona comentó: “Echeverría – 3 noviembre 2017 a las 16:11

La dignidad como tal y su utilización corresponden a una construcción social, por ello debemos entender que, si la sociedad que construye se sustenta en la mentira y la manipulación, pues no podemos esperar nada potable… Mentimos y manipulamos los términos y alcances de aquello que creamos para definirnos, para separarnos y para acercarnos. La dignidad como tal carece de sustento, ya que la dignidad es aquello que nosotros queremos; una manera más simple de entenderlo es, la dignidad que reclamo es la misma que debo darle a cualquier ser humano. Pero ¿somos capaces de pensar que un vagabundo, pobre, inmigrante, merece ser tratado con dignidad? diremos que sí, pero pensemos si no nos estamos mintiendo y manipulando a quien nos lee.”)

Leído en: https://www.bioeticablog.com/la-dignidad-humana-no-es-un-concepto-inutil/

PD: Con tiempo, abajo, en los Comentarios, iré agregando textos relacionados que encuentre.

Relación médico-paciente

En el día panamericano del médico, un texto acerca de esa relación que es, a veces, un tanto dificultosa

UNA CLASE DE MEDICINA. Eduardo Galeano*.

bocasdeltiempo“Rubén Omar Sosa escuchó la lección de Maximiliana en un curso de terapia intensiva, en Buenos Aires. Fue lo más importante de todo lo que aprendió en sus años de estudiante.

Un profesor contó el caso. Doña Maximiliana, muy cascada por los trajines de una larga vida sin domingos, llevaba unos cuantos días internada en el hospital, y cada día pedía lo mismo:

–Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso?

Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía:

–Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto.

–Sí. doctor, gracias. Ahora, por favor, ¿me toma el pulso?

Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible.

Día tras día, se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, ese ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez, y otra.

Él obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo.

Años demoró en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.”

*De su libro “Bocas del Tiempo”.