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Psicología. No hay infancia sin secretos

agosto 12, 2015

Psicología.
MUERTE, AUSENCIA Y VALENTÍA EN LOS JUEGOS DE NIÑOS
No hay infancia sin secretos

¿Por qué a muchos chicos se les ocurre jugar con la temática de la muerte?, pregunta el autor y, en el camino de buscar respuestas, advierte sobre la importancia de que un niño pueda jugar a las escondidas, ya que “no hay infancia sin secretos”; y señala que, cuando no se puede jugar con la muerte, ella “se presentifica en la inhibición, el bloqueo corporal, la inestabilidad psicomotriz”.

Por Esteban Levin *

juegoescondidasMario, de cuatro años, juega: “¿Dale que nos morimos? Jugamos a luchar, nos matamos y seguimos peleando”. Juan Manuel, también de cuatro años, juega durante mucho tiempo, con un barco, a matar piratas, tiburones y dinosaurios que lo amenazan en el medio del mar. Alejandro, de cinco años, juega: “Somos este poder: Vos me matás y yo te mato. Tenemos cinco vidas, así que podemos seguir viviendo”. Clara, de seis años, propone: “Nos hacemos los dormidos como si estuviéramos muertos y cuando viene mi mamá la asustamos”. Nos llama la atención la repetición de una escena que, en diferentes momentos de la infancia, realizan los niños: jugar a la muerte; hacer de cuenta que uno está muerto, matar a otro, hacerse el dormido como si estuviera muerto, jugar con muñecos a una lucha mortal o, simplemente, jugar a matar y ser matado por otro, lo que siempre implica, para seguir jugando, revivir. ¿Por qué a muchos niños se les ocurre jugar con la temática de la muerte? Y, también, ¿qué ocurre cuando el dramatismo de la escena hace que el niño ya no pueda seguir jugando o que ni siquiera intente hacerlo?

Cuando un niño juega a la muerte, hay un enigma en juego: “yo me muero”, “me mataste”, “estoy muerto”, “ahora te mato”; en estas escenas se juega siempre a ser otro. La muerte es lo otro que no se sabe ni se entiende, lo informe e irrepresentable. El niño, inteligentemente, juega a no ser él para “estar muerto” y así intentar saber algo de ella. Morir jugando, “de mentira”, lo introduce en el límite de su propio-impropio cuerpo, en la diferencia entre lo que siente y lo que actúa. El niño ejerce la libertad de morir de mentira para encontrar en ese juego alguna versión verdadera de lo imposible.

Jugar la muerte es proyectarla hacia afuera, simbolizarla como acto singular donde lo imposible se posibilita como ficción y representación. Al hacerlo, el niño experimenta lo que podríamos denominar una doble muerte: la muerte de la vida –hace de cuenta de que muere– y la muerte de la muerte –hace de cuenta que revive–. En estos juegos el niño transita en una dialéctica en suspenso: suspendido entre la vida y lo mortal. Entre el movimiento y lo inmóvil, los niños juegan en el intersticio. Jugar a la muerte es romper la certeza que ella conlleva e introducir la duda en su fecunda veracidad. Es pensarla, perder el miedo y resignificarla con imágenes, fantasías que procuran representarla en la ficción.

También, el hecho de jugar a experimentar la muerte establece una pausa, un silencio para vivenciarla y, al revivir, huir de ella y disimular el horror, el peligro inasible de ese acontecimiento. En el horizonte humano, ser sensible a lo mortal no es algo que esté dado: hay que conquistarlo; imaginariamente, anudarlo a lo real para soportarlo y simbolizarlo.

Cuando un niño no puede jugar a su propia muerte, porque no puede hacer de cuenta que está muerto o porque se inhibe e inmoviliza por el espanto, no sólo no puede pensar en ella sino que está impedido de tomar distancia y separarse de lo mortal: al no representar la muerte, ella se presentifica en la inhibición, el bloqueo corporal, la inestabilidad psicomotriz o la organicidad.

Hacer de cuenta que está muerto implica jugar la propia ausencia: jugar a no estar, a saber qué pasa cuando él no está presente. De esta manera, la muerte se torna posible simbólicamente, lo cual abre una brecha a la vida. El niño no planifica jugar a estar muerto; es un juego que se va dando en la intimidad azarosa del “como si”, del “dale que yo era”, del “hacer de cuenta que”, donde la muerte, inefable, pierde el espanto del anonimato para significarse en la experiencia infantil originaria. De este modo, valientemente, enfrenta lo que –no por lo que ello signifique, sino por no poder ponerle un límite– le resulta terrible. Al jugarla, la muerte se metamorfosea en un personaje que el pequeño juega despreocupado, desapareciendo de sí y del otro.

No olvidemos que jugar a esconderse es desaparecer por algunos instantes, mientras lo permita la escena. Cuando un niño está muy angustiado o triste –sin siquiera hablar o dibujar–, le cuesta jugar a desaparecer; sigue estando donde está sin poder ocultarse, esconderse de esa verdad encarnada que le impide representar.

Las escondidas

Alejandro es un niño con una enfermedad neurometabólica muy severa. Durante años tuvo diferentes diagnósticos, por ejemplo autismo y TGD no especificado, pero cuando –luego de haber estado varias veces al borde de la muerte– el cuadro neurometabólico se estabilizó, su evolución fue muy buena. Actualmente, a los 11 años, cursa una escuela especial.

Después de un largo período de tratamiento, Alejandro propone jugar a las escondidas. Intenta hacerlo, pero no se esconde: yo después de contar hasta 15 salgo a buscarlo y está en la sala, a lo sumo en la cocina o el balcón, sin esconderse. Me mira, sonríe y dice: “Otra vez, juguemos”. Vuelvo a contar y al salir a buscarlo está ahí, otra vez sin escondite. No puede esconderse y esperar, no puede soportar la ausencia del otro. Intenta jugar pero no lo consigue, no logra esconderse, generar el intrépido secreto de estar y no estar al mismo tiempo. Y cuando le toca contar a él, se da vuelta, espía, no puede esperar a que yo busque un escondite, por lo cual el juego se detiene. Vuelvo a comenzar y otra vez se frena. No puede dejar de mirar, no termina de esconderse ni deja que el otro se esconda. ¿Cómo salir de este atolladero, cómo generar otra escena?

Volvemos a intentarlo: cuento hasta 15, Alejandro no se esconde pero, esta vez, hago de cuenta de que no lo veo, como si fuera transparente. Empiezo a correr de un salón a otro, buscándolo: “¿Dónde estás, Ale? No te veo, Ale, no te encuentro”. Entonces, Alejandro comienza a seguirme. Yo corro, él corre detrás de mí, pasa a querer atraparme. De buscarlo, paso a ser buscado por él. Entro en un pasillo, me escondo detrás de una puerta, Alejandro no me ve: “Esteban, ¿dónde estás? Esteban, Esteban. No te veo, Esteban, ¿estás escondido?”.

Tras la puerta emito un leve silbido que lo va orientando hasta que me encuentra. “Uy, me encontraste. Te diste cuenta del escondite, lo descubriste.” Ale me mira, sonríe y dice: “Sí”. Y yo: “Ahora me toca contar a mí”. Ale sale corriendo, se esconde tras la puerta del baño y espera escondido a que lo encuentre. En cuanto lo encuentro, se pone a contar, me ve, corro, me persigue, me escondo, me llama y me busca, lo oriento con el silbido hasta que vuelve a encontrarme en la escena.

En las siguientes sesiones el tiempo de espera se ensancha, se torna más soportable y la dialéctica ausencia-presencia juega su juego. Al cabo de un cierto tiempo, podemos jugar a la escondida, a escondernos uno del otro; jugamos a tener un secreto. ¿Qué es jugar a las escondidas, sino construir una experiencia donde el secreto vive con relación a los otros?

No hay infancia sin secretos. Los secretos no se pueden escanear ni están prefijados en un gen, en una sinapsis o en una neurona. Pero hacen falta los genes, las neuronas y las sinapsis para que una experiencia sea plástica y produzca huellas, a nivel neurológico como a nivel simbólico. Al jugar, al vivir esa experiencia escénica, el niño produce afectos que lo involucran en el nivel corporal, neuronal, como en el nivel psíquico, simbólico. Los chicos, sin darse cuenta, construyen el sueño de los alquimistas de los siglos XIV y XV, cuya consigna fundamental era “fijar lo errante y desatar lo fijo”. Los niños, al jugar, fijan la incertidumbre de la errante experiencia infantil y desbloquean, desanudan la fijeza de lo que no alcanzan a comprender, de aquello que les resulta displacentero e irrepresentable del mundo de los grandes. En ese interjuego constituyen lo singular, lo más propio de su imagen corporal, sin la cual no podrían jugar.

La experiencia infantil de jugar a estar muertos no implica necesariamente violencia, sino una cierta agresividad necesaria para salir de sí y encontrarse del otro lado. Acceder al otro lado irreal, ficcional, es entrar en la libertad condicionada que el escenario simbólico le permite. Libertad condicionada por el límite: los niños (como todos) son seres limitados; si están en un lugar es a condición de no estar en otro; si miran adelante no pueden ver lo que está detrás; si juegan es de mentira, es como si fuera de verdad. Esa es la condición. Para jugar hay legalidades, límites y prohibiciones que determinan pérdidas y renuncias. Jugar a volar, a conducir un automóvil, a ser mamá, papá o un superhéroe, implica reconocer que uno no puede volar, ni ser mamá ni papá ni superhéroe. El límite es lo que posibilita la representación de uno, de otro y de los otros. Sin el límite, no se puede jugar.

Por eso nos preocupa tanto, en el ámbito clínico y educativo, cuando un niño no puede o tiene muchas dificultades en construir su experiencia infantil jugando. La posibilidad de jugar excluye al niño de lo ilimitado del universo imaginario y de lo siniestro de lo real. Sólo se juega en el borde de un límite simbólico, ya que jugar es representar y entrar en la dialéctica de lo presente y lo ausente.

Para un niño, jugar a morir es metamorfosear el hecho de la muerte como tal y transformarlo en otra cosa, en otra escena donde lo mortal pierde su peso arrollador. La muerte se torna simbólica e invisible al jugar con ella. De este modo el sujeto-niño construye una versión posible de aquello que lo preocupa, lo aqueja o para lo que no encuentra respuesta.

La niñez se instituye en la experiencia que acontece al niño. El hace de esa experiencia un espejo que le permite reconocerse mientras que, al mismo tiempo, se desconoce en aquello que juega. Inquietante paradoja que nos permite comprender la infancia en las mismas escenas que la estructuran.

Finalmente: el jugar no es nunca un hecho trivial; es creíble, aun cuando sea disparatado. El juego no es inocente: más bien es la caída de la inocencia, ya que el niño juega lo irrepresentable, el placer, el dolor, la tragedia, el sufrimiento, y los hace posibles en la ficción.

* Texto extractado de un artículo de la revista Imago-Agenda.
La imagen: http://cuidadoinfantil.net/¡juguemos-a-las-escondidas.html

El final de la vida II: Cuidados paliativos

junio 25, 2015

“La Organización Mundial de la Salud define a los cuidados paliativos como “el cuidado total activo de los pacientes cuya enfermedad no responde a tratamiento curativo.

theendEs primordial el control del dolor y de otros síntomas y de problemas psicológicos, sociales y espirituales.

La meta del cuidado paliativo es brindar de la mejor calidad de vida para los pacientes y sus familias.”

Esta entidad sostiene que los cuidados paliativos:

  • Afirman la vida y consideran la muerte como un proceso normal.
  • Ni apresuran ni posponer la muerte.
  • Proporcionan alivio del dolor y otros síntomas angustiantes.
  • Integran los aspectos psicológicos y espirituales de la asistencia.
  • Ofrecen un sistema de apoyo para ayudar a los pacientes a vivir tan activamente como sea posible hasta la muerte.
  • Ofrecen un sistema de apoyo para ayudar a la familia a salir a delante durante la enfermedad del paciente y en su propio duelo.”

Leído en: Revista Uno Mismo 371/Nota “En el final de la vida”.

El final de la vida I

junio 23, 2015

 

“A la mayoría de nosotros nos gusta tener una muerte apacible.

theendSin embargo, también está claro que no podemos esperar a morir así si nuestras vidas han estado impregnadas de violencia o si nuestras mentes han estado agitadas predominantemente por emociones como la ira, el apego o el miedo.

Por lo tanto, si deseamos morir bien, debemos aprender a vivir bien.

Para tener la esperanza de una muerte apacible, debemos cultivar la paz tanto en nuestra mente como en nuestra manera de vivir.”

Dalai Lama. citado en Revista UnoMismo, nota “En el final de la vida”.

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Un caso de derecho a la muerte asistida

noviembre 5, 2014

Noviembre de 2014
Oregon – Estados Unidos: murió Brittany, la joven que conmocionó al mundo al anunciar su muerte asistida.

 Deathwithdignity“La joven de 29 años, que padecía un cáncer terminal en el cerebro y había anunciado su muerte asistida para el 1 de noviembre, murió el sábado en su casa de Portland, tras publicar un mensaje de despedida en la red social Facebook.

 “Con tristeza anunciamos la muerte de una mujer querida y maravillosa, Brittany Maynard. Ella murió en paz en su cama rodeada de su familia y seres queridos”, afirmó en un comunicado la ONG “Compassion & Choices, que se dedica asesorar a enfermos terminales que desean una muerte digna, pero no precisó la fecha del fallecimiento de la joven, según consignó EFE.

 Maynard, que anunció su muerte asistida para el 1 de noviembre por tener un tumor cerebral con un pronóstico de pocos meses de vida, el jueves señaló que había pospuesto su decisión para disfrutar más tiempo con sus seres queridos.

 Por su parte, la revista “People” informó que la chica falleció el sábado en su casa de Portland, en el estado de Oregón, Estados Unidos, tras publicar un mensaje de despedida en la red social Facebook.

 “Adiós a todos mis queridos amigos y a la familia que amo. Hoy es el día que elegí para morir con dignidad ante mi enfermedad terminal, este cáncer cerebral terrible que me quitó tanto, pero que me habría quitado mucho más”, escribió Maynard.

 “El mundo -agregó- es un lugar maravilloso, viajar ha sido mi gran maestro, mis amigos íntimos y demás son los más generosos. Incluso tengo un grupo apoyándome mientras escribo. Adiós, mundo. Difundan buena energía. ¡Transmitanla!”.

 El caso de Maynard, que tuvo una gran repercusión mediática en todo el mundo y reavivó el debate acerca de si la eutanasia o la muerte asistida es un “derecho” que debería estar contemplado por la ley, o al menos no penalizado, y hasta qué punto se trata de un acto de autodeterminación sobre el cuerpo.

 La muerte asistida es legal solamente en cinco estados norteamericanos, por lo que la joven, residente de Oakland, California, se trasladó junto a su familia al vecino estado de Oregón, que sí permite esta práctica.

 Además, Maynard creó el Fondo Brittany Maynard, en cuya página de internet colgó el pasado jueves un vídeo con el objetivo de promover el “derecho a una muerte digna” en todo el país.

 “Cuando la gente me critica porque no espero más tiempo o porque no sigo lo que ellos decidieron que es mejor para mí, me duele. Porque yo me arriesgo cada día, cada día por la mañana al levantarme”, comentó la joven.

 El pasado enero, poco más de un año después de casarse, Maynard acudió al médico a causa de los fuertes dolores de cabeza que sentía, y le fue diagnosticado un grave tumor cerebral.

 El cáncer avanzó rápidamente y los especialistas informaron a la joven de que sólo le quedaban unos meses de vida, al tiempo que le explicaron el desarrollo previsto de la enfermedad, que le causaría un gran y prolongado dolor antes de terminar con su vida.

 Ante esta situación, la joven decidió trasladarse junto a su familia a Oregón, donde la ley del estado le permitía que los médicos le dieran un fármaco que terminaría con su vida sin causarle dolor, si ella decidía ingerirlo.

 En Estados Unidos solamente en Oregón, el estado de Washington, Montana, Nuevo México y Vermont permiten esta práctica.”

Leído en: Agencia de Noticias Telam  

Relacionados:
Texto de la ley de muerte digna en Argentina (año 2012)
Texto de la Ley 26.529 – SALUD PUBLICA. Derechos del Paciente (año 2009)

Psicología. Aprender a morir

septiembre 28, 2014

Octubre 1. Día Internacional de las Personas de Edad

Si tienen un rato para leer…

Placeres y tareas de los últimos años.

“Un fruto dulce y maduro”

Por Enrique Rozitchner*

Vejez1Séneca (4-65), la figura más representativa del estoicismo durante el Imperio, en su Epístola XII a Lucilio, presenta cómo vive su propio envejecimiento. Las señales de la vejez provienen menos del cuerpo que del mundo exterior que lo circunda; el mundo también envejece. El paso del tiempo se refleja en los objetos envejecidos que hemos amado durante toda la vida. La casa que edifiqué, el árbol que planté y vi crecer, de pronto se me muestran viejos. Como si Séneca admitiera su vejez a través del mundo que envejece con él, porque dondequiera que vaya encuentra señales de su envejecimiento.

Se trata de una fuerte percepción, que no se orienta por referencias al cuerpo que se deteriora o al propio ego (Freud diría: menos narcisista), sino de modo indirecto. En esta experiencia, a la que efectivamente muchos tienen acceso, el sujeto envejece con el mundo que lo ha rodeado, con la comunidad en que creció o se desarrolló. Séneca, contra todo egocentrismo, pone el acento en que uno es uno y sus circunstancias de vida, el cúmulo de vínculos afectivos con los que ha vivido. La identificación proyectiva con la vejez del otro, con un mundo envejecido, como ese plátano de su finca que ha plantado y que ya no puede dar frutos, confirma su envejecimiento.

Tales señales de la vejez, lejos de ser borradas como amenazas o fantasmas, en el estoico se reciben con afecto, con la expectativa de obtener de ellas numerosas satisfacciones. La Epístola XII valoriza esas señales, propone amigarse con ellas, reconocerse en ellas y no rechazarlas como extrañas y siniestras. Según Séneca, en todo placer lo más voluptuoso se guarda para el final. Ese mundo transitorio y envejecido aparece como un fruto dulce y maduro del cual todavía es posible alimentarse. La enseñanza estoica apunta a que en la vejez también hay placeres, o aun se goza de no precisar ninguno de ellos, porque ya se ha gozado lo suficiente y su sabor impregna la boca. Al igual que Cicerón, Séneca considera la vejez realizada desde el modelo del hartazgo de la vida.

En la Epístola XII se postula una concepción circular del tiempo donde nadie es tan viejo que no puede vivir un día más, lo cual equivale a vivir una vez más el ciclo de toda la vida. Nacimiento y muerte, en la circularidad cualitativa del tiempo y de los días, son los extremos de los momentos intensos de la vida que igualan al joven y al viejo; cada día que se vive en la vejez remite a una densidad especial que incluye la existencia completa. Mientras que en la temporalidad longitudinal de la flecha del tiempo la intensidad de una vida se pierde sin resto, en el tiempo circular cada día trae la potencialidad del deseo y la posibilidad de reanimar los placeres vividos. La vida, en la visión de Séneca, se compone de círculos concéntricos –infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez– unos dentro de otros, y el gran círculo del nacimiento y de la muerte los abraza a todos.

En la Epístola XXVI a Lucilio, Séneca afirma que la vejez delimita el mundo de la edad cansada, aunque no, subraya, aplastada. Estas palabras y otras expresan un sentimiento de falta de correspondencia entre la percepción de su propio envejecimiento corporal y el alma: Séneca se descubre viejo, pero esa representación no coincide con su propio yo. El reconocimiento de esa diferencia entre lo que fue y lo que es se realiza ahora, como en la Epístola XII, a partir de ciertas señales de su vejez, sólo que en este caso proceden de una percepción interna. Ese cansancio de Séneca indica los cambios corporales de la senectud, aunque en él ese cansancio no se prolonga en el alma; distingue entre la vitalidad de su alma y el cansancio de su cuerpo. El vigor del espíritu, la potencia anímica o psicológica, no se corresponden con una corporeidad que se percibe cansada. Sin embargo, esa falta de correspondencia entre la psiquis y el soma puede darse (incluso invertida) en cualquier edad y no únicamente en la vejez.

La Epístola XXVI recuerda que el fin de la vida se acerca y se debe enfrentar la muerte. Este es un tope que Séneca advierte para la libertad del alma en la vejez: llegar a la sabiduría y al deleite del alma anuncia la antesala de la muerte.

El estoicismo, Lee el resto de esta entrada »

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