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Cuentos de Antón Chéjov

abril 7, 2017

Alguna vez fui al teatro a mirar “El jardín de los cerezos”, pero nunca había leído cuentos de este gran escritor ruso. Me gustaron todos, comparto uno breve y muy emotivo que encontré en la web, y del que Wikipedia nos dice:

Vanka. Antón Chejov

“Con este cuento Chéjov critica a la sociedad europea de la segunda mitad del siglo XIX, especialmente al maltrato y la marginalidad que sufrían muchos niños huérfanos en la época del autor.” (Wikipedia)

“Una nochebuena Vanka Chukov, un niño huérfano de 9 años, comienza a escribir una carta dirigida a su abuelo desde la casa del zapatero Alojin en Moscú. En ella, Vanka le va contando las penurias que está pasando (el maltrato del zapatero, la miseria en la que vive, la soledad que siente…) y finalmente le ruega poder ir a vivir con él a su aldea. ...”

Pero lo bello es lo que vamos sintiendo a medida que leemos: 

“Querido abuelo Constantino Makarich -escribió-: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti…

Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecito enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Lo acompañaban dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica.

Le gustaba acercarse a la gente con suavidad, sin ser notado, y morderla en las pantorrillas. Con frecuencia robaba pollos de casa de los campesinos. Le pegaban grandes palizas; dos veces había estado a punto de morir ahorcado; pero siempre salía con vida de los más apurados trances y resucitaba cuando lo tenían ya por muerto.

En aquel momento, el abuelo de Vanka estaría, de fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de la iglesia, embromaría a los cocineros y a las criadas, frotándose las manos para calentarse. Riendo con risita senil les daría vaya a las mujeres.

-¿Quiere usted un polvito? -les preguntaría, acercándoles la tabaquera a la nariz.

Las mujeres estornudarían. El viejo, regocijadísimo, prorrumpiría en carcajadas y se apretaría con ambas manos los ijares.

Luego les ofrecería un polvito a los perros. El Canelo estornudaría, sacudiría la cabeza, y, con el gesto huraño de un señor ofendido en su dignidad, se marcharía. El Serpiente, hipócrita, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos, no estornudaría y menearía el rabo.

El tiempo sería soberbio. Habría una gran calma en la atmósfera, límpida y fresca. A pesar de la oscuridad de la noche, se vería toda la aldea con sus tejados blancos, el humo de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el cielo, miles de estrellas parecerían hacerle alegres guiños a la Tierra. La Vía Láctea se distinguiría muy bien, como si, con motivo de la fiesta, la hubieran lavado y frotado con nieve…

Vanka, imaginándose todo esto, suspiraba.

Tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo:

«Ayer me pegaron. El maestro me cogió por los pelos y me dio unos cuantos correazos por haberme dormido arrullando a su nene. El otro día la maestra me mandó destripar una sardina, y yo, en vez de empezar por la cabeza, empecé por la cola; entonces la maestra cogió la sardina y me dio en la cara con ella. Los otros aprendices, como son mayores que yo, me mortifican, me mandan por vodka a la taberna y me hacen robarle pepinos a la maestra, que, cuando se entera, me sacude el polvo. Casi siempre tengo hambre. Por la mañana me dan un mendrugo de pan; para comer, unas gachas de alforfón; para cenar, otro mendrugo de pan. Nunca me dan otra cosa, ni siquiera una taza de té. Duermo en el portal y paso mucho frío; además, tengo que arrullar al nene, que no me deja dormir con sus gritos…  Abuelito: sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho respeto y te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me moriré.»

Vanka hizo un puchero, se frotó los ojos con el puño y no pudo reprimir un sollozo.

«Te seré todo lo útil que pueda -continuó momentos después-. Rogaré por ti, y si no estás contento conmigo puedes pegarme todo lo que quieras. Buscaré trabajo, guardaré el rebaño. Abuelito: te ruego que me saques de aquí si no quieres que me muera. Yo escaparía y me iría a la aldea contigo; pero no tengo botas, y hace demasiado frío para ir descalzo. Cuando sea mayor te mantendré con mi trabajo y no permitiré que nadie te ofenda. Y cuando te mueras, le rogaré a Dios por el descanso de tu alma, como le ruego ahora por el alma de mi madre.

«Moscú es una ciudad muy grande. Hay muchos palacios, muchos caballos, pero ni una oveja. También hay perros, pero no son como los de la aldea: no muerden y casi no ladran. He visto en una tienda una caña de pescar con un anzuelo tan hermoso que se podrían pescar con ella los peces más grandes. Se venden también en las tiendas escopetas de primer orden, como la de tu señor. Deben costar muy caras, lo menos cien rublos cada una. En las carnicerías venden perdices, liebres, conejos, y no se sabe dónde los cazan.

«Abuelito: cuando enciendan en casa de los señores el árbol de Navidad, coge para mí una nuez dorada y escóndela bien. Luego, cuando yo vaya, me la darás. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna; dile que es para Vanka. Verás cómo te la da.»

Vanka suspira otra vez y se queda mirando a la ventana. Recuerda que todos los años, en vísperas de la fiesta, cuando había que buscar un árbol de Navidad para los señores, iba él al bosque con su abuelo. ¡Dios mío, qué encanto! El frío le ponía rojas las mejillas; pero a él no le importaba. El abuelo, antes de derribar el árbol escogido, encendía la pipa y decía algunas chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka. Jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el hachazo que sobre uno de ellos debía descargar la mano del abuelo. De pronto, saltando por encima de los montones de nieve, aparecía una liebre en precipitada carrera. El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y, agachándose, gritaba:

-¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo!

Luego el abuelo derribaba un abeto, y entre los dos lo trasladaban a la casa señorial. Allí, el árbol era preparado para la fiesta. La señorita Olga Ignatievna ponía mayor entusiasmo que nadie en este trabajo. Vanka la quería mucho. Cuando aún vivía su madre y servía en casa de los señores, Olga Ignatievna le daba bombones y le enseñaba a leer, a escribir, a contar de uno a ciento y hasta a bailar. Pero, muerta su madre, el huérfano Vanka pasó a formar parte de la servidumbre culinaria, con su abuelo, y luego fue enviado a Moscú, a casa del zapatero Alajin, para que aprendiese el oficio…

«¡Ven, abuelito, ven! -continuó escribiendo, tras una corta reflexión, el muchacho-. En nombre de Nuestro Señor te suplico que me saques de aquí. Ten piedad del pobrecito huérfano. Todo el mundo me pega, se burla de mí, me insulta. Y, además, siempre tengo hambre. Y, además, me aburro atrozmente y no hago más que llorar. Anteayer, el ama me dio un pescozón tan fuerte que me caí y estuve un rato sin poder levantarme. Esto no es vivir; los perros viven mejor que yo… Recuerdos a la cocinera Alena, al cochero Egorka y a todos nuestros amigos de la aldea. Mi acordeón guárdalo bien y no se lo dejes a nadie. Sin más, sabes que te quiere tu nieto

VANKA CHUKOV
Ven en seguida, abuelito.»

Vanka plegó en cuatro dobleces la hoja de papel y la metió en un sobre que había comprado el día anterior. Luego, meditó un poco y escribió en el sobre la siguiente dirección:

«En la aldea, a mi abuelo.»

Tras una nueva meditación, añadió:

«Constantino Makarich.»

Congratulándose de haber escrito la carta sin que nadie lo estorbase, se puso la gorra, y, sin otro abrigo, corrió a la calle.

El dependiente de la carnicería, a quien aquella tarde le había preguntado, le había dicho que las cartas debían echarse a los buzones, de donde las recogían para llevarlas en troika a través del mundo entero.

Vanka echó su preciosa epístola en el buzón más próximo…

Una hora después dormía, mecido por dulces esperanzas.

Vio en sueños la cálida estufa aldeana. Sentado en ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka. El perro Serpiente se paseaba en torno de la estufa y meneaba el rabo…”

Leído en: http://ciudadseva.com/texto/vanka/
Info acerca del cuento:
http://es.wikipedia.org/wiki/Vanka
Algo más del autor en WordPress:
http://eldisparaletras.wordpress.com/2011/07/17/los-cuentos-de-chejov/

La imagen: es la portada del libro de la colección Clásicos de Bolsillo de Longseller adónde leí este cuento y otros más. En el Prólogo de dicha edición se nos dice que: “… El estilo conciso tiene en él –Chéjov– a su máximo representante… sabe exponer los problemas de la vida mediante el análisis profundo y sutil de situaciones aparentemente intrascendentes y cotidianas. Unas pocas pinceladas le bastan para mostrar tanto un suceso como a personajes comunes y corrientes…”

Nacimiento

diciembre 21, 2016

Prosigo leyendo las historias que nos cuenta Galeano en otro de sus libros

“Diciembre 24. ¡Milagro!

loshijosdelosdiasEn la Nochebuena de 1991, murió la Unión Soviética y en su pesebre nació el capitalismo ruso.

La nueva fe hizo el milagro: por ella iluminados, los funcionarios se hicieron empresarios, los dirigentes del Partido Comunista cambiaron de religión y pasaron a ser ostentosos nuevos ricos, que pusieron bandera de remate al Estado y compraron a precio de banana todo lo comprable
en su país y en el mundo.

Ni los clubes de fútbol se salvaron.”

Leído en: Los Hijos de los Días, Eduardo Galeano, 2012, Siglo XXI, pág. 402.

Carnaval ruso: el adiós al invierno

marzo 4, 2011

Tiempo de juegos, paseos, excesos, alegría, bebida, mesa franca. Tiempo de purificación, de perdón, de reconciliación, de renovación…

Adiós al invierno.
Por Helene Yvert-Jalu, para El Correo De La UNESCO

“La celebración del carnaval ruso sigue despertando el mismo entusiasmo que en el pasado. Pero las formas de ese rito inmemorial han cambiado.  

MonigoterusoEl carnaval ruso, o Maslenitsa, cuyo origen se remonta a tiempos inmemoriales, ha dado muestras de una vitalidad excepcional.

Ciertas costumbres muy antiguas, como comer bliny (tortillas), deslizarse o pasear en trineo, siguen formando parte de la celebración. Pero a ellas se suman hoy en día numerosas diversiones: competiciones de esquí, concursos de patinaje, danzas y cantos al son del acordeón o de la balalaika, entre muchas otras que confieren al “adiós al invierno“, como más comúnmente se llama al carnaval, un carácter sobre todo recreativo.

Y aun cuando a veces se restablezcan ritos más arcaicos, el significado profundo que la tradición conservaba se va perdiendo paulatinamente. 

¿Cuál es el origen del carnaval ruso?

Su nombre proviene de maslo, que significa mantequilla. Los preceptos de la Iglesia prohibían comer carne durante la semana que precedía la gran Cuaresma de seis semanas antes de Pascua. Para reemplazarla se consumían productos lácteos, pescado, huevos y… bliny, tortitas a las que se agregaba mantequilla derretida para hacerlas más untuosas. 

La palabra maslenitsa designa a la vez el periodo de carnaval y el monigote grotesco que lo personifica. En Moscú el contenido simbólico del carnaval ya había desparecido en el siglo XVIII. Pero, en cambio, en las zonas rurales se conservó y, todavía a principios del siglo XX, en algunas aldeas esta fiesta continuaba celebrándose según la tradición. 

Las festividades se iniciaban dando la bienvenida a la Maslenitsa, un monigote, por lo general de aspecto femenino, hecho de paja y trapo, al que se vestía con una camisa, un sayo sin mangas y un pañuelo en la cabeza. A veces se amarraba a una rueda que se encaramaba en una vara larga. En algunas ocasiones una persona de carne y hueso desempeñaba este papel.

Se colocaba la Maslenitsa en un trineo y se la paseaba por el pueblo, mientras la multitud iba detrás, a pie o en trineo, manifestando una alegría bulliciosa con danzas, gritos y risas y entonando coplas de bienvenida:  Ha llegado la honorable Maslenitsa, boyarda de generoso corazón, a deslizarse por las cuestas, revolcarse en los bliny, y disfrutar al máximo.  Luego se la instalaba en un sitio elevado y allí permanecía hasta el fin de semana.

No beber durante la Maslenitsa es un pecado  La bienvenida anunciaba el comienzo de diferentes juegos: carreras de caballos, batallas campales a puño limpio, asalto por un grupo de jinetes de una fortaleza de nieve que los sitiados tenían que defender, columpios y, sobre todo, descenso de las pistas en trineo.

Deslizarse en trineo era la diversión favorita de los jóvenes pues constituía una buena ocasión para alternar con el sexo opuesto y conocer a su futura esposa. Las parejas de recién casados descendían las pistas en trineo y, a pedido del público, la joven esposa, que iba sentada en las rodillas del marido, debía besarlo antes y después de la carrera a la vista de todos. Se solía enterrar a la pareja bajo la nieve durante algunos instantes. 

Las familias ricas comenzaban a preparar los bliny a partir del lunes, mientras que los pobres lo hacían el jueves o viernes. Las mujeres preparaban la masa siguiendo diversos ritos: algunas le agregaban nieve cuando salía la luna, otras, en el mayor secreto, comenzaban su tarea a la orilla del río cuando aparecían las primeras estrellas. En algunas provincias, se colocaba la primera tortita cocida en el alféizar de la ventana para las almas de los difuntos. En otras regiones, se regalaban a los mendigos para que recordaran a sus muertos. Se ofrecían tortitas a todo el mundo, parientes, amigos y conocidos; se servían muy calientes acompañadas con crema agria, arenques o caviar.

Las reglas de hospitalidad exigían tener mesa franca durante el carnaval: se comía y bebía a más no poder como si fuera necesario estar ahito para atravesar el largo periodo de abstinencia de la Cuaresma. “No beber durante la Maslenitsa es un pecado”, decía un refrán. 

Otra costumbre establecía que las suegras invitaran a sus yernos recientes a saborear bliny y a beber en abundancia, lo que daba lugar a canciones jocosas. Los jóvenes esposos solían llegar cargados de regalos y su visita podía prolongarse dos o tres días. A menudo una Maslenitsa, suspendida del dintel de la puerta, les daba la bienvenida.  A partir del jueves o viernes, los paseos en trineo reemplazaban los juegos en la nieve. Los jóvenes, y sobre todo los recién casados, se paseaban ufanos por la aldea antes de visitar las aldeas vecinas y la ciudad más próxima; cada cual quería mostrarse en el carruaje más hermoso y sus más ricos vestidos. Se adornaban las crines de los caballos con cintas y flores de papel y los trineos se recubrían con tapices. Del arco de madera pintado de colores vivos que decora los trineos se colgaban cascabeles y campanillas. Las mujeres dejaban sus pellizas entreabiertas para lucir el forro de piel. Todos rivalizaban en elegancia.  

El entierro del carnaval 

El domingo del Perdón se despedía a la Maslenitsa con las mismas muestras de júbilo y alboroto con que se la había acogido. Se volvía a colocar el monigote de paja en un trineo, pero en esta oportunidad el cortejo adquiría el carácter de un entierro burlesco. Un jamelgo llevando un pantalón roto tiraba de un trineo deteriorado y recubierto de una estera gastada.

El cochero, un anciano de la aldea, harapiento y con el rostro tiznado, hacía todo tipo de bufonadas que en otras circunstancias hubieran parecido indecentes. En algunas ocasiones se ponía dentro del trineo una barca o una artesa de madera, atributos de antiguos ritos funerarios.

A la cabeza de la procesión iban una mujer o un hombre disfrazados de pope de comedia, llevando como incensario una zapatilla vieja suspendida de un hilo, mientras los asistentes, cubiertos con máscaras grotescas, parodiaban cantos religiosos. 

A la salida de la aldea, el cortejo se detenía ante un campo sembrado para “dar muerte” a la Maslenitsa. En ciertos rituales, se la desvestía y se tironeaba de ella hasta despedazarla en un montón de fragmentos que se enterraban en la nieve: en otros, se la echaba al río o se la quemaba en una gran hoguera hecha con paja, leña y un montón de antiguallas que los jóvenes del pueblo habían reunido con ese fin, o, en ciertas regiones, robado.  Esta ceremonia, con la que concluía la fiesta, anunciaba también el fin de las diversiones.

El domingo por la noche las manifestaciones de júbilo cesaban como por arte de magia. Era la hora del Perdón. Todos se pedían recíprocamente perdón por las faltas cometidas y se abrazaban en señal de reconciliación. En el cementerio se pedía perdón a los muertos por el mal que se les hubiera hecho y como ofrenda se depositaban bliny sobre las tumbas. 

El primer día de la Cuaresma, el “Lunes puro”, se consagraba a una gran limpieza de la casa y se iba a la bania (baño turco) para lavarse. Después de los excesos de la fiesta, comenzaba un periodo de purificación a la vez espiritual y físico. 

Un tiempo sagrado
¿Cómo interpretar los ritos de la Maslenitsa?

La escuela mitológica, en boga sobre todo a mediados del siglo XIX, ve en esta fiesta principalmente el reflejo del culto solar de los antiguos eslavos. Según esta teoría, la Maslenitsa sería la celebración del Dios-Sol y el entierro del invierno. Las tortitas, cuya forma redonda recuerda la del sol, estarían destinadas a obtener el retorno del astro. Mientras que el propósito de las hogueras, encendidas por lo general en un sitio elevado, sería unir la Tierra con el Cielo y acelerar así la llegada del calor. 

La ópera Snegurotchka (1881, La niña de las nieves) de Rimski-Korsakov se inspira en esta concepción. Al final de la obra la heroína muere y su desaparición permite que el Sol-Yarilo vuelva a brillar en el reino de Berendei y que regrese la primavera. 

Para quienes defienden la teoría de las influencias, que data de fines del siglo pasado, la Maslenitsa deriva más bien de ritos romanos impregnados de influencias helénicas, que probablemente llegaron al mundo eslavo por intermedio de trovadores procedentes de Bizancio.  Otros aun y entre ellos la mayoría de los especialistas rusos piensan que al igual que otras fiestas populares ésta se basa en cultos agrarios eslavos precristianos.

La finalidad de estas celebraciones consistía probablemente en obtener buenas cosechas. En los cultos agrarios se considera a la tierra un organismo femenino al que se fuerza a procrear por medio de procedimientos mágicos, por ejemplo recurriendo a los muertos o a ciertos ritos de preparación y fecundación.  Así, se ofrecen bliny a los difuntos para que desde su morada en las entrañas de la tierra cuiden de las semillas y los granos. También se procura que la tierra se vuelva fértil por medio de actos de carácter erótico. Al establecer una relación entre la fecundidad humana y la fertilidad terrestre, se atribuye a la sexualidad una influencia mágica; de ahí que durante la fiesta se conceda mucha importancia a las jóvenes parejas; de ahí también el empleo de máscaras que facilitan las conductas licenciosas. Y, por último, se transmite a la tierra la fuerza fecundadora de la espiga simbolizada por la paja del monigote que se quema y se entierra.  Las risas durante la “muerte” de la efigie del carnaval ayudan, mágicamente, a que la tierra procree. 

Sin embargo, para muchos historiadores de las religiones, el sentido del carnaval ruso supera la explicación simplemente agraria. La importancia de la Maslenitsa proviene, según estos estudiosos, de que pertenece a esa categoría de fiestas que señalan el fin de un periodo y el comienzo de otro crucial en todas las sociedades tradicionales.  

Al marcar el paso del invierno a la primavera y, en la vieja Rusia, el comienzo del año, la Maslenitsa constituye una fiesta de renovación cosmogónica, en tanto que la agricultura es sólo uno de los aspectos de la regeneración periódica.  El culto a los muertos, vestigio de las ceremonias que acompañaban el periodo de transición entre dos ciclos, está vinculado probablemente a ese mito del eterno retorno.

En esta perspectiva, la inversión de los valores, como la parodia del entierro y la licencia generalizada, representa sin duda el caos primitivo que debe ser dominado para permitir la renovación cíclica del orden de las cosas. La confesión de los pecados, el domingo de Perdón, revela el deseo de recobrar la pureza de esa renovación del tiempo primordial. Por último, el encender hogueras, elemento esencial de la fiesta, es tal vez el símbolo de una nueva Creación.”

La foto es de la nota original
Leído en: El Correo de la Unesco, diciembre de 1989
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Videopoema. El árbol y el gato (via Soy donde no pienso)

febrero 22, 2011

Te vas a emocionar…

Videopoema. El árbol y el gato Para ver el video subtitulado en español haz clic aqui Si has disfrutado este post Suscribete al boletin de Novedades de Soy donde no pienso o agregame  a tu lector de noticias preferido … Read More

via Soy donde no pienso

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