30 de diciembre de 2004, tragedia de Cromañón: la indiferencia ante la vida del otro

Un mal recuerdo…

Leo en Wikipedia: «La tragedia de Cromañón fue un incendio producido la noche del 30 de diciembre de 2004 en República Cromañón, establecimiento ubicado en el barrio de Once de la ciudad de Buenos Aires, durante un recital de la banda de rock Callejeros. Este incendio provocó la peor tragedia mundial en la historia de la música de rock y una de las mayores tragedias no naturales en Argentina dejando un saldo de 194 muertos y al menos 1432 heridos.

Esta tragedia causó, además, importantes cambios políticos y culturales. Los familiares de los jóvenes fallecidos y los sobrevivientes del incendio conformaron un gran colectivo de movilización pública y demanda de justicia, por las muertes y los daños sufridos…» 

 

Entrevista* a Silvia Bleichmar, lúcida analista de los fenómenos sociales, rescata un concepto de la filósofa Hanna Arendt, que influyó en el pensamiento social del siglo XX. Se trata de «la banalidad del mal», que es el acostumbramiento a cualquier barbarie cotidiana, sintiendo indiferencia aun por las atrocidades sobre las que se tiene responsabilidad.

-¿Es posible realizar una comparación metafórica entre República Cromañón y la Argentina?

-Por supuesto. Vivimos en un país en el cual los jóvenes se ven sometidos constantemente a riesgos mayores: la pérdida de futuro, la desprotección cotidiana, la muerte precoz. Pero también es una metáfora de la sensación catastrófica que todos padecemos, y no sólo por la corrupción y la subordinación de la vida a la voracidad económica, sino por la naturalización de la muerte.

-Para algunos de los sobrevivientes se trató de un crimen colectivo. ¿Comparte usted esa idea?

-En sentido amplio sí, pero lo que define la criminalidad de un acto no es sólo el resultado sino la intención. Y en este sentido veo este hecho más cerca del concepto de «banalidad del mal»: el daño producido a los seres humanos por la indiferencia. Es una criminalidad despojada de odio y racionalizada por los números. Qué conviene más: modificar un error en la producción de automóviles que podría propiciar accidentes o enfrentar las posibles demandas que este error pudiera producir en caso de provocar accidentes mortales. La indiferencia ante el sufrimiento ajeno en aras de la conservación de prebendas económicas es el modo como opera la banalidad del mal.

-¿Cómo se inscribe este hecho terrible en el imaginario colectivo?

-Como un aporte más al escepticismo y la desesperanza. La tragedia produjo y sigue produciendo dolor, pero no asombro, no la indignación suficiente, no la convicción de que «esto no puede ser». Nos hemos habituado a vivir sobre un trasfondo de horror, y esta naturalización es el mayor obstáculo para salir de ello. En un texto sobre los miedos de los argentinos, decía que la paz es el derecho a los miedos privados. En épocas de paz, uno puede tenerles miedo a los perros, a los vuelos en avión, a las tormentas… En épocas de riesgo se comparten y hasta uniforman los temores: miedo a los secuestros, a la pérdida del trabajo, a la muerte de los hijos…

-Frente al espectáculo de tantas muertes evitables, ¿cómo recomienda actuar ante los chicos?

-A partir de un episodio traumático, la gente vuelve una y otra vez a la cuestión. Se busca así la significación que sólo la palabra puede otorgar. Esa función cumplen las imágenes a las cuales nos quedamos pegados en el televisor: es como si tratáramos de desentrañar algo que no podemos significar, que no podemos metabolizar. Por eso, es recomendable regular el acceso a la imagen, y más aún en el caso de los niños. Vivimos con un exceso de imágenes y un déficit de simbolización de las mismas, vale decir, de capacidad de comprensión. Por eso son necesarias las explicaciones, y sobre todo escuchar al niño para saber qué es lo que ha producido en su psiquismo lo que está viendo.

Es notable cómo en estos días los chicos han introducido esta cuestión en sus juegos y observaciones: desde un grupito de chicos que tuve ocasión de ver, que había agregado a su club campestre -una mesita con banquitos bajo los árboles- una «salida de emergencia» que consistía en un claro entre las ramas, hasta una niña que entró en un local de hamburguesas y preguntó: «¿Dónde está el matafuegos?».

-De la tragedia, ¿podemos rescatar la existencia de un país solidario?

-Lo hubo ante la tragedia de Cromagnon, como lo hubo ante otras tragedias. Este país existe, y da pruebas periódicamente de que guarda las reservas morales que salieron a dar de comer en 2002 y que permitieron el apoyo mutuo en el período siguiente.

-¿Es posible pensar en que, además de exigir justicia y reclamar responsabilidad política, se comience a ejercer las propias responsabilidades? Pienso en chicos en un recital pidiéndo que no prendan bengalas…

-Sólo la conciencia compartida sobre el valor de la vida puede posibilitar esto. Deberemos debatir en los próximos años cómo las formas transgresivas de la cotidianidad son efecto y causa de un modo de representación en el cual la supervivencia es azarosa, y que da cuenta de la precariedad con la cual protagonizamos nuestras vidas. Además, gran parte de la sociedad se ha dado cuenta de que el reclamo a los gobernantes debe sostenerse en el marco de una asunción compartida de la protección a los jóvenes, ante el estado de devastación moral que padece nuestro país.

*Por Tesy De Biase – Para LA NACION.
Leído en: Silvia Bleichmar/Facebook

Sentimientos que están al borde de la extinción?

Paseando por Facebook, leo…

«Una condición fundamental para conseguir fomentar con éxito una nueva conciencia planetaria se apoyaría, por tanto, en nuestra capacidad colectiva para la creación de sistemas de valores que se escapen de la laminación moral, psicológica y social de la valorización capitalista, que sólo está enfocada al beneficio económico.

La alegría de vivir, la solidaridad y la compasión hacia otros son sentimientos que están al borde de la extinción y deben ser protegidos, reavivados e impulsados en nuevas direcciones».  –  Félix Guattari

Leído en: Radio Borda del Centro Cultural/Facebook.

Madres y padres -simbólicos- de la Patria. Construcción de la identidad colectiva.

«…me rehúso a ser hija de una Madre que no me deseó sino como lugar de explotación y de un Padre que … nos puso a disposición para que nuevos abusadores nos golpearan y humillaran.»

Por Silvia Bleichmar*, Psicoanalista, Psicóloga y Socióloga, intelectual y librepensadora argentina.

«La independencia y el colonialismo, como vínculos de construcción de la identidad colectiva, hicieron que la Argentina eligiera padres simbólicos.

Es posible que la mayoría de los argentinos nunca nos detengamos a pensar las frases que marcan nuestra historia, las que oímos una y otra vez en los discursos escolares, deletreamos en libros de lectura que si no formaron nuestro espíritu al menos fueron inocuos para deformarlo, escribimos en redacciones por encargo y recitamos en poemas que nos obligaban a un esfuerzo exagerado en los “ademanes” para dar sentido a algo que nunca entendimos.

Tal vez las repetimos sin preguntarnos su sentido por el acartonamiento de la declaración amorosa con la cual nos vimos en los años de infancia forzados a demostrar nuestro amor territorial, o porque la disociación entre las palabras y los hechos que habitó desde siempre el discurso del poder nos acostumbró precozmente a darle a las palabras cierto valor de cambio y poco valor de uso. Quizás porque no fue fácil apropiarnos de “este país” para que fuera “nuestro país” ya que los dueños de la tierra se presentaron siempre como los amos de la historia… O, porque el único “crisol de razas” se produjo en las camas de los inmigrantes pero no terminó durante muchos años en verdadero reconocimiento de proveniencias y aportes, o porque esta historia no llegó a ser nuestra hasta que nos dimos cuenta de que la producíamos diariamente, y que la gesta de la Semana Trágica no era menos heroica que las batallas de Vilcapugio y Ayohuma, y que no todos los próceres de la independencia eran tan éticos como creíamos, y que podíamos elegir en medio de tanto yeso ilustre y pintura enhiesta a quiénes nos representaban, formando por primera vez hinchadas de Moreno, San Martín o Belgrano y rehusándonos a que Don Cornelio fuera un verdadero Padre de la Patria.

La cuestión se planteó con la madre. La “Madre Patria” que nos dio la lengua -como si antes de eso el continente hubiera estado mudo-, que nos dio la religión -como si eso abarcara el territorio que fuimos y la Nación que somos-, la que nos dio la idiosincrasia -más heredera hoy de la extraña combinación entre el país mestizo y desarrapado que dejó la conquista y su encuentro con la inmigración trabajadora del siglo XX con sus ideales anarquistas y socialistas que generó un hambre de justicia irrenunciable que de los usos y costumbres de los conquistadores- en su mayoría vagos y aventureros, delincuentes absueltos o fugados, verdadera escoria del Imperio -que nos legaron una de las oligarquías más crueles y pragmáticas del continente.

¿Qué significa tener una “Madre Patria”?

Los pueblos carecen de madre, se fundan a sí mismos. Eligen sus padres simbólicos no por derecho de pernada sino por reconocimiento identificatorio. A los seres humanos escogidos por amor para ser hijos -biológicos o adoptivos- el cuidado que reciben les da la fuerza para poder amar, luego, a los padres simbólicos. Como en la política y en la vida intelectual, elegir nuestras figuras de identificación es el único derecho que nos lleva más allá de nuestras propias limitaciones de origen.

Las conquistas no son actos de amor engendrador sino violaciones obscenas. Que de allí surjan nuevos seres históricos no quiere decir que haya habido una propuesta inicial de producirlos. A diferencia de un hijo al cual se le da la lengua, las representaciones de sí mismo, los modos de sentir, los países coloniales son engendrados como clones de los cuales se toman los órganos vitales para conservar con vida a los imperios que se extinguen si no reciben la carne y sangre que los sostiene.

Por eso nos suena raro lo de tener la Madre Patria en nuestros orígenes coloniales, porque las madres que nos dieron lo mejor de sí mismas son múltiples y no sólo no se limitan a un engendramiento espurio sino que han intentado, desde siempre, ofrecernos la materialidad para que construyamos una identidad que nos permita salvarnos. Todos las reconocemos, todos nos vemos reflejados en ellas, en su heroísmo y en su valor, desde las heroínas de la Independencia hasta las sindicalistas de principios de siglo XX, desde las inmigrantes que marcharon junto a sus hombres por las calles de una ciudad cuyos nombres no podían pronunciar hasta las que cruzaron el riachuelo para participar de jornadas heroicas, desde las que dieron los mártires de la patria a las que aún salen a la calle para que ese martirio no quede en las sombras.

Por eso, más allá de mi amor a la España que nos dio a muchos de nuestros hombres más queridos, de la España de Machado y León Felipe, del Duero y Salamanca, de mi placer de haber recibido esa posibilidad de una lengua en la que me formé, en la que tuve mis primeras representaciones, en la que escuché la voz de mi madre y pude llenar de lecturas mis noches solitarias de provincia y en la que, como enuncia el poema de Juana de Ibarbourou, “dije ‘te quiero’ una noche americana millonaria de luceros”, me rehúso a ser hija de una Madre que no me deseó sino como lugar de explotación y de un padre que, como don Cornelio, nos puso a disposición para que nuevos abusadores nos golpearan y humillaran.»

* Nota publicada en la Revista Caras y Caretas, Año 45, Nº 2200, Julio 2006, Pág. 56.

Leído en:  https://www.facebook.com/silviableichmar/
SIlvia Bleichmar, en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Silvia_Bleichmar

El silencio, aproximaciones – David Le Breton

Buscando sobre el «silencio interior» di con un texto acerca del silencio interior/exterior

(vía sujetos del habla/facebook y rebelion.org)

«La disolución mediática del mundo genera un ruido ensordecedor, una equiparación generalizada de lo banal y lo dramático que anestesia las opiniones y blinda las sensibilidades. El discurso de los medios de comunicación posterga el juicio reflexivo a favor de una voz incontinente y sin contenido. Y, sin embargo, esta saturación lleva a la fascinación por el silencio. Kafka lo decía a su manera: “Ahora, las sirenas disponen de un arma todavía más fatídica que su canto: su silencio”.

Reivindicar el silencio en nuestros días se convierte así en algo provocador, contracultural, que contribuye a subvertir el vacuo conformismo y el efecto disolvente del ruido incesante. El silencio puede asumir entonces una función reparadora, eminente terapéutica, y venir a alimentar la palabra del discurso inteligente y la escucha atenta del mundo.

El único silencio que conoce la utopía de la comunicación es el de la avería, el del fallo de la máquina, el de la interrupción de la transmisión. Este silencio es más una suspensión de la técnica que la afloración de un mundo interior. El silencio se convierte entonces en un vestigio arqueológico, algo así como un resto todavía no asimilado. Anacrónico en su manifestación, produce malestar y un deseo inmediato de yugularlo, como si de un intruso se tratara. Señala el esfuerzo que aún queda por hacer para que el hombre acceda al fin a la gloriosa categoría del homo communicans.

Pero, al mismo tiempo, el silencio resuena como una nostalgia, estimula el deseo de una escucha pausada del murmullo del mundo. El turbión de palabras hace más apetecible aún el sosiego, el goce de poder reflexionar sobre lo que sea y hablar empleando el tiempo preciso para que la conversación avance al ritmo marcado por las propias personas, y se detenga, a la postre, en el rostro del interlocutor. Entonces el silencio, tan contenido como estaba, cobra un valor infinito. Surge entonces la gran tentación de oponer a la profusa “comunicación” de la modernidad, indiferente al mensaje, la “catarsis del silencio” (Kierkegaard), con la esperanza de poder restaurar así todo el valor de la palabra.

Cada vez resulta más difícil entender este mundo que la interminable proliferación de discursos intenta explicar. La palabra que difunde la multitud de medios de comunicación carece de relieve, diluida como está en su propia saturación. Impera a la postre una suerte de melancolía del comunicador, obligado a reiterar un mensaje inconducente, esperando que algún día algún mensaje llegue a tener alguna resonancia. Cuanto más se extiende la comunicación más intensa se hace la aspiración a callarse, aunque sea por un instante, a fin de escuchar el pálpito de las cosas o para reaccionar ante el dolor de un acontecimiento, antes que otro venga a relegarlo, y luego otro, y otro más… en una especie de anulación del pensamiento en un torrente de emociones familiares cuya insistente evanescencia aporta sin duda consuelo, pero acaba ensombreciendo el valor de una palabra que condena al olvido todo lo que enuncia. La saturación de la palabra lleva a la fascinación por el silencio. Kafka lo dice a su manera: “Ahora, las sirenas disponen de un arma todavía más fatídica que su canto: su silencio. Y aunque es difícil imaginar que alguien pueda romper el encanto de su voz, es seguro que el encanto de su silencio siempre pervivirá”.

El imperativo de comunicar cuestiona la legitimidad del silencio, al tiempo que erradica cualquier atisbo de interioridad. No deja tiempo para la reflexión ni permite divagar; se impone el deber de la palabra. El pensamiento exige calma, deliberación; la comunicación reclama urgencia, transforma al individuo en un medio de tránsito y lo despoja de todas las cualidades que no responden a sus exigencias. En la comunicación, en el sentido moderno del término, no hay lugar para el silencio: hay una urgencia por vomitar palabras, confesiones, ya que la “comunicación” se ofrece como la solución a todas las dificultades personales o sociales. En este contexto, el pecado está en comunicar “mal”; pero más reprobable aún, imperdonable, es callarse.

La ideología de la comunicación asimila el silencio al vacío, a un abismo en el discurso, y no comprende que, en ocasiones, la palabra es la laguna del silencio.

Más que el ruido, el enemigo declarado del homo communicans, el terreno que debe colonizar, es el silencio, con todo lo que éste implica: interioridad, meditación, distanciamiento respecto a la turbulencia de las cosas -en suma, una ontología que no llega a manifestarse si no se le presta atención.»

Basado en: el libro «El silencio, aproximaciones David Le Breton«. Su autor, David Le Breton es antropólogo, sociólogo y psicólogo, profesor de la Universidad de Estrasburgo…

Le Breton en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Philippe_Breton

Leído en: sujetos del habla/facebook – en rebelion.org hay un texto más extenso:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=38551

A continuación:  Para los que tienen tiempo/silencio 😉 desde rebelion.org, la Introducción/ Aspiración al silencio/ Obligación de decirlo “todo”/ El imposible silencio de la comunicación/ Elogio de la palabra/ No hay palabra sin silencio/

Continuar leyendo «El silencio, aproximaciones – David Le Breton»

Comer y alimentarse

Leyendo sobre Pierre Bourdieu*…

«… Cuando come, la burguesía busca distanciarse de una verdad esencial: la comida es una necesidad primaria y elemental. Para sus miembros, es central diferenciarse del vulgo que se deja arrastrar por esas pasiones primarias.

Si la burguesía busca alimentos refinados y exóticos (o, en los últimos años, sanos y ligeros), los sectores populares productos baratos y energéticos.

Unos quieren exhibir que ellos están lejos de la presión de las necesidades, que eligen lo que quieren; para otros la comida es funcional: debe proveerlos de fuerza para salir a trabajar…»

Leído en: Pierre Bourdieu Para Principiantes, pag.86, edit. Era Naciente.

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