Veterano de Malvinas (Canciones y poesías alusivas)

Abril, 2. Día del Veterano y de los Caídos en la guerra en Malvinas (Argentina).
Junio, 10. Dia de la Reafirmación Sobre Las Islas Malvinas (Argentina)

Veterano de Malvinas  (Doménico Bova) 

Tu rostro sigue marcado

través de tantos años

tu tristeza no se borra

tu valentía no se olvida.

Muchacho joven aún

de niño fuiste soldado

y supiste de la guerra

sin haberla deseado.

Las vivencias te dejaron

aquellos gritos ahogados.

Tu patriotismo no se mella

aunque fuiste derrotado.

Tu grito de libertad

en las islas usurpadas

se agiganta y da un abrazo

a todos como a un hermano.

Soldado que las quisiste defender,

tus camaradas allí quedaron,

desde el cielo hoy los cubre

un manto celeste y blanco.

Con emoción te agradecemos

soldado de las Malvinas

siempre en ti y en nosotros viven

nuestras islas argentinas.

Fuente: Ministerio de Educación: me.gov.ar/efeme/2deabril/veteranos.html
También en: El Malvinense: http://www.elmalvinense.com/Pyc.htm
(Los enlcaces pueden dejar de estar vigentes)

mmalvinas01

Febrero 11, de 2015

«Una historia que se hizo presente en el Museo Malvinas.

El Museo Malvinas cuenta la vida de las Islas desde 1520. Y esa vida está llena de historias, de pasión, de sacrificio y luchas por la patria.

Una de esas historias se hizo presente a través de Luis Schenone, un excombatiente de Suipacha, provincia de Buenos Aires, que vino a conocer el Museo y se encontró con el relato sobre su  experiencia en uno de los libros de nuestra biblioteca.

Emocionado nos saludó Luis, señalando el libro: “Llegar a Buenos Aires y que un relato mío esté  en este edificio, en este Museo es un orgullo, el sueño del pibe” nos dijo, con su rostro iluminado.

El libro, “Los peones de Malvinas” de Roberto García Lerena forma parte de la colección que se exhibe en la Biblioteca del Museo Malvinas. El mismo relata a través de una larga crónica periodística el rol de los trabajadores rurales de la Argentina como soldados. “Más de la tercera parte del total de soldados que pelearon en Malvinas eran trabajadores rurales, o pertenecientes  a familias ligadas por generaciones al trabajo de campo, y por origen social a los sectores más empobrecidos y marginados de la Argentina profunda”, se lee en su contratapa. Uno de ellos fue Luis.

Combatió en Malvinas como soldado conscripto clase 62 enrolado en el Regimiento de Infantería Mecanizada 6 de Mercedes, provincia de Buenos Aires. 19 años tenía cuando fue a la guerra.

Durante la entrevista, nos contó que cuando sus padres lo estaban despidiendo antes de su viaje no dimensionaban lo que estaba aconteciendo. “Si hubiesen sabido, pienso que se hubiesen manifestado. Nunca había habido una experiencia de esa magnitud en la Argentina”, reflexionó.

“Nosotros no conocíamos las Malvinas. Nada que ver con cómo se está fijando hoy la geografía de la Argentina en nuestros hijos” nos cuenta Luis. Y lo leemos en su relato en el libro: “Sabíamos que no íbamos a un entrenamiento, sino a un conflicto internacional, pero no tenía una real dimensión de en lo que nos metíamos (..) Cada vez que lo pienso, sigo recordando aquel orgullo de `pibes’ de 19 años que iban a defender la Patria. No nos imaginábamos lo que se nos venía”.

Cuando todo terminó, Luis volvió a Suipacha, a su vida en el campo. Y Malvinas quedó atrás, por lo menos puertas para afuera. “Yo creo que hubo un silencio que a mi me ayudó a cerrar la herida. Yo me bajé del barco en Puerto Madryn, vine en el avión hasta acá, llegué al regimiento 6 de Mercedes, me vinieron a buscar y al otro día estaba trabajando en mi casa. Había desarmado un tractor antes de irme y cuando volví estaba igual que como lo había dejado, mi papá no lo había armado: entonces lo volví a armar. Pero a la semana caí en cama. Cuando me relajé me desplomé” contó, trasladándonos a ese campo. “Enseguida tuve que salir a trabajar porque era mi necesidad. Quizás eso me sirvió para reinsertarme en la sociedad”.

Su historia conmueve, como todas las historias de los valientes que defendieron la Patria. Lo escuchamos sin interrumpirlo. Cuenta detalles, anécdotas, y nos hizo parte de su historia. “La Soberanía la tenemos que ganar con cultura, no con armas. Evidentemente con armas no se logra, y aparte se pierden muchas vidas, se truncan muchas vidas. Muchos de los que vi en la Sala de los Caídos de este Museo eran compañeros o jefes míos. Y ellos no pudieron contarla. Yo la estoy contando. Yo soy un privilegiado de poder contarla, de poder participar en esta historia”.

Antes de irse, Luis recorrió con la mirada una vez más el Museo. Le consultamos qué le pareció, a él, que es parte de la historia que contamos en este edificio: “ Creo que está muy bien enfocado y muy bien estudiado, desde la geografía: cómo es el territorio de Malvinas; y la historia: por qué nos pertenece Malvinas a los argentinos. Tenemos que reivindicar la identidad. Tenemos que poner la bandera argentina en todos lados, sentirnos orgullosos de los colores. Para eso tenemos que saber las historias, para decir: me siento orgulloso por esto”.

Desde el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur agradecemos profundamente a Luis Schenone por  su amor a la Patria, por su compromiso inclaudicable, y nos quedamos con su promesa de volver a visitarnos.»

Fuente: http://museomalvinas.cultura.gob.ar/

Abajo, en los comentarios, enlaces relacionados, canciones, poemas que vamos encontrando.

Sobre niños soldados: Opium Poppy, novela de Hubert Haddad

Marzo 9.  El tambor de Tacuarí (símbolo del heroísmo de la niñez en las gestas de la patria– Argentina).

Antes: Niños soldados/UNESCO  El tambor de tacuarí

Un artículo sobre el tema:

Hubert Haddad presenta en la Fundación Tres Culturas su nueva novela, «Opium Poppy»

“La terrible realidad de los niños de la guerra es una lacra social que acarrea la humanidad, ya que diariamente miles de jóvenes menores de 18 años son usados para combatir contra su prójimo en decenas de conflictos internacionales. Este tema es el que planea de fondo en la nueva novela del escritor Hubert Haddad, «Opium Poppy», que ha presentado recientemente en la Fundación Tres Culturas en un encuentro que mantuvo con sus lectores.

Haddad es un escritor de origen tunecino que a los tres años emigró con su familia a Francia. De ascendencia judía y árabe pacifista, este autor se ha ganado un gran prestigio internacional gracias a obras como «Palestina», con la que logró importantes galardones del calibre del Premio Renaudot (2009) y el de los Cinco Continentes de la Francofonía (2008).

Reconoce este autor que «desde los 30 años quería hablar de los niños soldados. En principio no me imaginé que podía hablar de los que están en Afganistán, pero luego entendí que son niños que están siendo manipulados y se utilizan sistemáticamente a cualquier nivel, explotándolos también en trabajos. Con la técnica, no es necesario tener en la guerra grandes medios. Hay armas que pueden ser usadas por niños de 10 años y eso se transforma en un instrumento perfecto».

De hecho, Hubert Haddad ha querido denunciar en esta novela la situación que viven muchos niños refugiados de Afganistán, a los que se les puede ver abandonados en estaciones de tren de París o Roma.«Sólo en Kabul hay 50.000 niños abandonados que están expuestos a la droga y al tráfico sexual». Una vez que estos refugiados llegan a occidente, «no se les acoge con los brazos abiertos», denuncia este autor.

La búsqueda de la identidad

Otra de las obsesiones permanentes en la obra de Haddad es la de la búsqueda de la identidad, algo que hará desesperadamente el protagonista de este libro y que también se podía advertir en otras novelas anteriores del autor, como «Palestina». «Ese es el drama cuando se está en un espacio tan difícil como la guerra, ya que la identidad es el escollo más difícil. Cuanto más nos atrapa la guerra, menos se conoce uno mismo». En todo caso, este escritor aclara que «si la identidad significa exclusión y rechazo, entonces no es identidad. Lo propio de la identidad es la alteridad, porque uno es fruto de los cruces de las distintas culturas que ha habido».

Por otra parte, Haddad es un autor de origen tunecino y ascendencia judía-bereber, «lo cual ha sido decisivo para mí», afirma, a lo que añade que «mi familia ha sido una minoría no sólo en Túnez, sino en el exilio de París». Este autor es defensor de un diálogo pacífico entre las culturas, «algo que se rompió con el colonialismo, que estableció separaciones administrativas y de identidad». Finalmente, aclara que «cuando hay una minoría, se debe integrar en el resto de la mayoría de aquel país».

Por José Galiana / By Aisar Albornoz | 23 febrero, 2013
Fuente: ABC 
©2013-paginasarabes®

Poemas al general San Martín, a los granaderos y al ejército de los Andes

En el mes dedicado al Libertador Don José de San Martín…  

Continuación de: “José de San Martín. Poemas y canciones” *

Los Granaderos. Belisario Roldán

Granaderos-a-caballo¡Rompe en los desfiladeros
el estruendo de un ciclón …
Son ellos, los granaderos
dantescos del escuadrón
de la muerte; los primeros
que escalando los peñones
en un fantástico vuelo
de Pegasos redomones,
empenacharon de cielo
el casco de sus morriones!

¡Son ellos! Bajo la lumbre
del firmamento inmediato
revuelan de cumbre en cumbre
y ve absorto el Tupungato,
una alada muchedumbre
que trepa por la ladera
purpurada de arrebol,
lo mismo que si quisiera
robarse el disco al sol
para usarlo en la bandera!

¡Son ellos! Descenderán
del lado del Occidente;
y las águilas verán
que al retomar el naciente,
por botín de guerra van
conduciendo los atletas,
redención en las pupilas,
luz de las almas inquietas
libertad en las mochilas
y el cielo en las bayonetas!.

Belisario Roldán
Fuente: Instituto Sanmartiniano

Al ejército de los Andes. Adán Quiroga

Cruce-andesSu plan de cóndor, de tan vasto aliento,
El Misionero silencioso fragua,
No son valla los Andes a su intento,
Ni la rugiente inmensidad del agua.
La cordillera en cada invierno espesa
Sus aluviones de perpetuos hielos.
Y en cada tempestad el mar ensancha
Su no sujeto límite iracundo:
Que aquélla escala cielos y mas cielos.
Y el agua precipita su avalancha.
Sobre la curva tropical del mundo
Y el Misionero silencioso calla.
Y en la andina ciudad retiene el día
De su primera y su triunfal batalla
Que no es hora propicia para el golpe
De un pálido sol de mediodía
A laborar aprisa, y sin sosiego.
En el callado invierno sin alarmas
Juro hierro someter al fuego
Y convertirlo en vengadoras armas
A no dar tregua en la ciudad patricia.
Ni en el parque y taller del Plumerillo,
A la fragua, el batán, al yunque. al molde,
A la aguja, a la lezna y al martillo
Y a maniobrar de sol a sol.
Mendoza;
Con pie seguro en sus movibles valles,
Es un gran campamento; vivaquean
Cambujos y libertos en sus calles;
Los cholos de rebeldes alardean;
Cantan contra su rey, y de las viñas
En odres beben los cuadrienios jugos,
Y en las dulces miradas de las niñas
Uncen de nuevo los odiados yugos.
¡Ah! ¡Todo el mundo a caballo, y en campaña!-
Truena un clamor de la argentina tierra,
Y todo el mundo se alza contra España
Con el dilema: -¡Independencia o guerra!
El bravo montañés, el heredero
De los dolores de la extinta raza,
En atizar los odios contra el godo,
En franca rebelión, es el primero.
Su varonil espíritu rechaza
Dominaciones, servidumbres…, ¡todo
O nada! -quiere en el natal refugio
De sus bohíos, que el rencor le abruma…
¡Y a borrar el baldón de Vilcapugio,
Y a vengar la vergüenza de Ayohuma!
De valle en valle la noticia cunde
Que el Salvador apareció en Mendoza,
Y por llanos y sierras se difunde:
Y entre el continuo circular del mate
Junto al fogón de la ignorada choza,
Las mentas hablan de un triunfal combate.
¡Y adiós Castilla con sus bravos godos,
Alféreces, justicias, regidores,
Impuestos, alcabalas y tributos
Y forzados servicios y rigores,
Monopolios de oficios y de frutos,
Y cuanto grana y cuanto espiga el suelo
Para fomento de las arcas reales!
¡Y adiós fueros de doctos y de usías,
Fernandinos escudos y blasones,
Prebendas señoriales, regalías,
Tapadas, y tenorios y balcones!
¡Y adiós, oh linajudo castellano,
Que seda y raso y damasquinos gastas!
¡Y el poncho valga, el barragán indiano,
La patria urdimbre y el hechizo lienzo,
Que ya proclama la igualdad de castas
El criollo sableador de San Lorenzo!
En ciudades, y villas y campañas,
Con un ir y venir de gratas nuevas,
Mozos, viejos, paquetes y paisanos,
Se empiezan a alistar para las levas,
Jurando no amainar en la batida
De obligado desquite a los hispanos.
Con voz tonante, en el villorrio, el cura,
A la sombra del tala centenario,
A la patria proclama, la lectura,
Reuniendo en asamblea, al vecindario:
Y al estallar la aclamación, un mozo,
Que en las filas patrióticas milita
Y en arengar al pueblo se ejercita,
Arrebatando aquel papel, se lleva
El viril documento en que palpita
El alma joven de una raza nueva,
Y entrando a la cercana pulpería
Vuélvense. el pueblo una hermandad de amigos
Una constante vidalita, el día,
La noche, un largo retrucar de obligos,
Desde Jujuy notábase y las Punas
Un indemne, insumiso movimiento,
Que a la región andina sacudía
El vórtice de un grande pensamiento
Con los nuevos ideales y fortunas.
Los de Salta y Jujuy bajan del Norte
Montados en los briosos redomones
Del gaucho Güemes, con airoso porte,
A un quejumbroso yaravé
El metro de las bélicas canciones.
A la mitad de su camino alcanzan
Al tucumano, que con firme empeño
Abandona su obraje en los laureles
Y sus surcos de caña; al santiagueño,
Que no lleva otro avío que sus ojos,
Atisbadores de la huyente abeja,
Que labra en troncos de simbol sus mieles.
Tras ellos van los criollos del Ambato,
Gastando el lujo de sus ponchos rojos,
Y encomendando, al clarear el día,
El multiplico semestral del hato,
La suerte de sus hijos a María;
Y luego sigue el perspicaz riojano,
Que el trance salva las llanuras secas,
Al desamparo de su cielo glauco,
Silbando gatos, tarareando cuecas
De las vendimias de su dulce Arauco:
Y el cordobés audaz, que en su tonada,
Alardeadora de sus doctas luces,
Se pinta con sus mañas de paisano,
Viaja a la par del corredor puntano,
Insigne en las batidas de avestruces.
Y aquella romería se encamina
A la ubertosa tierra de alamedas,
Do medra el enviciado carolina,
Do el olivo y la vid se dan abrazos,
Y la morera mueve con sus brazos
La rueca de oro del telar de sedas.
¡Salve, oh raza de heroicos montañeses!
¡Mohinos y aguerridos luchadores,
Ya azoten vuestra carne los reveses,
O la lid os aclame vencedores!
¡Por vosotros culmina la existencia
De esta gran patria de las patrias todas;
Mira aumentar su ejército, a medida
Que su fe en la victoria se acrecienta,
Y el día llega de lanzar su gente
A la grande, invencible, arremetida,
Precipitando sobre el otro lado
De espadas y de sables un torrente,
¡Paso al invicto Capitán y ¡plaza!
A los bisoños tercios que le siguen,
Y que fusil al hombro y sable en mano
El gran ideal de libertad persiguen
Para todas las patrias oprimidas
A lo largo del suelo americano!
La disciplina ingénita transforma
Al montañés intonso en veterano,
A la mesnada rústica en milicia;
Al toque de tambor en línea forma
La zafia y grande división patricia,
Que al rumor de ardorosas clarinadas
Camina y anda, evoluciona y muere
Su mar de bayonetas afiladas.
¡Cómo al patriota espíritu conmueve
E inspira aquel ejército formado
De un día al otro, con genial empeño,
En la historia del mundo destinado
A realizar la idealidad de un sueño!
!Vadear los ríos, ascender montañas,
Salvar desfiladeros, repitiendo
Del Africano y Corso las hazañas;
Convulsionar las oprimidas tierras;
Dominar horizontes y confines,
Caminando por rutas de victoria
El puñado de heroicos paladines
Que llegan a codearse con la gloria;
Izar el blanco y el celeste trapo
En la torre del gótico castillo,
Entregando a las plebes, hecho harapo,
El glorioso y simbólico estandarte
Del honor, de la fe, de la ventura,
Pasa el invierno frígido y brumoso,
Y ostenta la aterida Cordillera
Su espléndida canicie de coloso.
La mira el Misionero silencioso
Circunscribir el límpido horizonte,
Y anonadado al verse tan pequeño
Midiendo su estatura y la del monte
Murmura sin cesar: » Esa montaña
No me ha dejado conciliar el sueño»
Ya se siente en el patrio campamento
Del Plumerillo, en el risueño valle,
Un grande y obstinado movimiento,
Hervir de gentes y chocar de espadas,
Y, galopando en su piafante potro,
Anda anunciando el oficial Lavalle
Que comienzan las clásicas jornadas.
La histórica ciudad del Misionero,
Como garrida almea se engalana,
Y al aire lanza su canglor guerrero,
Que al despuntar de una feliz mañana,
Abriendo calles el clarin resuena,
Y la tupida multitud renuente
Las avenidas y los parques llena,
Con desgaire triunfal de independiente.
En aquel grande, inolvidable día
Cayó la bendición a nuestro suelo,
Y proclamó la muchedumbre loca
Su fe en el triunfo y en el Dios del cielo,
Con el fecundo grito de su boca.
Respondieron tambores y clarines
Por seis mil silenciosos corazones,
Y el nombre de la patria fue llevado
Por el viento a los últimos confines
Palpitando en las sacras oraciones.
Mas las campanas de las torres callan,
Y no como en los días de victoria
Con jubiloso repicar estallan,
Cantando triunfos y gritando gloria:
Y es que corren, con ruido estrepitoso,
Detrás del escuadrón de pica y lanza,
Fundidas en cureñas y cañones
Por fray Luis el artífice ardidoso,
Arquimedes del parque y la maestranza.
Ha llegado Condarco, el ingenioso
Fabricante de pólvora y batanes,
Que rema con el fuego y con el agua
Enero en la afilada bayoneta ardía
Y en las espadas de bruñido acero.
Y era un largo silencio emocionante
De mar dormido en crepitante calma,
De esas que suelen preceder al trueno
Y a la proterva tempestad del alma.
Cuando rompió la tregua de la vida
El ronco acento del cañón andino,
Que daba la señal de la partida
Al inmortal ejército argentino.
¿Quién es aquel a quien la turba aclama
Con explosión de vítores triunfales ?..
¡Escrito está su nombre en los anales
De medio mundo! – ¡San Martin se llama!
¡El héroe de las druidicas Misiones,
Alto; y fornido, como atleta griego,
Cuya frente enigmática y serena
Se insuflaba en su mundo de visiones
Sobre una inmensa tempestad de fuego;
El ronco Capitán de tez morena,
De aguileña nariz y negros ojos,
Los que, a la sombra fiel de sus pestañas,
Abarcaban las patrias lejanias,
Miraban a través de las montañas!
En su mula, enjaezada a la chilena,
De pie firme y de criollas energías,
Al tranco marcha.
Cubre su melena
El típico falucho; gran capote
Azul turquí, botonadura gualda,
Ribeteado con vivos encarnados,
Su pecho envuelve y musculosa espalda;
Su diestra empuña el coruscante sable,
Que apunta a los altisimos nevados;
Calza su pie la granadera bota
Que a la rodilla da; ciñe en su taco
La nazarena de estrellado bronce
Con que pica a su potro en la derrota
Del enemigo, cuando le abren claros
Las recias cargas del Octavo y Once.
Al lado del gigante Misionero
Va, conduciendo el militar tesoro,
Zenteno, el ascendido tabernero.
Del Estado Mayor gloria y decoro,
O’Higgins marcha, en el momento aciago
Para su Chile, que Marcó avasalla,
A despertar el alma de Santiago
Con la diana triunfal de la batalla.
Las Heras va también, el gran Las Heras
Empuje de los choques resonantes,
Que rompe cuadros, desbarata hileras
Con su aguerrido pelotón de infantes;
A la vanguardia de sus tropas, sigue
Soler, el iniciado del Cerrito,
El primero en trepar con osadía
Las empinadas cuestas de granito.
Lleva a la grupa de las mulas, Plaza,
Para hacerse escuchar, la artillería,
Temistocles de trueno y la amenaza.
Crámer y Conde, con marcial talante,
Guían al siete, iniciador de acciones;
Portus y Freyre, a la Legión volante
De audaces coraceros y dragones;
Mandan a los hercúleos granaderos,
A cuyo galopar tiembla y chispea
La tierra, en polvorosos entreveros,
Escalada, Zapiola, Necochea,
Y Melián, Olazábal y Lavalle,
El que al frente de rápidas patrullas
Corre a probar el temple de su corvo
En los agrios ribazos de Achupallas.
Y aquella armada multitud guerrera
Andando, andando, poco a poco sube
A la patria del águila altanera,
A la tierra del cóndor y la nube,
Cual si su intento gigantesco fuera
Dominar la amplitud del Continente
Desde la última roca de granito,
Interrogar al cielo frente a frente,
Y sondear la intención del infinito…
¡La Libertad en vuestra acción conga,
Anónimos soldados argentinos,
Preclaros héroes de la patria mia!
Desde el Estrecho al Ecuador lejano,
Con la fe de su gloria y sus destinos,
Que el misterioso porvenir escuda,
Una mitad del mundo americano
Al puñado de Apóstoles saluda!

Adán Quiroga (1863-1904)
Fuente: Instituto Sanmartiniano

El nido de cóndores. Olegario Víctor Andrade

En la negra tiniebla se destaca,
como un brazo extendido hacia el vacío
para imponer silencio a sus rumores,
un peñasco sombrío.
Blanca venda de nieve lo circunda,
de nieve que gotea, como la negra sangre
de una herida abierta en la pelea.
Todo es silencio en torno!
Hasta las nubes van pasando calladas,
como tropas de espectros
que dispersan las ráfagas heladas.
¡Todo es silencio en torno!
Pero hay algo en el peñasco mismo
que se mueve y palpita, cual si fuera
el corazón enfermo del abismo.
Es un nido de cóndores
colgado de su cuello gigante,
que el viento de las cumbres balancea
como un pendón flotante.
Es un nido de cóndores andinos,
en cuyo negro seno parece que fermentan
las borrascas y que dormita el trueno.
Aquella negra masa se estremece
con inquietud extraña: es que sueña
con algo que lo agita
el viejo morador de la montaña.
Una mañana -¡inolvidable día!-
ya iba a soltar el vuelo soberano
para surcar la inmensidad sombría,
y descender al llano,
a defender con ansia convulsiva
su sangriento festín de sangre viva,
cuando sintió un rumor nunca escuchado
en las hondas gargantas de occidente:
el rumor del torrente desatado,
la cólera rugiente del volcán
que en horrible paroxismo, se revuelca
en el fondo del abismo.
Choques de armas y cánticos de guerra
resonaron después;
relincho agudo lanzó el corcel
de la argentina tierra
desde el peñasco mudo;
y vibraron los bélicos clarines,
del Ande gigantesco en los confines.
Crecida muchedumbre se agolpaba
cual las ondas del mar en sus linderos;
infantes y jinetes avanzaban
desnudos los aceros, y atónita al sentirlos,
la montaña bajó la frente
y desgarró su entraña. ¿Dónde van?
¿dónde van? ¡Dios los empuja!
Amor de patria y libertad los guía.
Donde más fuerte la tormenta ruja,
donde la onda bravía más ruda
azote el piélago profundo,
¡van a morir o libertar un mundo!

Olegario Víctor Andrade
Fuente: El libro y su lectura (para 6º grado). Amadeo Ronco. Ed. Kapelusz. 1957

La espada encendida. Enrique Gamarra

Y fue cuando la patria era
un sueño tendido en las llanuras.
Lo supieron los sauces, en la orilla
de un río casi niño todavía.
San-martin5Lo repitieron los caraguataes
como un secreto oscuro de la tierra
y lejos, bajo un cielo de gaviotas,
se hizo mensaje de agua entre las olas.
Fue cuando el aire andaba
con su infancia de abiertas golondrinas
imaginando coplas y banderas.
presintiendo tacuaras y alaridos,
reverberos de azules clarinadas.
Y fue cuando febrero teñía el mundo
con su euforia roja.
En Yapeyú, campana de la patria.
Aquel niño abrevaba en el rocío.
Los luceros le dieron
su vocación de luz y advenimiento.
En las palomas descubrió un destino
de horizontes sin limites de sombras
y del árbol extrajo su resina
de bosque y madrugada.
Después España lo miró distante.
Como un sobreviviente
de la floresta sudamericana hurgaba
en su nostalgia de membrana silvestre
cerca de un mar extraño y tumultuoso,
donde se hundían fechas de muertos calendarios.
Allí miraba el cielo y recordaba.
(En sus ojos había una estrella perdida)
Acaso recordaba el eco de un galope
o una guitarra que quedó olvidada
en el rincón más viejo del silencio.
Alboreaba en sus ojos un lejano retorno.
Allí se hizo relámpago, corteza,
huracán, torbellino y embestida,
cuando en su sangre despertó el llamado
como una imposición de la memoria.
Allí nació su sed interminable: el agua
lo esperaba en Sudamérica.
En San Lorenzo supo que empezaba
a arder el fuego de la profecía:
no estaban solas las barrancas,
algo en las arenas de la madrugada
se levantaba de repente,
algo que discurría unánime
en la sombra delataba
su pulso de bandera.
En la última torre del convento
conspiraban a solas las campanas.
Y de repente el tiempo se hizo nube,
crepitación de espadas y galopes,
mientras se derrumbaban
los mástiles del cielo
con un sonido bíblico de muerte.
El tinte granadero de la altura
cubrió por un instante todo el mundo.
En Plumerillo fue como una chispa,
como el roce de un pétalo en la bruma.
Algo escapó de un sueño
Y se desparramó por los caminos,
por las estribaciones. las quebradas,
hasta alcanzar los predios del poniente
detrás del estupor cordillerano.
El vigilaba insomne
las raíces sonoras de aquel sueño
y sus ojos hurgaban el crepúsculo
consumiendo morados calendarios.
¡Cómo observó la ruta de los pájaros
hacia el oeste siempre de la espera!
¡Cómo soñó banderas clavadas
en el polvo de la opresión y el miedo
y multitudes que lo saludaban!
Todo aquel tiempo de martillo y canto
brilló un vivac de estrellas en las noches.
Y el alma de la piedra tuvo su día de agua.
Por El Planchón, Coquimbo y Olivares
se repartió en columnas incesantes.
Con él marchaban cuatro mil soldados,
cuatro mil juramentos de uniforme
con cuatro mil banderas en lo alto.
Qué pudo la unidad de la tormenta
-su mínimo aluvión de roca y nieve-
contra ese fragor americano,
esa pluralidad alucinada
por un azul más denso que el silencio
y el último envión del Chimborazo?
Por El Planchón, Coquimbo y Olivares,
Los Patos y Uspallata,
un resplandor celeste crecía en los abismos.
¿Qué sonido subía de las profundidades?
El capitán del viento, el general
del trigo y las estrellas avizoraba
cóndores metálicos, gigantes pétreos,
huecos sulfurosos
Sabía que la calma tiene
su arista de fragor y trueno,
que la lluvia es la antípoda del fuego,
pero que en ella duermen los relámpagos
como el reverso de la mansedumbre.
Y de repente valles y gargantas,
desfiladeros, grutas, rompieron
su mutismo milenario sobre
el volcán abierto de los hombres.
Cataratas de sangre barrían la ladera.
La piedra oía, arengaba el viento.
Batallaba el paisaje y era en vano
que se partieran músculos y vértebras.
Nadie pudo morir aquella tarde.
Y desde la humareda y la vorágine
del alarido subía una palabra,
un nombre transparente como el agua,
sin herencia de pólvora ni truenos.
Argentina… Argentina…
Cuando calló el paisaje
El mangrullo del cielo estaba en llamas
y el sol era una roja clarinada.
Aquella noche el general de agua,
de puro viento y nube tumultuosa,
durmió como si fuera en el confín del mundo
con un sueño cruzado de guitarras.
Acaso fue preciso apurar esa copa de penumbra,
Arañar el perfume, violar la clara
desnudez del agua para encontrar el sol,
esa campanería de los ojos
que ahora sí encontraba
su proyección de alas sin brújulas de fuego.
Pero el sueño final estaba en Maipo.
Allí vientos de España y vientos de los Andes
soltaron sus columnas encendidas
y estremecieron todo el continente.
El era lo más alto del estruendo.
América en su espada fulguraba
y a su luz acudían los pueblos
de la tierra como a la redención
o a la esperanza.
En Maipo tuvo su razón celeste
tanta sangre cuajada en las estrellas,
tanto jirón de luz amurallada,
tanto pétalo herido en la embestida.
Era la puerta última y secreta
que mostraría al mundo
el nacimiento de la primavera.
II
Espada-san-martinLa tierra era silencio
y él nos dio las campanas.
Era la patria piélago cerrado:
él nos dio las riberas.
Fue su herencia más firme
que el acero: nos dejó
la humildad de las espigas.
Quiso que el sol. la libertad, el canto
fueran la sed y el agua al mismo tiempo.
Lo invocamos aquí, desde otro sueño,
desde otros calendarios de ternura,
pero desde aquel mismo espacio navegante
donde aún se desvelan los ancestros del fuego,
como la referencia mas obcecada y alta de la luz.
¿Qué dimensión tendrá en esta edad de ráfaga y paloma
su mutismo de trébol insurgente?
Hacia dónde discurren sus manos sin orillas
y aquel destello sudamericano que calcinó
sus vértebras celestes.
¿Y qué chispa lo sigue, qué hoguera lo evidencia
en la profunda gesta de las sombras?

Enrique Gamarra (1933-?) Premio poesía instituido por el Fondo Nacional de las Artes en homenaje del General San Martín.

Canto Sanmartiniano – Ministerio de Cultura y Educación – págs. 143-147 Ediciones Culturales Argentina -Buenos Aires 1978.

La imagen de la espada es de: coleccion.educ.ar/coleccion/CD4/contenidos/recursos/bancos-de-imagenes/EFEMERIDES/EFEMERIDES_17_DE_AGOSTO/Album/pages/sanmartin5_jpg.htm

PD: * Los que buscan poemas cortos, de escuela primaria, lean José de San Martín. Poemas y canciones y Poesías para el día del Libertador.  Saludos!

Aniversario Revolución de los Claveles

Abril 25

Revolucion-de-los-claveles“Portugal. 1974…

Uno de los hitos de aquellas concentraciones fue la marcha de las flores en Lisboa, caracterizada por una multitud pertrechada de claveles, la flor de temporada, siendo que en su ruta hacia los puntos claves de Lisboa unos soldados pidieron claveles en el puesto callejero de una florista, para colocarlos en sus fusiles, como símbolo que no deseaban disparar sus armas. Ese es el origen del nombre dado a esta revolución…”

Fuente: Wikipedia

250.000 niños soldados en el mundo (via Unesco Courier)

Marzo 9.  El tambor de Tacuarí (símbolo del heroísmo de la niñez en las gestas de la Patria)*

“Según un informe de las Naciones Unidas publicado en 2010, casi un cuarto de millón de niños en todo el mundo están reclutados por grupos rebeldes o por ejércitos. Un año antes, la desmovilización de niños soldados había tenido cierto éxito, en particular en Filipinas, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Sri Lanka y Burundi, donde grupos de niños soldados lograron reintegrarse a la sociedad civil. En ese momento, la ONU precisó que no existían estadísticas sobre el número de niños que mueren en situaciones de conflicto en el mundo.

El niño es una presa fácil y un agente útil para las milicias y otras organizaciones rebeldes. No es difícil adoctrinarlo y lograr que se arriesgue más y en ocasiones cometa crímenes más atroces que un adulto. Por ser niño, se siente obligado a obedecer a las órdenes de un adulto. Consume la droga que se le da con mayor indiferencia.

A este respecto, en el número de julio- septiembre de 2011, El Correo de la UNESCO publicó el testimonio estremecedor de Serge Amisi*, un ex niño soldado congoleño que es hoy un artista.

El año 2010 marcó el décimo aniversario de la adopción del Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño sobre la participación de los niños en los conflictos armados. A esa fecha, 132 Estados Miembros habían ratificado el Protocolo Facultativo, 24 lo habían firmado y 36 no lo habían ni firmado ni ratificado.– J.Š. ”

Leído en: UnescoCourier – Oct/Dic/2011

* Leer: «Las armas milagrosas de Serge Amisi» disponible en:
www.unesco.org/courier (búsqueda por palabras clave en archivos)

Post relacionado: * El tambor de Tacuarí  (Foto: del monumento en Corrientes, Argentina)

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