Sobre la ciencia y el uso del saber científico

Noviembre 10, Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo.

«Declaración sobre la ciencia y el uso del saber científico».

Adoptada por la Conferencia Mundial sobre la Ciencia, el 1 de julio 1999.

Preámbulo.

unescociencia

 

1. Todos vivimos en el mismo planeta y formamos parte de la biosfera. Reconocemos ahora que nos encontramos en una situación de INTERDEPENDENCIA creciente y que nuestro futuro es indisociable de la preservación de los sistemas de sustentación de la vida en el planeta y de la supervivencia de todas las formas de vida. Los países y los científicos del mundo deben tener conciencia de la necesidad apremiante de UTILIZAR RESPONSABLEMENTE EL SABER de todos los campos de la ciencia para satisfacer las necesidades y aspiraciones del ser humano sin emplearlo de manera incorrecta. …»

Preámbulo
1. La ciencia al servicio del conocimiento; el conocimiento al servicio del progreso
2. La ciencia al servicio de la paz
3. La ciencia al servicio del desarrollo
4. La ciencia en la sociedad y la ciencia para la sociedad

Pueden leerla completa en:
http://www.unesco.org/science/wcs/esp/declaracion_s.htm

El periodo musulmán del humanismo (vía Unesco Courier)

Si andan con tiempo para leer…  

Por Mahmud Hussein*

“Contrariamente a un prejuicio muy difundido, el humanismo se desarrolló en el seno del pensamiento religioso, primero en la antigua Grecia, luego en el mundo musulmán y, por último, en el ámbito del cristianismo. Entre los siglos IX y XII, los mutazilitas y los falasifa (filósofos) musulmanes exploraron los límites del pensamiento humano y del libre arbitrio en un contexto dominado por un Dios único y todopoderoso, actuando así como precursores del enciclopedismo del siglo XVIII.

El periodo musulmán  del humanismo

El humanismo no nació en Europa entre los siglos XV y XVI. Ese periodo, llamado Renacimiento, fue tan sólo uno de los momentos de la larga historia del humanismo que comenzó dos mil años antes, en Atenas, y prosiguió en los siglos IX y XII, durante la Edad de Oro del islam. Los hombres del Renacimiento se refirieron explícitamente al legado de la antigua Grecia, a la que rehabilitaron y tomaron como modelo, pero quisieron olvidar el momento musulmán de la historia del humanismo.

Los que cometen ese mismo error en nuestros días lo hacen porque creen que el pensamiento humanista es antirreligioso por definición. Ahora bien, durante la mayor parte de su historia, el humanismo se desarrolló en el seno del pensamiento religioso y no contra él. Leonardo da Vinci 1 Miguel Ángel 2 Shakespeare 3 Racine 4 Descartes 5 y Newton 6 nunca pusieron en tela de juicio el poder de Dios.

El humanismo se ha pronunciado contra una determinada imagen de Dios, la de un Dios inaccesible e indiferente a las desgracias humanas, que ha fijado desde siempre el destino personal de cada individuo. Esta imagen se deriva del dogma de la predestinación, según el cual la voluntad de los hombres no tiene incidencia alguna en sus vidas.

En esas condiciones, no sólo la existencia terrestre de por sí carece de importancia –es tan sólo un camino de tránsito hacia el Cielo–, sino que además el hombre no tiene poder alguno sobre su destino. El libre arbitrio no existe. La potencia absoluta de Dios se corresponde con la impotencia total del hombre.

Según San Pablo, Dios “escogió [a sus fieles] antes de la fundación del mundo […], habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad”. 7 Un milenio después, los tradicionistas y los teólogos clásicos del islam dirán exactamente lo mismo y, siete siglos después de ellos, Martín Lutero 8 y Calvino 9 emplearán las mismas palabras. El humanismo ha combatido esta concepción de la omnipotencia divina.

¿En qué pudo servir de modelo la Antigüedad griega a los que en el mundo musulmán, primero, y en el mundo cristiano, después, iban a luchar contra el dogma de la predestinación?

Un ámbito de libertad intelectual

En un contexto muy diferente al del monoteísmo, las ciudades-estado de Grecia afrontaron esa misma noción de predestinación, pero en otros términos. Para los griegos, el Cosmos era un espacio definido para siempre y estructurado de forma jerárquica y armónica, en el que todo ser humano tenía asignado su puesto también para siempre. Los hombres no ocupaban el nivel superior de la escala cósmica, ya que por encima de ellos estaban los dioses. Sin embargo, las leyes del Cosmos se imponían a todos por igual, a los dioses como a los hombres.

Los seres humanos estaban sometidos pues a un doble yugo: el del Cosmos abstracto, impersonal e inmutable, y el de los dioses, personalizado, familiar y caprichoso.  Los hombres eran impotentes contra el orden cósmico y tan sólo podían intentar encontrar el lugar que les correspondía en él. En cambio, con los dioses, dotados de poderes sobrehumanos pero llenos de defectos humanos, los hombres aprendieron a obrar con astucia, a negociar, e incluso a practicar el engaño. Al final, descubrieron que la naturaleza funcionaba con arreglo a las leyes propias del Cosmos que se sustraían a la voluntad de los dioses y que, por lo tanto, el ser humano podía tratar de comprender y dominar.

El humanismo se afincó en ese espacio. Los griegos inventaron un entorno nuevo, exclusivamente humano, la polis, donde el individuo se sustraía al poder tradicional de las tribus y los clanes, donde los ciudadanos eran iguales ante la ley y donde el mérito personal podía prevalecer sobre los privilegios de cuna.  En la polis democrática, el debate era un elemento omnipresente y la palabra reinaba sin restricciones. Para convencer a los demás era preciso razonar. Los principios de una lógica abstracta, válida por doquier y para todos, permitieron el desarrollo de la filosofía y las matemáticas. Así, el hombre forjó potentes herramientas de dominio sobre las cosas.

En la antigua Grecia, el humanismo se presentaba, por consiguiente, como un perímetro de libertad y eficacia práctica, gracias al cual la vida humana –sin poner globalmente en tela de juicio el orden cósmico y el poder de los dioses– se convirtió en una aventura valorizada como tal.

La qudra o el poder del hombre

El Dios del monoteísmo vino a cambiar este estado de cosas. No sólo se hizo con los poderes parciales que poseían los dioses griegos, sino también con la fuerza cósmica universal a la que estaban sometidos los dioses y los hombres.

De la potencia abstracta e impersonal del Cosmos se pasó a la omnipotencia personal, creadora y activa del Dios Único y Todopoderoso.  A partir de ese momento, el creyente ha de buscar un espacio propio de libertad dentro de la órbita de esa omnipotencia divina. Esta empresa no consistirá en oponer el irrisorio poder del hombre al infinito poder de Dios, sino en algo más humilde:

ir abriendo espacios intelectuales, morales y estéticos en los que la iniciativa humana pueda expresarse, diferenciándose de la voluntad de Dios, pero sin cuestionar su autoridad suprema.

La primera conceptualización de ese espacio se efectuará en el siglo IX, en Bagdad, bajo el califato de la dinastía de los Abasíes. Por ese entonces, el islam había edificado un vasto imperio, poderoso y próspero, que agrupaba una multitud de poblaciones, religiones y culturas diferentes. Continuar leyendo «El periodo musulmán del humanismo (vía Unesco Courier)»

Sueños de ciencia (via Unesco Courier)

Si andan con tiempo para leer…

Por MICHAL MEYER*

“Por el poder que confiere a quienes la producen y logran explotar sus efectos, la ciencia no cesa de alimentar la esperanza de planificar y organizar la evolución de la humanidad hacia un estadio superior. A cambio, a menudo, de peligrosos extravíos.

Apenas escapa del laboratorio, el monstruo creado por Víctor Frankenstein es presa de una locura asesina y destructora. Sin embargo, esa criatura es también capaz de hacer el bien: ávido de amistad y amor, socorre a una familia en apuros. El célebre relato de Mary Shelley 1 es, al menos en parte, la historia de una responsabilidad no asumida. Frankenstein, el científico, sueña con “verter un torrente de luz sobre un mundo oscuro”, pero elude toda responsabilidad moral respecto de su creación, a la que abandona con la esperanza de olvidar lo que ha hecho. Este tema dará nacimiento a una larga lista de sabios locos hollywoodienses que buscarán el poder sin asumir las responsabilidades.

La ciencia, al igual que la tecnología, otorga poder sobre el mundo y, cada vez más, poder sobre nuestro ser biológico. La combinación de ciencia y humanismo aspira a poner la ciencia al servicio del mejoramiento de la humanidad. Sin embargo, tendemos a olvidar que recurrir a la ciencia con la esperanza de mejorar el mundo es un proyecto tan antiguo como la ciencia misma. El modo en que usamos hoy la ciencia plantea cuestiones de significado, de valores y de responsabilidad.”

MICHAL MEYER*

“La ciencia y la definición de lo humano

Tomemos el caso del transhumanismo, que se preocupa más por el perfeccionamiento individual que por el progreso social. Centrado en el porvenir, depende de tecnologías tan nuevas que están confinadas a las páginas de las novelas de ciencia ficción. Su objetivo último es trascender los límites biológicos del hombre para lograr la inmortalidad por medio de la tecnología.

Aunque el origen del transhumanismo está en la cibernética de la postguerra mundial, las nanotecnologías y la ingeniería genética, su esencia se remonta a la búsqueda de la piedra filosofal, que se pensaba aportaría la cuasi-inmortalidad a los astutos alquimistas que lograran descubrirla.

El transhumanismo abarca desde el realismo más inmediato hasta las ficciones futuristas, de la terapia con células madre hasta la transferencia de la conciencia humana a máquinas, al punto de convertirse en un extraño híbrido religioso.

Uno de sus defensores, el británico Max More, lo define como el concepto integrador de una corriente de pensamiento que se niega a aceptar deficiencias humanas, tales como la enfermedad y la muerte.

Podemos citar ejemplos más antiguos que también otorgaron a la ciencia el poder de influir en la definición misma de lo humano. En la segunda mitad del siglo XIX, las novelas de anticipación de Julio Verne 2 describían una ciencia rotundamente progresista, capaz de creaciones tan maravillosas como los submarinos o las naves   espaciales con destino a la Luna. La ciencia deslumbraba la imaginación y profesaba una fe universal en el progreso humano, tanto moral como material.

Pero a fines del siglo XIX se advirtió que la ciencia tenía un lado más oscuro. En Estados Unidos, una mezcla de temores culturales –debido a una inmigración galopante y a ciudades convertidas en   focos de depravación y decadencia– sumados a los conocimientos científicos del momento dieron lugar a la eugenesia. El objetivo de los eugenistas era poner la ciencia al servicio del mejoramiento de la “raza” humana.

Este sueño tuvo su momento de gloria y fue compartido por grandes humanistas científicos, como H. G. Wells, 3 preocupados por la inmortalidad de la especie. Sin embargo, algunos esfuerzos para purificar al hombre de sus caracteres “negativos” equivalían a tratarlo como a ganado. En Estados Unidos y el Reino Unido, la eugenesia fue a menudo una ideología de clase y de privilegio que consideraba a las clases medias y superiores como biológicamente superiores a las demás.

Retrato del científico perfecto

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Humanizar la mundialización (via Unesco Courier)

Si andan con tiempo para leer…

Entrevista de MIREILLE DELMAS-MARTY* con Jasmina Šopova**

“Aprovechar la “fuerza imaginativa” del derecho para forjar un humanismo jurídico, pluralista y abierto en ámbitos tan diversos como la promoción de una paz duradera, la lucha contra el calentamiento del planeta o la regulación de las nuevas tecnologías digitales y biomédicas, esa es la idea que guía a la jurista francesa Mireille Delmas-Marty.

“-¿La humanización de los sistemas jurídicos progresa o se estanca en esta era de la mundialización?

A primera vista, se diría que el humanismo jurídico se está reforzando con la multiplicación de instrumentos jurídicos y de organismos internacionales encargados de supervisar el respeto de los derechos humanos, y también con la aparición de un derecho humanitario y de una justicia penal con miras universales. Por otra parte, en el plano económico, el mercado mundial ambiciona crear empleos e incrementar la prosperidad.  Aparentemente, todo va a las mil maravillas en el mejor mundo posible. Ahora bien, la mundialización, que funciona como una lupa de aumento, pone de manifiesto una serie de contradicciones y suscita múltiples interrogantes.

¿Cómo hacer compatible la noción de seguridad con el principio de libertad, los derechos económicos con la protección del medio ambiente?

La mundialización agrava incluso algunas situaciones, por ejemplo cuando disocia los derechos económicos, ya mundializados, de los derechos sociales que dependen de los estados nacionales, debilitados por los imperativos de los mercados financieros.

Cabe preguntarse también si no se da una contradicción entre el universalismo proclamado en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 y la Convención de la UNESCO sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales de 2005, que define la diversidad cultural como un patrimonio común de la humanidad.

¿Cómo se manifiestan en la realidad esas contradicciones?

Una de las mayores contradicciones concierne las migraciones. Las fronteras están abiertas a la circulación de mercancías y capitales, pero no a la de los seres humanos. En muchos países se propende incluso a reforzar el control y la represión de la inmigración, hasta el punto de hacer una amalgama entre ésta y la delincuencia. Ahora bien, esos mismos países, al imponer la apertura de las fronteras al mercado mundial, desequilibran los mercados locales y obligan a las poblaciones a emigrar. En definitiva, son los mismos quienes provocan la emigración y la reprimen.

Además, la disociación entre derechos económicos y sociales limita el crecimiento a los beneficios económicos y financieros, y no impide la agravación de la precariedad y la exclusión social, ya se trate del desempleo o de la pobreza extrema. La diferencia entre los ingresos más altos y los más modestos aumenta al mismo ritmo de progresión que la prosperidad.

Por último, la explotación de los recursos naturales, ámbito en que las empresas multinacionales desempeñan un papel determinante, origina un número de conflictos armados cada vez mayor, en particular en África y América Latina. De ahí que se sigan perpetrando crímenes de guerra y contra la humanidad, genocidios y actos de agresión, pese a la creación de la Corte Penal Internacional (CPI). 1

Si bien la entrada en vigor de esta Corte es reciente (2002), la impunidad de esos crímenes obedece también a motivos de orden estructural: el Estatuto de la CPI no contempla la responsabilidad de las personas morales 2 y por eso no se castiga a las empresas en caso de infracción. Esto merma la función disuasoria de la Corte, prevista sin embargo en su propio estatuto (a diferencia de los tribunales internacionales específicos 3 que juzgan crímenes anteriores a 2002, la CPI es un tribunal permanente).

-¿Qué contradicciones se dan entre los derechos económicos y los relativos al medio ambiente?

Los imperativos del desarrollo económico y la competitividad disuaden a los estados de proteger el medio ambiente. Cabe preguntarse entonces cómo proteger a nuestro planeta contra los efectos del cambio climático, el deterioro de la diversidad biológica o la contaminación del agua (ver páginas  34-35).

Mientras que los países industrializados subordinan su compromiso en favor de la protección del medio ambiente a un compromiso idéntico por parte de los países en desarrollo o emergentes, estos últimos esgrimen el argumento de la equidad histórica: los países desarrollados, por ser los iniciadores de la contaminación del planeta, tienen que participar ahora en el esfuerzo general de salvaguardia del medio ambiente, permitiendo al mismo tiempo que los demás países se desarrollen.

Se supone que el “desarrollo sostenible” está llamado a crear una sinergia entre los derechos económicos y los relativos al medio ambiente, pero esa sinergia será engañosa mientras no incorpore el concepto de desarrollo equitativo.

¿Se puede decir que las nuevas tecnologías, al modificar la condición humana, aumentan las situaciones paradójicas?

Las tecnologías siempre fueron “nuevas”. Lo que ha cambiado es la velocidad con que se producen. En lo referente a las tecnologías digitales, la legislación francesa no consigue ir al unísono con ellas. Cuando el Consejo Constitucional sanciona una ley, las prácticas ya han cambiado y escapan a la legislación.

Las tecnologías de la información pueden contribuir a reforzar la democracia, como hemos visto recientemente en algunos países árabes, pero al mismo tiempo propician la instauración de una sociedad de vigilancia.

Se da también una gran ambivalencia en el ámbito de las biotecnologías que contrarrestan la esterilidad gracias a la asistencia médica a la procreación y facilitan la selección de embriones mediante el diagnóstico preimplantatorio, con lo cual se acercan a la eugenesia, que se considera un crimen.

Una generalización de ese tipo de prácticas restringiría el papel del azar en la reproducción y, por ende, la diversidad biológica humana.

Así, en nombre de la libertad individual de ser dueño de su cuerpo y regular su descendencia, nuestras sociedades corren el riesgo de provocar una especie de formateo de la especie humana (ver páginas 39-40).

Otra paradoja: cuanto más dependemos de las tecnologías digitales, menor es nuestra autonomía, al tiempo que fabricamos robots cada vez más autónomos. Estos robots pueden ayudar a las personas de edad avanzada o enfermas y contribuir al bienestar social. Pero en los Estados Unidos y en Francia se lanzan programas para crear robots que reemplacen a los soldados de carne y hueso, lleven a cabo guerras “limpias” y alcancen objetivos militares sin afectar a   la población civil. Sería necesario que el programa de esos robots comprendiese reglas éticas, con todos los riesgos de error que conlleva la interpretación de un programa de este tipo.

Las opciones éticas más importantes son tan sutiles que es muy difícil preverlas de antemano con rigor matemático.  Estos ejemplos ponen de manifiesto un proceso de deshumanización.

¿Qué puede hacer el derecho?

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Humanismo digital (via Unesco Courier)

Por Milad Doueihi *

“La noción de humanismo evoluciona con el tiempo, acompañando los descubrimientos cientíicos y las evoluciones políticas. En la era digital, las tecnologías multiplican las posibilidades de hibridación de las culturas, el advenimiento de la democracia y la emergencia de un humanismo universal.”

“El carácter mundial de las estructuras de comunicación y lo que se ha dado en llamar “sociedad de la información” invitan a los antropólogos a replantearse, al menos en parte, los conceptos y las categorías primordiales de su trabajo: las formas de intercambio y las maneras de tejer los vínculos sociales.

Para el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss [1908-2009], la antropología no es sólo una disciplina humanista, sino también el resultado de los movimientos humanistas que han marcado la historia y la evolución de las sociedades occidentales. Ya en 1956, en un documento redactado para la UNESCO,1 Lévi-Strauss, al concluir su análisis sobre las relaciones entre las ciencias y las ciencias sociales, identificaba tres humanismos:

el humanismo del Renacimiento, anclado en el redescubrimiento de los textos de la Antigüedad clásica;

el humanismo exótico, asociado al conocimiento de las culturas de Oriente y de Extremo Oriente;

y el humanismo democrático, el de la antropología que abarca todas las actividades de las sociedades humanas.

Señalemos que estos tres humanismos están ligados al descubrimiento de textos, de tradiciones orales o de expresiones culturales que abrieron nuevos campos de investigación y permitieron el desarrollo de nuevos métodos críticos y, en consecuencia, de nuevos conocimientos.

En el caso del humanismo del Renacimiento, el conocimiento de las lenguas griega y latina, el saber histórico y la crítica interna debilitaron la autoridad de una institución tan poderosa como la Iglesia.

En el caso del humanismo exótico, el encuentro de Occidente y Oriente favoreció el comparatismo y, con él, la aparición de nuevas ciencias y disciplinas, como la lingüística, por ejemplo.

En cuanto al humanismo que abraza el conjunto de las sociedades humanas, éste dio lugar, entre otros, al método estructural. Este método permitió, especialmente a Lévi-Strauss, observar el mundo en su conjunto y descubrir un orden subyacente a la diversidad de las formas de organización social y de las manifestaciones culturales.

Para el padre del estructuralismo, este orden era la marca del espíritu humano.

Recordemos igualmente que estos tres humanismos corresponden a evoluciones políticas:

el primero, aristócrata, porque se limita a un pequeño número de privilegiados;

el segundo, burgués, porque acompaña el desarrollo industrial de Occidente y,

el tercero, democrático, porque no excluye a nadie. 

Es precisamente esta dimensión universal la que me invita a proponer, con toda modestia, un cuarto humanismo: el humanismo digital. d  

El cuarto humanismo

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